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El incesto, aquello que no puede decirse con la voz

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¿Qué busca la autora de 'Diario de un incesto' con su confesión? ¿Qué significa confesarse? ¿Cómo ha evolucionado la confesión como género literario?

eudald espluga

07 Septiembre 2017 06:01

Cuando adelantamos la publicación de Diario de un incesto, dijimos que era un libro que narraba las violaciones que su autora sufrió desde los 3 hasta los 20 años. Lo cual es cierto, pero insuficiente.  

Diario de un incesto es una confesión, un género literario muchas veces olvidado que provoca un tipo de recepción distinta a la que estamos acostumbrados: como lectores sabemos que no solo estamos ante unos hechos verídicos, sino que nos relacionamos con un texto cuya escritura supone un ejercicio de autotransformación.

No se trata simplemente de una cuestión de autenticidad: asistimos en vivo a la reconstrucción de una identidad, mediante la inclusión un relato significativo de una experiencia que hasta el momento de escribirla era fragmentaria, incomprensible, no racionalizable.


I.

La confesión

Decía George Bataille que el único medio para acercarse a la verdad del erotismo es el estremecimiento. Y estremecimiento es lo que sentimos cuando la autora, lejos de rememorar los abusos perpetrados por su padre con la perturbación y la angustia que presuponemos a una revelación de este tipo, se recrea en la voluptuosidad de las escenas.

"Las dos primeras noches no pude parar de masturbarme, consciente de la proximidad de mi padre, que dormía solo en la planta de abajo, en aquella cama descomunal del lado oeste de la casa. No podía remediarlo. Quería, y no quería, que entrara en la habitación y me follase. Cosa que hizo la tercera noche."

Y sigue:

"Mi padre retiró la colcha y vio mi cuerpo de veintiún años desnudo. Estaba desnuda y húmeda. Ardía en deseos de tener su polla grande y dura metida profundamente en mi interior. Estaba muy húmeda. Ardía en deseos de que entrara en mí por completo. Nunca antes me había sentido tan atractiva."

Antes de empezar con la descripción de los encuentros sexuales con su padre, la autora nos informa que hasta ahora había mentido. Ocultaba su historia a sus terapeutas, y las veces que se había decidido a contarlo no habían resultado satisfactorias: cuando le explicó a Katherine Huntington, amiga de la familia, que su padre había abusado de ella, le contestó simplemente que lo olvidara y lo superara.

Diario de un incesto es todo lo contrario a olvidar y superar: es un ejercicio público de memoria, es tomar la palabra para apropiarse de todo lo que ha sufrido pasivamente, es sublevarse contra los propios fantasmas aceptando que estos fantasmas nos constituyen.  

Diario de un incesto es una confesión, sí, ¿pero qué significa confesarse?


II.

La confesión como liberación

"Quiero traer a la memoria mis fealdades pasadas y las torpezas carnales que causaron la corrupción de mi alma; no porque las ame ya, Dios mío, sino para excitarme más a vuestro amor".

Con esta ambigua declaración empezaba San Agustín el recuento de sus pecados de adolescencia. Ya había comentado las pequeñeces de la infancia -las trampas en el juego, la tendencia al engaño, el incumplimiento del deber-, pero ahora pasaba a las tribulaciones de la carne, al amor impuro, que constituirían el corazón de sus Confesiones.

Su testimonio no se parecía en nada al resto de filosofía publicada hasta el momento: su escritura era vívida, desgarrada, y sus imprecaciones a Dios no podían verse como meros ejercicios retóricos. Quería ser escuchado, quería ser perdonado, quería entrar en "la alegría del Señor".

Aunque el género confesional pueda remontarse a otros textos y formatos, será el escrito de San Agustín el que sentará las bases de este tipo de literatura: utilización de la primera persona; recreación de una temporalidad real (frente al tiempo de la ficción); una escritura que nace de una necesidad vital, donde se utiliza de la memoria como materia prima; el texto tiene una función performativa tanto para el emisor como para el receptor; y, finalmente, expresa una voluntad de aceptación, de recomposición del mundo de la experiencia mediante su narración.

Así lo entendía María Zambrano, quien en 1943 señalaba todas estas características en La Confesión: género literario y método. Para ella, la confesión era un modelo de acción que transforma la vida humillada gracias a la consecución de una verdad: "la acción que la confesión ejecuta cuando atina es una acción trascendente, un puente que se abre entre la soledad de quien escribe y la comunidad a la que habla".

La confesión, como género literario, es para Zambrano la escritura de aquello que no puede ser dicho.

"Mas las palabras dicen algo. ¿Qué es lo que quiere decir el escritor y para qué quiere decirlo? ¿Para qué y para quien? Quiere decir el secreto; lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad; y las grandes verdades no suelen decirse hablando. La verdad de lo que pasa en el secreto seno del tiempo, en el silencio de las vidas, y que no puede decirse. "Hay cosas que no pueden decirse", y es cierto. Pero esto que no puede decirse, es lo que se tiene que escribir. Descubrir el secreto y comunicarlo, son dos acicates que mueven al escritor. El secreto se revela al escritor y no si lo habla".

En una cultura católica como la nuestra, tendemos a asociar la confesión con un acto de constricción, de penitencia, de reconciliación: la verbalización nos absuelve. Así, no es extraño que otra teórica de la confesión como Rosa Chacel defendiera que esta estaba indisolublemente unida a la idea de culpa.

Sin embargo, esta memoria escrita y no verbalizada que es Diario de un incesto, no solo es una huida, una reacción a la desesperación, a la culpa, sino que, como nos recuerda Elvira Luengo, constituye también una apuesta esperanzada: "la confesión como método para encontrar ese quien, el sujeto mismo y la identidad, permanecer libre, alcanzar la invulnerabilidad, la unidad pura, el centro interior. Recuperarse de lo fragmentario."


III.

La confesión como subjetivación

Con la confesión esperamos librarnos de algo, expresar una verdad, vertebrar nuestra experiencia en una unidad. Confesando nos hacemos a nosotros mismos, conquistamos una identidad: si aquello que llamamos "yo" es el conjunto de narraciones que nos contamos, la confesión es un relato que aspira a homogeneizar nuestros recuerdos.

Pero conquistar una identidad no siempre es deseable, ya que supone entrar en la lógica del reconocimiento. El filósofo Michel Foucault decía que escribía para perder el rostro, para borrar su identidad, precisamente porque pensaba que ser reconocido es pasar a formar parte de un orden social y político específico, de un conjunto de discursos disciplinarios y normalizadores que ordenan las conductas de los sujetos entre aquellas que son correctas y aquellas que no. 

En este sentido, el francés combatió siempre el discurso de la "liberación sexual" que predominó en los años sesenta, ya que pensaba que tal "liberación", lejos de salvar el sexo de las relaciones de dominación, lo que hacía era someterlo a formas más sutiles de control. Para él existía una íntima relación entre saber y poder, lo que le llevó a desconfiar del psicoanálisis como ciencia que hacía "hablar al sexo": era una práctica de confesión que generaba nuevas formas de normalización.

"La confesión es un ritual de discurso en el que el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado; es también un ritual que se despliega en una relación de poder, porque no se confiesa sin la presencia, al menos virtual, de un compañero que no es simplemente el interlocutor, sino la instancia que requiera la confesión, la impone, e interviene para juzgar, punir, perdonar, consolar, reconciliar; un ritual en el que la verdad se autentifica por el obstáculo y las resistencias que tuvo que vencer para formularse."

Desde esta perspectiva, confesar sería una liturgia para llegar a encajar, para blanquear nuestra anomalía y homolgar nuestra singularidad: la confesión es someterse a un discurso sobre lo que está bien y está mal. Un proceso que nos incluye, nos redime, nos iguala, al precio de suprimir el potencial subversivo de nuestra anormalidad. 


IV.

La confesión como espíritu de complejidad

La autora de Diario de un incesto, ¿buscar expiar un sentimiento de culpa? ¿Quiere reconstuir su experiencia fragmentaria y reapropiarse de ella mediante la escritura? ¿Podemos ver su confesión como un ejercicio espiritual? ¿aspira a ajustarse a un orden, a ser reconocida? ¿busca una verdad que trascienda sus vivencias?

Esto último es lo que, según María Zambrano, diferenciaba la confesión de la novela. Sin embargo, ¿no debemos leer también este libro como una novela? Aunque el tiempo de la narración coincida con el tiempo real, y tomemos las experiencias como auténticas, ¿no es el "yo" de la autora una máscara?

Se considere o no una novela, lo único seguro es que cumple con aquello que Milan Kundera llamó el espíritu de complejidad: que el libro nos diga que las cosas son más complicadas de lo que creíamos, que las respuestas nunca son simples, que nuestros juicios siempre son injustos.










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