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Anthony Kiedis: «a los 12 años perdí la virginidad con la novia de mi padre»

El cantante de Red Hot Chili Peppers cuenta sus mayores secretos en 'Scar Tissue'

“You don't know my mind / You don't know my kind / Dark necessities are part of my design”

Dark necessities, Red Hot Chili Peppers.

Al poco de cantar estas líneas en el álbum The Getaway, Anthony Kiedis publica su autobiografía Scar Tissue ( Capitán Swing). En ella, el cantante de Red Hot Chili Peppers da a conocer su mente, su clase y, sobre todo, sus oscuras necesidades. Unas adicciones que ha arrastrado desde que fuera el hijo preadolescente de un traficante de Los Ángeles.

A simple vista, la vida de Anthony Kiedis parece la de cualquier intérprete con suerte de Estados Unidos. A los 21 años, después de haber hecho sus pinitos como presentador del grupo de rock en el que tocaban sus colegas, se unió a Flea, Jack Irons y Hillel Slovak para conformar el germen de lo que llegarían a ser los Red Hot.

A lo largo de la historia del grupo, Kiedis y compañía vivieron lo mismo que decenas de bandas del estilo, incluyendo la muerte por sobredosis de Slovak en 1988. Pero lo que pocos sabían hasta el momento es que, desde muy niño, el vocalista ya había demostrado nacer para ser una estrella de rock, con todos los pros (y sobre todo los contras) que ello conlleva.

Kiedis nació en la ciudad de Grand Rapids (Michigan) como el hijo no deseado de los jóvenes Margaret “Peggy” Idema y John Kiedis, conocido en Hollywood como Blackie Dammet. La pareja no podía ser más tóxica. John se había convertido en un traficante de drogas sin otra meta en la vida que la de follar mucho y trabajar poco, así que Peggy no tardó en hartarse de él. Cuando solo tenía cuatro años, se divorciaron y el padre se marchó a Los Ángeles para vivir como una estrella de cine.

El pequeño Anthony se crió con su madre en Michigan, donde pronto comenzó a apuntar maneras, influenciado por los periodos que pasaba con su padre en California. Los pequeños hurtos que cometía y las peleas en las que se metía una y otra vez advertían a Peggy de que no se estaba criando en el ambiente adecuado. Eso sí, el chaval conseguía suplir todos sus defectos rebeldes sacando notas envidiables en la escuela.

No obstante, al cumplir los doce años insistió una y otra vez en mudarse con su padre a Los Ángeles. Su figura paterna era todo lo que él quería ser de mayor. Le admiraba —más por lo que representaba que por su propia relación afectiva— y sabía que vivir en Hollywood sería como un sueño, por lo que acabó convenciendo a su madre de que le dejara marchar con al que por entonces apodaban Spider.

Y así, con una aventura infantil, comienza la historia del joven que quería tener el mundo bajo sus pies... y que acabó consiguiéndolo. 

(A continuación, hemos seleccionado algunos de los fragmentos más tremendos sobre su infanci a que el propio Kiedis narra en Scar Tissue):

El primer porro

«Llevaba allí solo unos días cuando mi padre me llamó para que fuese a la cocina. Estaba sentado a la mesa con una muchacha muy mona de dieciocho años con la que había estado saliendo esa semana.

“¿Quieres fumarte un porro?”, me preguntó.

Encendió el porro y me lo pasó. “Ten cuidado, no chupes mucho, no se te vayan a salir los pulmones con la tos”. Ruló por la mesa unas cuantas veces y al poco estábamos todos con sonrisas risas y auténtica relajación. Y entonces me di cuenta de que estaba colocado. Me encantó la sensación.

A continuación, mi padre me dio una cámara Instamatic y me dijo: “Creo que mi amiga quiere que le hagas unas fotos”.

–¿Y si te levantas la camisa y te saco una foto?

–Me parece bien, pero creo que para que sea algo más artístico es mejor que enseñe solo un pecho».

El primer polvo

«Mi padre comenzó a verse con una muchacha llamada Kimberly. Tenía dieciocho años, era guapísima, de voz suave y pelo rojo, con unos pechos enormes, perfectamente formados. Poco antes de cumplir yo los doce años, estábamos todos en el Rainbow. Me había tomado un Quaalude y estaba ciego como un piojillo, y reuní el coraje para escribirle una nota a mi padre:

“Sé que es tu novia, pero estoy muy seguro de que ella está dispuesta, así que si no tienes problema, ¿podemos arreglar la cosa para que termine haciéndolo con Kimberly esta noche?”

Negoció el trato en un segundo. Ella entró en el juego, así que volvimos a casa y mi padre dijo: “Bueno, ahí está la cama, ahí está la chavala, haz lo que quieras”».

Y las primeras experiencias padre-hijo

«El vínculo con mi padre se hizo cada vez más fuerte. Formábamos un equipo. Una de las experiencias que nos sirvieron para forjar ese vínculo fue, por supuesto, la de traficar con maría juntos. Me convertí en su coartada para esos viajes. Cogíamos siete maletas Samsonite gigantes y las llenábamos de maría. Aterrizábamos en un aeropuerto principal, recogíamos todas las maletas y seguíamos en coche hasta algún sitio tipo Kenosha, Wisconsin».

«Cuando salía con él, me daba un vasito de cerveza. Luego abría una cápsula de Tuinal. Como el polvo del Tuinal tenía un sabor muy asqueroso, cortaba un plátano y echaba el Tuinal roto dentro. Él se tomaba la parte que contenía más polvo y a mí me daba el trozo más pequeño. Y entonces estábamos listos para salir».

«La noche nunca estaba completa sin cocaína, y se convirtió en todo un deporte ver con cuánta clandestinidad sabías meterte farlopa. Los cocosos expertos eran fáciles de detectar, porque todos tenían la uña del dedo meñique derecho larga, la uña de la coca. Mi padre se sentía muy orgulloso de la elaborada manicura de su uña de la coca. Aunque también me di cuenta de que tenía otra uña evidentemente más corta que las demás.

–¿Qué pasa con esa uña?- le pregunté.

–Es para no hacer daño a las señoritas ahí abajo cuando uso el dedo con ellas.

Tío, ese comentario se me quedó grabado en la cabeza. Tenía un dedo apto para coños».

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