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Darío Adanti: “Todos deberíamos tener una foto de Stalin en casa”

En ‘Disparen al humorista’, el dibujante Darío Adanti reflexiona sobre los límites del humor

De entre todas las ideas que plantea Disparen al humorista, la más potente de todas es ellas quizás sea la de que nadie le exige límites al humor involuntario. El autor de este ensayo en forma de cómic, Darío Adanti (Buenos Aires, 1971), utiliza de ejemplo la vez aquella en que TVE usó, por equivocación, el símbolo de las fuerzas rebeldes de Star Wars para ilustrar una noticia sobre el ISIS. “Aquel error”, escribe Adanti, “dejó claro que nos permitimos el humor sobre una tragedia en tiempo presente, siempre y cuando sea indirecto”.

El resto —los chistes nacidos de la voluntad— no sólo deben mantener una etiqueta que Disparen al humorista viene a cuestionar, sino que, aquellos que los enuncian, se arriesgan a ser censurados, hostigados e incluso, como en el caso de Charlie Hebdo, blancos de un ataque terrorista. “La persecución que sufre el humor”, expone Adanti, “va más allá de lo anecdótico o del episodio puntual”.

De esta persecución, con sus mecanismos y sus remedios, hace balance su nuevo libro.

“Empecé a ser consciente de ello cuando, en Argentina, amigos dibujantes que eran abiertamente progresistas, feministas y antirracistas, empezaron a ser acusados de nazis”, me explica Darío. “Gustavo Salas, por ejemplo, hizo una tira llamada David Gueto, el DJ de los campos de concentración por la que se originó un escándalo de órdago, llegando la gente a manifestarse a las puertas del periódico en que trabajaba Salas”.

A Darío no le hace falta irse hasta las puertas del argentino Página Dos para ilustrar su tesis: él mismo, junto a sus compañeros de Revista Mongolia, vivieron en sus carnes una protesta religiosa, sita en los aledaños de un teatro en el que actuaban. Quizás por ese episodio —y por muchos otros de similar índole—, Edu Galán, también de Mongolia, se solidarizase con Jorge Cremades, cuando diversos colectivos feministas llamaron al boicot de uno de sus shows.

“El discurso de Cremades puede ser completamente contrario al nuestro”, me dice Dario, “pero yo no puedo estar de acuerdo en que se aplique el mismo correctivo a un comediante que a un político. El escrache es un arma política, y hacerle uno a Cremades me parece disparar a lo loco. En España, estamos cediendo parte de la educación de nuestros hijos a la Iglesia Católica, ¿cómo no va a haber una misoginia generalizada? Deberíamos estar poniendo en cuestión esa realidad, de la que Jorge Cremades es resultado, y no al propio Cremades”.

En uno de los capítulos clave de Disparen al humorista, Darío reflexiona sobre la relación entre humor y activismo político, dos disciplinas que, pese a los choques, consiguen dialogar. “El impacto que tuvo el 15-M no se entiende sin sus pancartas, que eran un ejemplo brillante de sátira popular y espontánea”, dice el dibujante, de aquellos “no hay pan para tanto chorizo”; de “las putas insistimos que los políticos no son hijos nuestros”.

Adanti, que jamás ha sido equidistante a la hora de posicionarse a la izquierda del espectro político, lamenta, sin embargo, esa “gente dentro de la izquierda más empeñada en buscar herejes dentro de la propia izquierda que en atacar el poder”; una tendencia que, asegura, se incrementó cuando, tras la crisis de 2008, mucha gente despertó a la política.

El discurso de Cremades puede ser completamente contrario al nuestro, pero yo no puedo estar de acuerdo en que se aplique el mismo correctivo (escrache) a un comediante que a un político

“Entiendo perfectamente el término ‘hombre, blanco, heterosexual’, y me sirve muchísimo para entender los mecanismos sociales del machismo y de los privilegios en los que éste se sustenta”, declara el autor. “Ahora bien, si a mí una persona europea me ataca utilizando esa construcción —algo que me ha ocurrido—, debería caer, por lo menos, en la contradicción de que yo ni siquiera tengo la nacionalidad europea. En España, soy residente. En Estados Unidos, latino”.

Este matiz quizás sirva para entender a un autor que, pese a considerarse feminista, es una de las caras visibles de un medio —Revista Mongolia— acusado de “reaccionario y machuno” por plumas como las de Barbijaputa. “No quiero hablar mal de Barbi, y estoy de acuerdo con ella en algunas de las cosas que dice”, asegura Darío. “Pero, más que plantearnos si el humor debería tener límites, deberíamos reflexionar sobre si, en la época de la inmediatez, lo que debería tener límite es la opinión”.

¿Cuál debería ser ese límite? “El tiempo. El tiempo para investigar; para escribir un artículo. El tiempo para leer”, responde el dibujante. “El problema de la izquierda es que ha dejado de leer. Ha dejado de saber leer”.

Quizás, esa ala de la izquierda, más recta y espartana, sienta como una provocación que Disparen al humorista se abra con una cita de Jardiel Poncela, escritor considerado por muchos como cercano al régimen franquista. “Yo valoro a un artista por su obra, no por su devenir político”, aclara Adanti, que, en este orden de cosas, también se declara fan de Albert Boadella, fundador de Ciudadanos. “Me parece un genio”.

No deja ser der paradójica la admiración de Adanti por Boadella, sobre todo cuando activos como Gabriel Rufián acusaron a Revista Mongolia de parecerse, en ocasiones, a Ciudadanos. Tampoco deja de ser paradójico que, en esa misma charla con Rufián, el político nombrase a plataformas cercanas a la formación naranja, como Dolça Catalunya, que más tarde se apropiaron e hicieron suyo el discurso de Revista Mongolia.  

¿Qué opina de que haya asociaciones de ultraderecha robándoles el verbo?

“Me parece igual que cuando gente de izquierdas nos saca de contexto para decir que nosotros defendemos según qué barbaridades”, contesta. “El gran enemigo del humor, y de la cultura en general, es la descontextualización”.

Es imposible no sacar, en algún punto, el término ‘corrección política’; un término que, al abrazarlo, dice Adanti, se incurre en el “totalitarismo” de lo burgués. “Negar palabras que existen y que tienen su propio ADN no las hace menos chungas”, opina. “Silenciar ciertas palabras no es un poder mágico, ni me parece el motor de ningún cambio”.

“El filósofo Zizek cree, precisamente, no sólo que el mayor mal de la izquierda esté en la corrección política”, defiende Adanti, “sino que, contra ésta, el humor va a jugar un papel muy importante. Y lo dice Zizek, un marxista hegeliano”.

Uno con la foto de Stalin en el recibidor de casa, añado yo.

“Stalin fue nefasto, malvado y mató a mogollón de gente, pero fue un genio de la política y uno de los responsables de que hoy tengamos estado del bienestar en Europa”, contesta Darío. “Viviendo en una democracia occidental, todos deberíamos tener fotos de Stalin en casa”, bromea el dibujante.

Con un ensayo como Disparen al humorista, Darío Adanti sabe que tendrá que encajar críticas. “Me parece muy sano que se critique el humor”, declara. “Lo que sí deberíamos reclamar es la necesidad de que, para criticar y analizar humor, se utilice el mismo rigor que se le pide a una crítica cinematográfica o a una crítica literaria”.

“Ni me interesa la polémica, ni quiero generarla con mi libro”, puntualiza Adanti, al que le seduce más tender puentes que derribarlos. “Tampoco quiero que, tras leerlo, la gente piense de la forma en la que lo hago yo. Me gustaría, eso sí, que los lectores profundicen en aquello que llamamos ‘comedia’ o ‘humor’. Porque es divertido. Y porque nos permite cuestionarnos muchas cosas”.

“Estamos en un mundo peligrosamente acientífico”, asegura Adanti. “La izquierda se está volviendo acientífica y, desde las redes sociales, lo único que se nos venden, de forma muy poco interesante, son certezas”, termina, “cuando lo que deberíamos consumir y proponer es justo lo contrario: incertidumbres”.

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