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Se creyó Cristo, Napoleón y Hitler, pero fue más importante que ellos: Robert Lowell

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Un ensayo estudia la relación entre literatura y enfermedad mental en la obra de Robert Lowell, el primero de los poetas confesionales

Xaime Martínez

15 Marzo 2017 18:02

En cierta ocasión, el matrimonio de los Lowell decidió llevar a su pequeño heredero al psiquiatra familiar. El doctor examinó al niño, solo para después decirles a los preocupados padres que Robert estaba loco, pero que se trataba de un genio.

Y que por ello el resto de la familia debía adaptarse a sus excentricidades.

Según parece, este psiquiatra tenía una relación extramatrimonial con la madre de Robert Lowell, por lo que el futuro poeta años más tarde empezaría a sospechar que las palabras del doctor —al igual que aquellas con que trató de convencerlo de que era un hijo indeseado— estaban motivadas por la envidia o los celos.

Pero fuera cierto o no, el hecho es que estos eventos de la infancia psíquica del autor de For the Union Dead lo marcaron de por vida: durante toda su brillante carrera, la idea de que su talento poético nacía de la enfermedad mental (y hasta cierto punto la compensaba) guiaría sus pasos.

Robert Lowell ingresó en múltiples ocasiones en diversos centros psiquiátricos acosado por el fantasma de su trastorno maníaco-depresivo, y esta condición apareció reflejada muy a menudo en sus duros poemas autobiográficos.

Para acercarse a este fenómeno, la experta en literatura y enfermedad mental Kay Redfield Jamison acaba de publicar un ensayo titulado Robert Lowell, prendiendo fuego al río: un estudio del genio, la manía y el carácter.


Hace unos años, Jamison ya escribió Tocados por el fuego, un interesante libro que aborda la misma cuestión desde un punto de vista más general y en el cual ofrece datos tan impactantes como que aquellas personas que desempeñan actividades artísticas tienen 8 veces más posibilidades de sufrir un desorden bipolar que el resto de la población.

En su nuevo ensayo, la célebre psicóloga clínica —que sufre en su propia piel un trastorno maníaco-depresivo y que fue nombrada "Héroe de la medicina" por la revista Times ha decidido centrarse en Lowell, uno de los escritores que mejor han tratado la bipolaridad en su obra y para quien literatura y enfermedad fueron términos inextricables.

La historia de Robert Lowell parece contener algo fático, como si las cartas hubieran sido marcadas de antemano y el poeta estuviera condenado desde su nacimiento a un dolor inexplicable. O como si él mismo (o Redfield Jamison) hubiera construido este relato terrible y fascinante para sí.

Nacido en 1917, Lowell fue criado en Nueva Inglaterra —lugar que vio surgir las tenebrosas sagas familiares de Nathaniel Hawthorne— en el seno de una de las familias más acaudaladas y de más notable pedigree. Sus padres, de hecho, eran primos lejanos y descendían de los primeros colonos que llegaron con el Mayflower.

Como temprano gesto de rebeldía contra su estirpe, tras dos años de estudios abandonó Harvard, la universidad familiar, para irse al más humilde Kenyon College y acabar por convertirse al catolicismo, lo que sus padres no pudieron sino tomar como una ofensa.

Curiosamente, las ideas de culpa y castigo que habitualmente asociamos a la fe católica tendrían también mucha importancia en la torturada psicología de Robert Lowell, lo que colabora a crear de nuevo la sensación de ironía trágica que ayuda a leer (¿peor?) la vida y obra del poeta.

Seguidor del formalismo de Allen Tate —que provenía de Eliot y al cual se opondrían vivamente los poetas de la Escuela de Nueva York— Robert Lowell alcanzó en 1946 cierto éxito con su segundo poemario, llamado El castillo de Lord Weary, para casarse poco después con su segunda mujer y abandonar EEUU por tierras italianas.


Fue durante esta década de los años 50 cuando sufrió las crisis más difíciles de su enfermedad, que generaba situaciones verdaderamente terribles con su familia y que en muchos casos acababan siendo purgadas a través del poema: si Lowell ya era una persona con tendencia al discurso metafórico en sus buenos momentos, en los malos estas metáforas se hacían reales y el poeta llegaba a creerse Hitler, Napoleón, Dante o Cristo.

Entre 1949 y 1964 estuvo ingresado en centros psiquiátricos 12 veces, pero también escribió el libro que cambiaría la poesía estadounidense para siempre: sus Life Studies.

El poemario, publicado en 1959, fue escrito a partir de la influencia de la obra de William Carlos Williams, gracias a la cual el poeta se animó a abandonar la métrica estricta que definía a sus anteriores libros. Pero partió también, significativamente, de la recomendación de sus psiquiatras, que invitaron a Lowell a poner por escrito sus pensamientos.

De este extraño cóctel de psiquiatría y modernismo estadounidense surgió una de las tendencias poéticas más relevantes del siglo XXI: la poesía confesional.

La poesía confesional que dio inicio con Lowell —y que adoptarían luego poetas tan relevantes como Sylvia Plath o Anne Sexton en los 60, o Adrienne Rich y Sharon Olds posteriomente— se fundamentaba en una exposición descarnada y brutal de hechos supuestamente autobiográficos, en una dramatización del yo y en una inserción de documentos reales de la vida del poeta, como fragmentos de cartas enviadas por su esposa, conversaciones privadas, etc.

A raíz de esto, Lowell fue acusado de ser obsceno, desagradable y poco elegante por narrar al detalle todos los problemas que pasaban por su cabeza, por contar cómo su vida se jodió y cómo se la jodió a los demás.

Pero su propuesta tuvo un éxito arrollador y pronto muchísima gente estaba, con diferentes suertes, tratando de escribir como él.

Quizá por esta relación abiertamente reconocida de la obra de Robert Lowell con su enfermedad y con la psiquiatría, el libro de Kay Redfield Jamison tenga más sentido que otros muchos análisis que tratan de hacer un cuadro clínico a partir de la obra de un escritor o de los discursos de un político.

Sin embargo, es difícil quitarse de encima la sensación de que Lowell está jugando hasta cierto punto con nosotros, y de que, al entender todo lo que escribió en clave autobiográfica estamos cayendo en la trampa ficticia que el poeta nos quiso tender por medio de su poesía.

En cualquier caso, hoy que han pasado 40 años desde de la muerte del gran poeta de Nueva Inglaterra, algo permanece claro: que siempre contaremos la obra de quien por momentos se creyó Cristo, o Napoleón, o Dante o hasta Hitler... Y que logró vivir con ello.


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