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“Dejé a mi marido porque le gustaba oler la caca de nuestro hijo”

No sabemos si te reirás o te morirás del asco, pero este cuento sobre un padre que se vuelve loco tras el nacimiento de su primer bebé merece la pena

¿Mi marido? Querrás decir mi exmarido. ¿No te lo he contado? Pues agárrate a la silla porque vienen turbulencias, y no precisamente por corrientes de aire.

Tú sabes, cariño, que no soy nada escrupulosa, y que más o menos yo lo acepto todo y respeto todos los vicios de la gente.

Pues verás, cuando nació el bebé, a Daniel le daba por olerle la caca cuando le cambiaba. Es normal, me decía él. Le olía los pañales porque así sabía si estaba malo o no, si había hecho bien la digestión o no. Estupendo, pensé yo, estupendo.

Tenía una especie de tabla en la cabeza. Cómo iba variando el olor del meconio. ¿Sabes lo que es el meconio? Parece ser que son las primeras heces del bebé, las células que van muriendo durante la gestación. En fin. Que tenía una tabla mental. Si es más dulce, tal. Si es más ácida, tal.

A mí me parecía fabuloso. Yo qué sé. Incluso tierno. Pero es que la cosa no de detuvo ahí.

Pasados unos días, ya no le olía la caca solo cuando le cambiaba, sino que desde que el niño se cagaba hasta que el pañal llegaba a la papelera, Daniel iba a olfateando el aire, pegando su nariz al niño como si fuera una muestra de perfume.

Decía que así le controlaba mejor. Que se familiarizaba con los tonos y podía entender mucho mejor los síntomas de cualquier proceso digestivo.

Es amor, ¿no? Una se lo toma como que es amor, mucho amor. Terrible amor. Casi una obsesión por saber que todo está bien con el niño.

Pero ¡ay!, ¿qué pasa cuando se lo hace al gato?

Un día le vi olerle el culo al gato. ¿Qué haces?, le pregunté. Y me dijo que la nueva comida que le comprábamos no le sentaba tan bien como la anterior.

¿Estaba casada con un genio olfativo? ¿Con un profesor de la mierda? ¡La comida no era de tan buena calidad!, decía, ¡el gato segrega más jugos gástricos de lo habitual!

¿No te parece tremendo? En parte es fascinante, ¿a que sí?

Pero es que después del olfato vino el color. Da Vinci, Da Vinci, le llamaba yo. Compraba en la farmacia pequeños tarros de muestra y guardaba un trocito de caca en ellos. Después lo etiquetaba con el día y la hora y lo colocaba en una nevera del desván. Ordenada por colores. De más oscuro a más claro. Como una paleta. Shit Pantone.

Cuando lo vi, me dijo: ven, mira, los más oscuros son de cuando el puré es de verdura.

¿Te lo puedes creer? Decía que en los restaurantes hacían lo mismo con la comida, que guardaban muestras por seguridad.

Ah no, cariño, pero no termina ahí la historia. Después de unos meses de tarros de muestras, llegaron meses de tarros de miel. Como lo oyes. Decía que era mejor guardar toda la caca. Que tan importante era el olor y el color como lo era la cantidad, el peso y la densidad.

Como lo oyes. Como lo oyes.

Y sin embargo ahí estaba yo. Enternecida, con un bebé encantador y un marido aplicado y preocupado, atento, muy atento, eso pensaba. ¡Qué marido ejemplar! ¡Cuánto se preocupa!

Pero no, amiga mía, hubo una línea que no pude cruzar. ¡Porque no era una línea, era un barranco!

Fue un día en el que al llegar a casa del trabajo me lo encontré inquieto, caminando de un lado al otro.

¿Qué pasa?, le pregunté.

Y me dijo que aquello no servía para nada, que no valía de nada el olor, la textura, el peso, el volumen… que para ser de verdad preciso, necesitaba conocer otro parámetro: su sabor.

Entonces metió una cuchara en un tarro marrón como un Häagen-Dazs de turrón y se la llevó a la boca.

Tenías que haber visto su sonrisa manchada. Los dientes marrones y grumosos. Por supuesto, quise vomitar. Y, de hecho, cariño, lo hice.

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