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A su alrededor todos fueron hombres, pero ella (mujer y poeta) resistió

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Un homenaje íntimo a Blanca Varela, la gran poeta peruana del siglo XX

Patricia de Souza

24 Enero 2017 10:24

La escena sucede en una estación de tren, en París. Blanca Varela (1926-2009), está a punto de partir al sur y un hombre se arrodilla pidiéndole que no se vaya.

No es Fernando de Szyszlo, el artista plástico que después diseñará para ella ese departamento sobre el acantilado de Barranco, en Lima, bañado del color púrpura de las olas del Pacífico, es otro hombre, delgado, de perfil afilado. Así lo describió Julio Ramón Ribeyro cuando me habló del carácter un poco “cruel” de Blanca, la poeta, la escritora.

No había forma de clasificarla, su poesía es un concierto magistral de voces, elementos, materiales, colores y formas labradas, inscripciones de una poesía contenida, a punto de estallar.

Su trabajo con el idioma: un canto villano, villano porque conoce la batalla vital, el desarraigo, y la exclusión encarnada en un cuerpo de mujer, de ese animal que se resiste a morir, y piensa, nombra, desnuda, divide y une con la misma violencia con que escribe un poema, una imagen.


Durante una caminata por el malecón de Barranco, mientras avanzaba cogida de mi brazo, recuerdo muy bien su voz aguda a manera de reproche: “No sé por qué la gente dice que mi poesía es terminal”.

A veces la llamaba “mis cositas”, evitando el tono serio, con esa mirada negra y centellante que enmarcaba su pelo negro en forma de casco, perfectamente peinado. Una mujer elegante, hija de una cantante de valses, Serafina Quinteros y un padre del que nunca habló.

A lo mejor toda esa parte de su vida encallaba en un puerto, en el lejano mar de Piura. La anécdota del título me la contó también ella.

Cuando le confía a Octavio Paz que va a publicar un libro con el título de Puerto Supe, él responde: ese puerto no existe, ese puerto sí existe, replicó ella. Y fue el título del libro.

Generación de poetas brillantes, Javier Sologuren, Jorge E. Eielson, Sebastián Salazar Bondy, la única mujer fue ella, de voz portentosa, obligada a inventarse otro Yo, uno masculino que no la encerrase en la jaula de ser mujer: Entre mis dedos/ardió el ángel.

A Blanca Varela, si bien los críticos la ubican cerca de la poesía de Luis Cernuda, Artaud o Henri Michaux, incluso del surrealismo, posee una canto único, de una intensidad metafísica.

Es una purificación, una fortaleza espiritual. La soledad no es solo una necesidad es una condena, la soledad del idioma, la locura de la razón, la mentira del género y de la maternidad, todo, todo está en su poesía desollado, contenido en fragmentos de una intensidad y de una plasticidad, de una cadencia y de una carga sensible inmensa.

Son bombas que nos estallan entre las manos.

Los huesos crujen, los cuerpos sudan, tienen hambre, son reales. No sé si le hubiese gustado que digan que era “realista”, a mi modo de ver, sí lo es en esa forma descarnada de atravesar el espejo, la realidad. Y el lenguaje.

En la casa de Barranco, hemos conversado largas horas, adormecidas por el sonido constante de las olas, bajo el cielo metálico de Lima. La he visto descender las escaleras con ese cuerpo de espiga dorada por el sol, el rictus en la boca de reina destronada, de princesa inca de manos gráciles y veloces como flechas.

Esa lucidez con el idioma fue también una lucidez desencarnada con la vida: Soy la isla que avanza sostenida por la muerte/o una ciudad ferozmente cercada por la vida.


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