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Claribel Alegría, la poeta obsesionada con los muertos que fue feliz

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Revolución sandinista, viajes por Asia, y sobre todo, mucho amor, amor sin fin

Xaime Martínez

18 Mayo 2017 19:00

Cuando vi una entrevista en vídeo de la poeta Claribel Alegría, pensé de inmediato que esa mujer —inteligente, vivaracha, apasionada— me recordaba a alguien.

Unas cuantas entrevistas más tarde, me di cuenta finalmente de que la persona en la que estaba pensando al ver a la última ganadora del prestigioso Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana era... mi abuela.

Algo en la manera de abrir los ojos, de mover las manos, de la escritora de 93 años me trajo a la mente a la madre de mi madre. También es posible que no fuera ningún rasgo físico en concreto lo que me recordó a mi abuela, sino la idea abstracta de "Abuelidad"; o siendo más precisos, de felicidad.

Porque Claribel Alegría —se lo han dicho millones de veces— es la viva imagen de su apellido: "soy alegre, he tenido bastantes sufrimientos, como todos, pero qué te parece, procuro asimilar mis sentimientos y convertirlos en otra cosa. La poesía me ha salvado de muchísimas cosas".

Así, es posible hablar de Claribel Alegría como la poeta de la felicidad (bien entendida): porque su vida y su obra parecen entrelazarse de una forma que hoy podría servir de ejemplo a muchos.

Nacida en Nicaragüa en 1924 de padre nicaragüense y madre salvadoreña, siendo una niña se vio obligada a huir con su familia de su país natal a causa de la persecución del dictador Augusto Somoza.

Por ello, pasó la mayor parte de su infancia y adolescencia en El Salvador, donde presenció la matanza de 30.000 campensinos e indígenas —episodio que la obsesionaría y que narraría en su primera novela, escrita a cuatro manos con su marido, el periodista y diplomático estadounidense "Bud" Fakoll.

De su infancia, Alegría recuerda que su madre era una gran lectora del siglo de Oro español y que su padre recitaba por la casa poemas de Rubén Darío. Unidos, estos dos hechos harían que la pequeña Claribel Alegría descubriera su vocación poética: "con una gran petulancia", según dice riéndose la poeta, "dictaba" a su madre, antes de saber leer y escribir, poemas dedicados a "las estrellas y a las muñecas".

Cada vez que te amo
vida y muerte
están presentes:
amanecer
y noche
paraíso
sepulcro.

En 1943 decidió estudiar en Estados Unidos, en la Universidad George Washington. Fue allí donde conoció a Juan Ramón Jiménez, que ejerció de maestro de la joven escritora y cuya influencia (junto a la de Zenobia) sería básica para su formación como poeta y para la publicación de su primer libro de poemas, Anillo de silencio.

También en Washington se encontró con quien sería su marido, Darwin "Bud" J. Flakoll, junto al cual firmaría la novela antes mencionada (Cenizas de Izalco), así como un libro que en 1962 resultó determinante en la historia de la literatura latinoamericana: New Voices of Hispanic America, una antología que dio a conocer el boom latinoamericano en los territorios de habla anglosajona.

Desde la publicación de Anillo de silencio, la voz de Claribel Alegría se convirtió en una de las más particulares y queridas de Centroamérica.

Poemarios como Vigilias (1953), Huésped de mi tiempo (1961) o Sobrevivo (con el que ganó el Premio Casa de las Américas en 1978) la adscribieron, con cierta reticiencia por su parte, a la salvadoreña Generación Comprometida: política, derechos humanos y amor se trenzan en su poesía y en su prosa.

Florecen los almendros
en Mallorca
y no estás para verlos.
De mi balcón anoche
los vi fosforecer.
Te llamé por tu nombre,
conjuré tu fantasma,
te perfilé de pétalos caídos
y una ráfaga de aire
te rasgó.

Después de vivir en diversas ciudades de todo Europa y América (México, París, Buenos Aires o Montevideo) recala en los años 70 en un pequeño pueblo de Mallorca, Deià, donde entabla una muy buena relación con Robert Graves, a quien traduce al castellano, para después regresar a Nicaragua.

En Managua se involucró de forma decisiva en el movimiento sandinista —que había depuesto el gobierno dictatorial de Somoza—, y ya se quedó para siempre: allí vio también morir a su marido en 1995, tras lo cual (con más de 70 años) decidió emprender en soledad diversos viajes por Asia para reencontrarse consigo misma.

Esa pasión constante por el momento, por el presente y por la vida, es lo que hace que este mes haya sorprendido a Claribel Alegría con dos buenas noticias: el premio Reina Sofía y la publicación de un nuevo libro de poemas a sus 93 años, Amor sin fin.

Y es precisamente el título de ese libro —más aun que el prestigioso Reina Sofía— lo que mejor resume la vida de Claribel Alegría: como ella misma dijo, su únivo tema fue el amor (pero bajo formas muy distintas).

Otro círculo
amor
que hemos cumplido
¿será este el último
en cerrarse?

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