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La Ciudad-Bomba

"Quienes somos padres pensamos mucho en la clase de mundo que vamos a dejar a nuestros hijos, y en cómo vamos a explicar un atentado. Pero no reparamos en que tal vez para ellos esa sea una clase de violencia aprendida desde pequeños, absolutamente normal. Es del todo inhumano, pero no es nada improbable que algo así acabe sucediendo".

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Va un chiste basado en una anécdota 100% real, presenciada hace escasos días.

Por la calle caminan dos personas adultas con una amplia participación en manifestaciones contra las distintas ocupaciones en Oriente Medio y contra la ocupación israelí en Palestina, entre una larga lista de causas políticas tradicionalmente asociadas a la izquierda, cuando de pronto aparece un niño magrebí de unos 6 ó 7 años. El niño magrebí, que pasea con sus amigos a la salida del colegio, hace estallar contra el pavimento uno de esos mixtos inflamables que se regalaban en meriendas infantiles. El caso es que después de que el petardo explote, uno de los dos adultos le dice al otro:

—Mira, ensayando para cuando crezca, jajajaja.

La escena tiene dos lecturas. La primera y más evidente es que los dos adultos en realidad son un par de racistas de mierda. Fin.

Otra forma de ver esto es que los dos adultos son perfectamente conscientes de que se trata de un chiste racista, pero hay una parte de su cerebro que no puede evitar filtrar el acontecimiento bajo el chiste abominable, casi un mecanismo de defensa y amortiguación ante una realidad que percute día sí día también la rutina occidental: el terrorismo.

Dicho con otras palabras: estamos tan expuestos al terrorismo que el terror ya no es terror sino parte del paisaje urbano.

«El terrorismo empieza a convertirse en una expresión de horror que ya es parte de la cotidianeidad. Como percibir a una familia de sintecho ahuecando la mano a la salida de un supermercado»/ Getty

Paradójicamente, el terrorismo invierte sus expectativas así y uno ya espera morirse igual de un problema cardiovascular, de un cáncer o de una voladura de un vagón atestado en hora punta, de manera que el terror ya no es terror sino cotidianeidad. Es más o menos como percibir a una familia de sintecho ahuecando la mano a la salida de un supermercado, fingiendo no haber escuchado su llamada de socorro. ¿Víctimas? Por supuesto que sí. Pero víctimas que nos despiertan tan poco asombro como tasas de desempleo del 20%, rescates bancarios por valor de varias decenas de miles de millones de euros, informes sobre una desigualdad económica global rampante y el cambio climático a la vista de todos.

En muy pocas semanas hemos leído montones de historias de atentados en Londres, atentados en París, atentados en Bogotá, atentados en Manchester, atentados abortados en Bruselas, yihadistas detenidos en Madrid, operaciones contra grupos radicalizados en Barcelona… y ya llega un momento en que un estómago humano empieza a no poder asimilar la tasa de escándalo, asombro, tristeza o indignación que la situación precisaría en circunstancias de normalidad. El tono de lo que leemos es dramático, pero la enunciación de lo que hablamos en nuestra intimidad empieza a rozar peligrosamente la apatía, cuando no la risa. Hoy es completamente normal oír bromas e hipótesis sobre atentados en cualquier acontecimiento público que implique a una multitud. En este sentido, un detalle curioso es que en 2016 el dramaturgo Ismaël Saidi se hacía famoso con una obra titulada Djihad, que como su nombre indica se trataba de una sátira del terrorismo. La obra fue representada con gran éxito en teatros de Bruselas y París, dos ciudades particularmente castigadas por la lacra. Apetecía reírse un rato con unos yihadistas de carnaval, incluso aunque los cadáveres de Charlie Hebdo, Bataclan o Molenbeek estuviesen frescos aún.  

El terror en las ciudades globales —de Estambul a París, de Niza a Estocolmo— ha terminado siendo aceptado como lo que es: una franquicia del verdadero mundo que hay más allá del escaparate del capitalismo. Son muestras de perfume del verdadero aroma de la vida en Nigeria, Libia, Pakistán, Irak o Yemen.

Al hilo de esto: siempre que ocurre un atentado en Occidente, uno de los comentarios más populares suele ser ese que habla de nuestro desdén hacia los muertos fuera de nuestras fronteras. Algo de razón lleva, pero el caso es que poco a poco nos encaminamos a un desinterés por nuestros propios muertos, si es que hay algo a lo que podamos llamar nuestros propios muertos. He aquí el terrorismo como un daño colateral más de nuestro sistema. O lo que es lo mismo: así como la economía produce desigualdad que produce pobreza que produce malnutrición que produce obesidad que produce diabetes que produce muerte, el mismo sistema produce mecanismos mortales mucho más sencillos y directos; por ejemplo, un tiroteo que nadie había previsto. En mayor o menor medida, aceptamos con resignación los dos peajes.

Quienes somos padres pensamos mucho en la clase de mundo que vamos a dejar a nuestros hijos, y en cómo vamos a explicar un atentado. Pero no reparamos en que tal vez para ellos esa sea una clase de violencia aprendida desde pequeños, absolutamente normal. Es del todo inhumano, pero no es nada improbable que algo así acabe sucediendo.

«Empezamos a comprender el terrorismo como lo que es: muestras de perfume del verdadero aroma de la vida fuera de nuestro escaparate, en Nigeria, Libia, Pakistán, Irak o Yemen» / Getty

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