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Este libro es lo más parecido a pasar un rato con Bill Murray... sin el riesgo

‘Cómo ser Bill Murray’: el libro de autoayuda que necesitaba nuestra generación

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“Nadie te va a creer”, te dice Bill Murray, mientras mete la mano en tu plato, coge una patata frita y se la lleva a la boca. En Nueva York, Austin o Charleston se han dado avistamientos de este tipo: el actor se acerca a un desconocido para, o bien cogerle patatas o palomitas, o bien arrancarle el cigarro de la boca, darle una calada y devolvérselo. “Nadie te va a creer”.

Bill Murray stealing my friend's fries!

Haya o no cámaras delante, ser Bill Murray se ha convertido para William James Murray (Chicago, 1950) en un trabajo que requiere dedicación exclusiva y carácter multidisciplinar: la jornada laboral puede llevarle tanto al plató de Dos tontos todavía más tontos como a conducir un carrito de golf por las calles de Estocolmo a las tres y media de la madrugada.

Si una de las peores críticas que puede caer sobre un actor es un sólo-sabe-interpretarse-a-sí-mismo, Murray no sólo ha transformado esta máxima en una forma de arte, sino también en su leitmotiv vital.

Haya o no cámaras delante, ser Bill Murray se ha convertido para el actor en un trabajo que requiere dedicación exclusiva

De esta performance non-stop da buena cuenta Cómo ser Bill Murray, un ensayo publicado por Blackie Books en el que el periodista Gavin Edwards glosa todas las extravagancias, anécdotas y aventuras insólitas instigadas por el protagonista de Atrapado en el tiempo.

Mediante entrevistas con colaboradores y amigos del actor, Edwards corrobora que el Murray irreverente, seductor, imprevisible y luminoso no sólo lo podemos encontrar en las películas, sino también en contextos extracinematográficos: Bill puede taparte los ojos por la calle y jugar contigo a que adivines su identidad. “Nadie te va a creer”.

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Incluso sin conocer esta faceta casi situacionista de Bill (un cabrón entrañable que lo mismo está cantando en un karaoke con desconocidos, colándose en una despedida de soltero, o sirviendo chupitos tras una barra), bien es cierto que las dos generaciones de espectadores que han crecido viendo sus películas siempre lo han considerado mucho más que un actor.  

“Bill Murray es como de la familia”, me decía Patricia Naya, del departamento de promoción y distribución de Escac Films, que coincidió con él en Cannes.

“Entró él y de repente todo cambió: estábamos en un antro llamando La Chunga, donde ponían música latina, cuando se sentó en la mesa de al lado. Llevaba náuticos sin calcetines, fumaba, y era súper alto, tío. Tengo la espinita de no haberme levantado a decirle algo, pero no es de esas personas con las que te hagas fotos: su mera presencia ya te llena; es un tío tan guay que no merece la pena perturbar su vida", cuenta Patricia.

Cuando incluimos a Murray en nuestros árboles genealógicos, de algún modo, le dimos esa bula papal que le permite colarse en nuestras fotos de boda, en nuestras fiestas, incluso darnos el mejor beso de nuestra vida – “un beso de cine, muy lento y suave”, declara una diseñadora de gafas sobre la que Murray, según el libro de Edwards, se abalanzó en marzo de 2015; lo que en cualquier otro caso hubiese sido combatido con spray de pimienta, tratándose de Bill fue “como si hubiera recibido una bendición o hubiese sido consagrada”.

Cuando incluimos a Murray en nuestros árboles genealógicos, de algún modo, le dimos bula papa

“Ya no fumo”, le explica a Edwards, por otra parte, Joseph Davernport, al que Bill le arrebató un pitillo en 2005. Llegados a este punto, queda claro que la retórica religiosa quizás sea lo único capaz de explicar el efecto de Bill sobre el resto de personas –y el crédito infinito que éstas le conceden.

“Fíjate que mi encuentro con él no fue nada: simplemente estar en el mismo espacio-tiempo que Bill Murray”, aporta Patricia. “Aun así, lo recuerdo a día de hoy como el encuentro más especial de mi vida. Ha sido lo más especial que me ha ocurrido nunca”.

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Con acierto, Gavin Edwards ha formulado su libro como si de un decálogo se tratara. Lejos de ser un batiburrillo de chismes, la parte principal del ensayo se divide en diez principios que, pese lo aleatorio de su confección, acaban suponiendo una lectura cercana –de nuevo– a lo bíblico: Edwards dedica evangelios a un mesías del que ya éramos creyentes antes de empezar a leer

Bien como escrituras sagradas, bien como panfleto de corte zen (su título original es The Tao of Bill Murray), Cómo ser Bill Murray consigue entroncar perfectamente con la tradición del libro de autoayuda. Al ser preguntado por Edwards sobre las leyendas que le preceden, el actor contestaba así: “Lo que siempre espero es que esa situación me despierte".

“Si veo que alguien no acaba de lanzarse, pienso: ‘Vale, voy a tratar de despertar a esta persona’. Es lo que me gustaría que otros hiciesen por mí: que me despertasen, coño”.

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A falta de un encontronazo real con el actor, Cómo ser Bill Murray puede funcionar como pastilla roja para salir de Matrix. Funciona, seguro, como llamamiento a ser uno mismo como gesto subversivo. Ahoga de la risa. Y te hace mejor persona –que no más buena– de la que eras antes de leerlo.

Aunque, cuando lo cuentes, nadie te va a creer.

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