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Por qué su desprecio al fútbol empequeñece a Borges

¿Esnob? ¿Elitista? ¿Prejuicioso? Al final Maradona se vengó cruelmente del escritor argentino

Recuerdo que con siete años mi hermano me dio una de las primeras lecciones de mi vida. Pablo preguntó: “¿Te gusta la mierda?” Mi respuesta, asqueado ante la proyección mental que había desencadenado la pregunta, fue evidente: “No”. La suya -estaba preparada-, inmediata: “¡Ja! Si no te gusta es que la has probado”.

No quiero decir que a día de hoy sea coprófago, pero en ese momento entendí, supongo que no con estas palabras, que todo juicio de valor necesita una experiencia previa. Ahora sé que si me gusta Chance The Rapper es porque lo he escuchado, que si no me gusta Death Proof es porque la he visto y que si no sé si me gusta Ishiguro es porque no he leído ningún libro suyo.

Y, opinar sobre Ishiguro sólo en base a lo que haya podido leer sobre él, estaría feo.

Igual que pudo estar feo que Borges opinase sobre fútbol sin haber visto nunca un partido: “ Jamás he visto un partido en mi vida. Primero porque soy casi ciego, segundo porque es parte del tedio, y además porque la gente que asiste a esos partidos no va por el juego en sí mismo, como deporte, sino exclusivamente para ver ganar a su equipo”.

Estas palabras, sin embargo, fueron dichas antes de que en una entrevista hiciera una breve y peculiar crónica de un Argentina-Uruguay, partido al que acudió con el escritor uruguayo Enrique Amorim:

Sí, fui una vez y fue suficiente, me bastó para siempre. Fuimos con Enrique Amorim. Jugaban Uruguay y Argentina. Bueno, entramos a la cancha, Amorim tampoco se interesaba por el fútbol y como yo tampoco tenía la menor idea, nos sentamos; empezó el partido y nosotros hablamos de otra cosa, seguramente de literatura. Luego pensábamos que se había terminado, nos levantamos y nos fuimos. Cuando estábamos saliendo alguien me dijo que no, que no había terminado todo el partido, sino el primer tiempo, pero nosotros igual nos fuimos. Ya en la calle yo le dije a Amorim: “Bueno, le voy a hacer una confidencia. Yo esperaba que ganara Uruguay –Amorim era uruguayo- para quedar bien con usted, para que usted se sintiera feliz”. Y Amorim me dijo: “Bueno, yo esperaba que ganara Argentina para quedar, también, bien con usted”. De manera que nunca nos enteramos del resultado de aquello, y los dos nos revelamos como excelentes caballeros. La amistad y el respeto que ambos nos profesábamos estaba por encima de esa pobre circunstancia que era un partido de fútbol.

Es una anécdota, pero una anécdota que denota la falta de interés en conocer cuáles son las mieles del fútbol por parte del autor de Ficciones.

La crítica futbolística de Borges se sustenta en el reproche hacia este deporte como manifestación popular, refiriéndose así al fútbol casi como una nueva forma de MK Ultra. “Es una invención mediática para manipular a los pueblos”.

Una crítica con un componente, por lo tanto, más político y social que intrínseco al fútbol. Lo cual no deja de ser curioso: Borges no mostró afinidad con ninguna doctrina política y su análisis del fútbol, sin embargo, posee un cariz cargado de prejuicios y tintes elitistas.

En una ocasión, después de un largo rato hablando con El Flaco Menotti, entonces seleccionador de Argentina, y tras saberse sorprendido de que su criada le hubiera pedido que le trajera un autógrafo, Borges le dijo: “Qué raro, ¿no? Un hombre inteligente y se empeña en hablar de fútbol todo el tiempo”.

Anglófilo como se definió, dijo en una ocasión: “Es uno de los mayores crímenes de Inglaterra y una estupidez”. Respaldaba también su opinión en base a lo que dijera Shakespeare en los albores de un fútbol primigenio que poco tendría que ver con el actual, y a la visión también del poeta Rudyard Kipling. Ambos lo rechazaron, Shakespeare de forma lacónica en Hamlet y Kipling como uno de los pioneros en reconocer abiertamente su aversión.

Un argumento, el de autoridad, que puede ser combatido con el mismo razonamiento: Vargas Llosa, Günter Grass, García Márquez, Camilo José Cela -por citar unos cuantos Nobel de Literatura- se movieron entre la afición al fútbol y la literatura.

No han faltado tampoco biógrafos que han buscado una explicación a este odio casi irracional. Existe una biografía no autorizada que lo justifica: durante un partido -probablemente en un potrero de tierra- entre amigos en 1930, un equipo formado por futbolistas de la talla de Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Horacio Quiroga o Roberto Arlt se enfrentaba a otro equipo formado por futbolistas que no nos interesan para esta historia.

En un lance del juego, la cabeza de Borges impacta contra la rodilla de un jugador del equipo rival provocándole un desprendimiento de retina que años más tarde derivaría en una ceguera - ceguera que, recientemente, se ha puesto en duda-.

Uno de los capítulos más curiosos de la rivalidad entre Borges y el fútbol tiene lugar durante el Mundial de 1978, cuando el autor de El Aleph protagonizó una perorata sobre la inmortalidad en la biblioteca de Buenos Aires: el evento coincidía con el debut de Argentina en el Mundial que organizaba ella misma.

Si hablamos del fútbol como una religión, su deidad -por lo menos en Argentina- sería, qué duda cabe, Maradona. Y esto supone un problema, sobre todo porque el encargado de impartir justicia en lo terrenal tiene el ego en la troposfera y no es precisamente la persona más ecuánime del mundo.

Y Maradona tenía que vengarse de lo que hizo Borges. Tenía que intentar rebajar su condición de inmortal y hacer de su muerte un evento nimio comparado con lo que él podía crear.

Así que, precisamente contra los ingleses, precisamente ocho días después de la muerte de Borges, y precisamente a modo de venganza, Maradona inventó un gol imposible que hizo que los días de luto se cubrieran por una capa de éxtasis y euforia -dándole parcialmente la razón a Borges- y consiguiendo, como dice El Potro Rodrigo, regar de gloria ese suelo.

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