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Si Silicon Valley es tan moderna, ¿por qué le teme tanto a los sindicatos?

La nueva economía lleva años hablando de crear un mundo mejor, pero los mundos laborales que está creando son terroríficos. Tras las proclamas de las apps que venían a cambiar el mundo y la economía colaborativa, ¿conseguirá el capitalismo alguna vez idear un discurso que se preocupe por sus trabajadores?

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En los últimos años asistimos a la constatación de cómo el lavado de cara del capitalismo era solo eso: un lavado de cara. Las empresas de la nueva economía han demostrado ser como Goldman Sachs, pero con CEO en bermudas y zapatillas New Balance.

La parodia del capitalismo cool no es lo suficientemente elocuente para delatar que máximas como “la felicidad de tus trabajadores aumenta la productividad de tu empresa” son solo frases aprendidas en las escuelas de negocios: hace menos de un mes, The Guardian bombardeaba a Facebook al denunciar las pésimas condiciones de sus moderadores de contenidos. El fin de semana pasado, en España, los repartidores de la empresa de servicios a domicilio Deliveroo fueron a la huelga por condiciones laborales que equiparaban a las de "Centroamérica".

El capitalismo de bermudas ha conseguido que las vidas de los clientes sean mucho más fáciles: podemos consumir muy barato, rápido, desde cualquier lugar e incluso sentir que el mundo está a nuestros pies. Esa nueva economía ha logrado también que las vidas de las empresas —sus cuentas de resultados— sean mucho más fáciles. Y ha alcanzado ambas cosas gracias a que las vidas de los trabajadores se hayan quedado exactamente igual o peor que antes.

Los conductores de Uber y Cabify, por ejemplo, reciben valoraciones. También los repartidores de Deliveroo y hasta los empleados externalizados de Aena en los aeropuertos, a través de máquinas instaladas en las terminales. Esto no tendría nada de malo si ayudase a las empresas a competir entre ellas para ofrecer mejores servicios, pero la evaluación pública de un empleado no es lo mismo que la evaluación de una empresa. Lo que se produce, de forma similar al sistema de propinas en Estados Unidos, es que el capricho de los clientes determina la remuneración de los empleados.

La dejación de responsabilidad sobre los trabajadores acentúa que los clientes sientan el mundo a sus pies. Que puedan insultar a un teleoperador de una empresa de telefonía móvil con la impunidad de saber que nunca contestará mal, levantar la voz a una azafata en el mostrador de un aeropuerto a la que pueden echar si pierde los nervios, valorar negativamente a un repartidor que se recorre en bici la ciudad y que se quedará sin cobrar por ello, o hablar con desprecio a un camarero que se gana el sueldo a través de las propinas.

La idea del CEO de Amazon, Jeff Bezos, de que el cliente es una silla vacía en el consejo de administración también cubre las espaldas de la propia empresa. Al final, los dedos siempre señalan al mismo culpable: el trabajador. El mismo trabajador con el que esa empresa pretende cambiar el mundo y al que hace partícipe y responsable de un proyecto del que nunca recibirá dividendos.

Si el modelo capitalista de Silicon Valley ha resultado ser igual o más perverso que el modelo oscuro y desinhibido de Goldman Sachs, ¿existe realmente una tercera vía? ¿O deberemos conformarnos con la reedición efectiva del discurso de la estupidez para tapar algo que, en el fondo, no puede cambiar?

Todo esto quizá tenga una respuesta mucho más efectiva y sencilla: que vuelvan los sindicatos. A través de puffs, de piscinas con bolas de plástico y de afterworks pagados, el capitalismo cool ha conseguido sedar la reivindicación de los derechos de los trabajadores. Los sindicatos son algo viejo, dicen, claro que más viejos son los conflictos laborales y el capitalismo.

Si el capitalismo se ha lavado la cara para para perpetuar un sistema del siglo XIX, los sindicatos tendrán que hacer lo mismo para ponerle el freno que le pusieron entonces.

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