PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Lit

Carlo Padial: “Yo veo tener hijos como otro proceso del hecho de estar vivo”

H

 

‘Doctor Portuondo’ es la tercera novela de Carlo Padial, el G.K. Chesterton del posthumor

víctor parkas

28 Febrero 2017 15:17

“No sé distinguir entre realidad y ficción”, me confiesa Carlo. “Lo digo totalmente en serio. Esta entrevista, si intento recordarla dentro de quince días, incluirá cosas que no están pasando ahora mismo. Incluirá pensamientos cruzados. Se mezclará, a su vez, con cosas que sé que están ocurriendo en el cuarto contiguo, incluso con situaciones previas similares a ésta”.

Situaciones similares, yo cuento cuatro: es la quinta vez que entrevisto a Carlo Padial —la tercera desde que es padre, la segunda que se publica en una revista digital, y la primera en la que tengo un Mr. Potato tirado a la altura de los pies. De fondo, con la distorsión característica de un vídeo de YouTube al reproducirse desde un teléfono móvil, oigo a Peppa Pig jugar con el Señor Dinosaurio.

Carlo, que está levantando su primer largometraje de gran presupuesto ­—Algo muy gordo, protagonizada por Berto Romero—, acaba de publicar Doctor Portuondo, una novela en la que hace balance de sus días de terapia con su psicoanalista cubano. “Es como una novela de misterios en primera persona donde el culpable siempre es el narrador”, dice, de un libro en deuda tanto con G.K. Chesterton como con los cómics de Crumb.

Padial, para éste, su tercer libro, recupera la voz neurótica y lapidaria con la que nos interpelaba en La Vergüenza de Existir, una de las 'ficciones' virales para PlayGround. En una asfixiante primerísima persona, y con Carlo como protagonista principal, Doctor Portuondo convierte la exhibición de miserias —familiares, afectivas, sociales— en comedia de alto octanaje.

Con cada carcajada, es muy probable que termines escupiendo sangre.

Siempre te has movido en la fina línea que separa realidad y ficción —con tu primera película Mi Loco Erasmus, dijiste haber hecho un (falso) falso documental. ¿Dirías que Doctor Portuondo es una extensión literaria de esa tendencia?

Es resultado de ese híbrido del que hablas, sí. Cuando hago ficción pura, es todo real —la película con Berto, por ejemplo, es lo más real que he hecho nunca; tanto, que Berto tiene incluso miedo. En cambio, cuando hago algo más documental, todo acaba siendo ficticio. Las primeras veces que hice reportajes para televisión, era gritar ‘acción’ y tenías a la gente actuando como si estuviesen en una película. Eso para mí fue un shock brutal. La locura absoluta. Además, decían justo aquello que no querían decir. La gente siempre se pregunta cómo sacamos esas cosas tan locas de los entrevistados cuando grabamos. Creo que soy yo, que genero un marco así.

¿Crees que ese hibridismo ha ayudado a que tus vídeos sigan vigentes con el paso del tiempo?

Que todo esté difuminado ayuda, claro. Quiero ser negro: ¿Se puede saber qué es eso? ¿Eso qué es? Todavía no he encontrado a alguien que me diga qué es Quiero ser negro. Ni yo mismo te lo sé decir. La escribí mientras iba al sitio a grabar. Doctor Portuondo funciona a ese nivel, y a la vez, para mí, también como un test de rorschach; uno que he pintado yo mismo. Estoy viendo un montón de cosas mías en este libro que para nada tenía previstas. Es una puta locura, hablando claro.

Veo una diferencia muy marcada entre Doctor Portuondo y tus dos libros anteriores. Además de conformar tu primer relato largo, Doctor Portuondo está escrito con una voz más serena y menos misántropa que Dinero Gratis o Erasmus, orgasmus y otros problemas. ¿Notas tú también esta evolución?

Escribiendo este tercer libro, me preocupaba mucho estar a la altura de lo que había vivido, así como de ciertos espacios y conocidos que aparecen en la historia; eso me ha empujado a reescribir mucho. Siento que, de alguna forma, he crecido como persona que escribe —nunca me referiría a mí mismo como escritor, me parece increíble la gente que a las primeras de cambio pone en Twitter o en Linkedin que son escritores.

Para mí, 'Doctor Portuondo' es como un test de rorschach. Estoy viendo un montón de cosas mías en el libro que para nada tenía previstas. Es una puta locura, hablando claro

¿Prefieres que se refieran a ti como director de cine, entonces?

Eso también me resulta extraño. Yo me veo a mí mismo como impostor, en el mejor sentido de la palabra: un impostor que intenta hacer el mejor libro posible, la mejor película posible, el mejor stand-up posible. La mayoría de gente practica una disciplina y, si se salen de ahí, se lo toman como una pequeña aventura —directores que escriben novelas, o viceversa. Yo, en cambio, me tomo con la misma seriedad Doctor Portuondo que Algo muy gordo.

La novela lleva una semana en librerías, ¿has recibido ya algún tipo de feedback? ¿De la viuda de Portuondo, por ejemplo?

Aunque tengo muy buena relación con ella, y nos cedió la foto para la cubierta, en ningún momento le expliqué ni le enseñé nada del libro. Tú me has dicho que es muy divertido, pero otra gente me ha asegurado que el libro les ha jodido la vida. “Tenía problemas, pero ahora tengo muchos más”. O también: “Ése soy yo. Te voy a demandar”. O: “Me ha recordado a El cuchillo en el agua de Roman Polanski”. No sé de qué hablaban. Todo eso me lo han dicho de verdad.

El libro, por lo confesional que es, conecta mucho con tus actuaciones stand-up —incluso recupera frases y momentos de los monólogos. ¿Hasta qué punto el psicoanálisis te hizo perder el miedo a exponerte de esa manera?

Completamente: el psicoanálisis cambió mi vida. Antes yo era una persona hostil, infantiloide y edípica. Ahora también. Pero soy capaz de vivir con ello y de proyectarme sin miedo. Fue terminar terapia y empezar a hacer cosas en el audiovisual, algo que fue muy curativo para mí. Hacer vídeos me sacó del narcisismo en el que me había sumido dibujando cómics. Y ya no hablemos del stand-up: los monólogos son, directamente, un sustitutivo de la terapia. El material con el que los escribo es el mismo con el que iría a ver a un psicoterapeuta.

Una vez se publica el libro, ¿cómo consigues conciliar confesión y neurosis? Quiero decir: en un stand-up puedes saber si hay alguien conocido entre el público. Aquí no.

Tienes que perder el miedo a los demás vistos como elemento de juicio, y más en el tipo de cosas que yo hago. A veces, tengo la sensación de haber abierto una pequeña tienda con mis conflictos: mi mejor material nace de todas aquellas cosas que me avergüenzan. Cada año que pasa, estoy más neurótico y me asfixia más ser yo. Es horrible. Me perturban las cosas más concretas, como la ropa o la gestión del móvil; cosas microscópicas. Convertir eso en algo de lo que reírme es una fuga y un mecanismo que yo entiendo como lógico. Cómo responde a eso la gente, me da igual. Dicho esto, espero que mis padres no lean el libro.

Hablando de tus padres, y teniendo en cuenta cómo los retratas en tu novela, ¿dirías que muchas de tus neurosis tienen que ver con haber tenido unos padres como los que tienes?

Totalmente. Mis padres me llevaban siempre tarde al cine, por ejemplo. Hacerle eso a alguien como yo me parece increíble. Nunca les he perdonado que me llevasen a ver películas que habían empezado hacía 15 minutos. Esto era siempre así, por lo que, horas antes de que me llevasen al cine, yo ya sentía una angustia brutal. Estaba sudando, muy nervioso. Y ellos me reprendían: “¡¿Qué te pasa?! ¡Estás muy nervioso! ¡Te digo que vamos a llegar!”. Y llegábamos, pero media hora tarde. ¿Cómo no me va a haber influido todo eso? Salí neurótico como defensa a una familia de por sí muy neurótica.

A veces, tengo la sensación de haber abierto una pequeña tienda con mis conflictos: mi mejor material nace de todas aquellas cosas que me avergüenzan

¿Te refieres a toda tu familia o solamente a tus padres?

Mis padres no se hablaban con ningún otro familiar, por lo que mi familia éramos yo, mi madre y mi padre. Mi padre era (es) un paranoico de libro. Era como uno de esos mafiosos que creen estar triunfando incluso cuando los rocían de balas; como en El precio del poder y películas así. Es una persona muy autoritaria, pero a la vez sin reglas. Vive en la negación de la realidad más absoluta. Junto a mi madre, formaba la relación más potente y fuerte que puede haber: una entre un paranoico y una histérica. Formaban un tándem muy raro, todo el rato discutiendo, pero a la vez con un amor encendido. Era como Amor a quemarropa, pero sin pistolas.

¿En qué detalles concretos crees que te afectó la forma de ser de tus padres?

Toda mi persona es una refutación de mi padre: dónde él era una persona excesiva, yo peco a veces de ser demasiado racional. El no perder nunca las formas, el no mostrarme de una manera humana, no era sino una forma de discutir su figura. La terapia me ayudó a moderar eso. Ahora soy capaz de beber alcohol, por ejemplo. Estoy más relajado.

Foto: Cecilia Díaz Betz

¿Y tu madre? Antes te definías como una persona “edípica”.

Mientras mi padre se metía rayas en el baño, yo estaba leyendo a Kafka. Sin tener ni puta idea de lo que estaba leyendo, solo para impresionar a mi madre; para que viese que, de los dos, el bueno era yo. “¿Por qué te sigues acostando con él?”. Te hablo a un nivel muy inconsciente, la vida rara vez es así de diáfana. Con lo que respecta a la influencia de mi madre, uno de sus mecanismos histéricos consistía en ponerme en contra de mi padre. Aunque eso es algo muy habitual. Portuondo decía que las madres, al poner a sus hijos en contra de sus padres, se convirtieron en las primeras revolucionarias del mundo.

Tuviste la infancia soñada de cualquier rapero blanco, por lo que veo.

Yo con el rap me identifico muchísimo. En esa época, lo único que de verdad me servía era la música de Tupac, justo por eso que señalas: la parte confesional, la búsqueda del yo… Los raperos, igual que tú al ponerte en un diván, buscan contar su historia y, contándola, lograr salir de su entorno. Eso es bellísimo: siendo cronistas de un contexto horrible, en muchos casos, consiguen salir de él. Hay algo heroico y terapéutico en eso. Además, lo hacen hablando, como lo harías tú en una consulta. Para mí, el rap es de las tres formas artísticas más elevadas, complejas y potentes de los siglos XX y XXI. Las otras dos son el arte contemporáneo y las nuevas formas expresivas nacidas en Internet. Todo lo demás es viejo.

Uno mis momentos favoritos del libro es aquél en el que tus padres interactúan con tu primer hijo y tú, en ese momento, te ves proyectado en él. ¿Crees que, cuando crezcan, existe la posibilidad de que tus hijos piensen de ti algo parecido a lo que piensas tú de tus padres?

Tus hijos te van valorar en función de lo que los hayas querido; es una cuestión puramente afectiva. Es básico quererlos, pero también que tú te realices como persona: tener hijos no debe anularte ni detener tu crecimiento, porque, en ese caso, los acabarás culpando a ellos —mi madre, por ejemplo, me culpaba a mí de no poder seguir trabajando. Yo, en ese sentido, no estoy nada preocupado: para bien o para mal, soy una persona que está siendo productiva todo el día. No hago más que intentar realizarme, para nada siento que lo haya conseguido aún, y eso es algo que tus hijos siempre van a valorar. Y si no lo hacen, que se jodan. También puede ocurrir que tus hijos terminen siendo personas horribles, quién sabe.

Los raperos, igual que tú al ponerte en un diván, buscan contar su historia y, contándola, lograr salir de su entorno. Eso es bellísimo: siendo cronistas de un contexto horrible, en muchos casos, consiguen salir de él

Elliott, tu primogénito, es la primera persona que aparece en los agradecimientos del libro. ¿Qué crees que pensará cuando, dentro de diez o quince años, tenga oportunidad de leerlo?

Mientras lo escribía, caí en la cuenta que, con el tiempo, Doctor Portuondo será un libro muy útil para que Elliott no se encontrase con esa nebulosa que todos tenemos con respecto a nuestros padres. Yo no sé nada de mi padre, en realidad. Para mí, habría sido muy útil encontrar una cinta de vídeo o un libro en el que me dijera: “Mira, yo era así cuando te tuvimos. Estaba aterrorizado. No teníamos dinero”. Para mí, eso habría generado un respeto adicional por mi padre.

Es paradójico que, ahora que tienes dos hijos, sea el momento más prolífico de tu carrera. ¿Cómo lo haces para poder con todo?

Lo planteo justo al revés: si no hubiera tenido dos hijos, probablemente no estaría haciendo tantísimas cosas. La mayoría de mis héroes han tenido muchos hijos. Scarface mismo ha ido a la cárcel un par de veces por no poder pagar la pensión de sus hijos —tiene varias familias. Estoy totalmente a favor: te grabas tres tracks al día, gestionas varias familias, vas a la cárcel… Yo veo tener hijos como otro proceso del hecho de estar vivo. En mi caso, además, la vida de soltero no daba para más. ¿Cuántos gintonics más podía tomar? Y lo de las drogas… Es horrible meterse cosas por la tocha. Las pocas veces que lo probé me quedé encerrado en un váter.

Foto: Cecilia Díaz Betz

¿Qué es lo que menos te gusta de ese hedonismo asociado a la soltería?

La superioridad de los solteros con respecto a la gente que tiene hijos. Me parece una manera muy cobarde de exculpar sus miserias. Sus Yatekomo, su xHamster, sus vídeos de alemanas lamiendo el suelo: eres un miserable, ¿cuántos años más quieres alargar eso? ¿Con 45 vas a seguir en esa mierda? Mis miserias consisten en tener pañales con mierda en el suelo y en estar, al igual que mi pareja, completamente agotado. Pero estoy vivo y te lo estoy enseñando. A mí, tener hijos me ha dado una fuerza increíble. Es como irte a vivir solo: te pone las pilas. Pienso: “Cuidado, porque, si me descuido, acabamos los cuatro durmiendo en un cajero”.

Desde esa perspectiva, ¿cómo analizas el fenómeno creciente de madres arrepentidas?

No he leído lo suficiente para formarme una opinión. Sólo puedo decirte que yo, ahora que sé lo que es ser padre, jamás querría prescindir de ello. Te hace estar más presente. Es alucinante. Por no hablar de los momentos Terrence Malick: Nico, mi hija de cinco meses, es igual que yo; así que la miro, y se parece mucho a mí, pero en niña; tiene vagina, y es como si yo tuviese vagina, y es increíble tener vagina. Es alucinante cada vez que nos miramos a los ojos. Es como El árbol de la vida; como esa parte de El árbol de la vida en la que no sabes muy bien dónde coño va Brad Pitt. Es la hostia.

Una pregunta muy poco Malick y muy prosaica: ¿Te han pedido ya que te sientes en un diván para dar una entrevista?

Hay algún diván en el camino, sí. Quizás en alguna presentación. ¿Sabes que el diván de Portuondo sigue existiendo? Lo tiene su viuda. Pero pedírselo ya me parecía exagerado: llevarte el diván también. De golpe, es una imagen por la que no me atrevo a pasar: venir con un colega y llevarme el diván del que era mi psicoterapeuta. Imagínate que se rompe o se raja un lateral.

Yatekomo, xHamster y vídeos de alemanas lamiendo el suelo: eres un miserable, ¿cuántos años más quieres alargar eso? ¿Con 45 vas a seguir en esa mierda?

Hablando de tu psicoterapeuta: una vez muerto Portuondo, no vuelves a hacer terapia. ¿Es porque, de haberla reemprendido, sentirías que le estabas siendo infiel de alguna forma?

No, tiene que ver más bien con que ninguno de los psicoterapeutas que conozco me despierta la suficiente confianza —hay mucho lacaniano y mucho conductista suelto por ahí. Pero no: ningún sentimiento de infidelidad. Cuando haces terapia, tienen una sensación de temporalidad casi narrativa. Con Portuondo, como no salía de mí decirle que quería terminar con nuestras sesiones, casi estaba deseando que se muriera. Cuando me llamaron para darme la noticia de su muerte, pensé: “Menos mal, ahora ya no tendré que decirle que no quiero continuar con la terapia”. Luego me supo fatal, claro. Si encontrase al especialista adecuado, me gustaría volver a terapia algún día. El problema es que, en España, el psicoanálisis nunca ha sido muy popular.

¿Por qué crees que no lo es? ¿Cómo convencerías a alguien de que ir a terapia es una mejor inversión que, siendo frívolos, irse de vacaciones?

Ir a terapia, como decía Portuondo, es la mejor inversión que vas a hacer en tu vida. Mejor que cualquier viaje y que cualquier coche. Es dinero que estás invirtiendo en ti mismo. Te va a servir para vivir un poco mejor, para dejar de autoboicotearte, y para joder un poco menos a la gente de tu entorno. El problema es que estamos viviendo en un tiempo anti-psicoanalítico, en plena explosión del ‘yo’. La gente, antes de ponerse un espejo delante, como hace el psicoanálisis, prefieren proyectar imágenes idealizadas de sí mismos en Facebook.

Eso es muy común. ¿Tú lo consideras una patología?

Yo no conozco a nadie que esté sano. Empiezas a ver los vínculos familiares que tienen, y te encuentras con unos saraos impresionantes. Luego, en sus redes sociales, se pasan el día reforzándose a sí mismos. Rascando un poco, ves que están como cabras: “Me gusta el fisting”. Es raro que te guste el fisting. Es objetivamente raro. Pero si te gusta, hazlo, adelante: estamos en la época ésta. Obviamente, ahí hay algo —nunca mejor dicho, en el caso del fisting. La gente, hoy en día, tiene unas defensas enormes, porque el conflicto es aquello mismo que los mantiene a flote. Nuestros conflictos son muletas. Estás viviendo en un momento en el que, en Twitter, en Instagram, la gente está haciendo bandera de sus muletas. Y eso es muy raro.

share