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Angela Davis puede hablar de lo que quiera

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La activista y pensadora estadounidense ofreció el pasado 9 de octubre una multitudinaria conferencia, que estuvo marcada por el momento político que se vive en Catalunya

eudald espluga

11 Octubre 2017 11:43

El desembarco de Angela Davis en Barcelona no podía llegar en mejor momento, porque irrumpir en la esfera pública en estos días de tensión y polarización nos ha permitido comprender con mucha más claridad la viveza y la fuerza de sus ideas.

Con el "procés" a corazón abierto —poco más de una semana después del referéndum y un día antes de la ambigua declaración de independencia—, Angela Davis venía a hablar de revolución. De la revolución hoy. Estaba presentando el libro que acaba de editar Capitán Swing, La libertad es una batalla constante, en el que, para hacernos una idea, afirma cosas como "situar la violencia en primer plano sirve, casi inevitablemente, para velar las cuestiones que están en el centro de las luchas por la justicia".

Pero a pesar de haber llegado como una estrella del rock —entradas agotadas semanas antes, largas colas para entrar, retransmisión en directo de la conferencia en otras salas e instituciones, el público coreando su nombre—, Angela Davis tuvo que pasarse el día luchando contra todo el mundo. Contra los periodistas, contra el presentador que la introdujo e incluso contra las expectativas del público: todos esperábamos que dijera lo que queríamos que dijera, que se comprometiera con las luchas del modo en que nosotros queríamos que se comprometería con nuestras luchas.



La presión había empezado antes de la conferencia —en la rueda de prensa quedó claro que la mayoría de los medios estaban más interesados en dar con un titular contundente sobre la actualidad política española que en descubrir de qué quería hablar Davis—, y siguió una vez empezada la charla, cuando el presentador escenificó de nuevo este intento de redimensionar el mensaje de la activista. Tras una ortodoxa introducción a la biografía de Davis, se propuso conectar su lucha con las reivindicaciones nacionales del pueblo catalán. De hecho lo hizo a partir de una idea para nada equivocada: la centralidad que para Angela Davis tienen los sujetos colectivos, y la importancia de entender las continuidades e "interseccionalidad" entre los diferentes frentes de batalla.


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Pero ni la activista ni el público estaban dispuestos a aceptar este juego. Con razón, ante semejante invitada nadie quería escuchar a un hombre blanco explicándoles cosas, por lo que tuvo que retirarse cuando la gente empezó a corear el nombre de Angela Davis.

Y, por fin, ella habló de lo que quiso hablar.

Habló de la dimensión racial del capitalismo, recordando que este no existiría sin el colonialismo y la esclavitud. Habló de sus tempranas lecturas marxistas y de su madre, del consejo que esta le había dado de pequeña y que le resonaba en la cabeza cuando finalmente fue detenida: nunca hables con el FBI, ni una palabra. Habló de una de las peores consecuencias culturales del neoliberalismo: la individualización de las responsabilidades. Habló de la revolución, de la importancia de cambiar la forma como entendemos el mundo (y de las consecuencias del colonialismo para nuestra visión de las cosas). Habló de la ocupación de Palestina, de la policía militarizada de Israel y de que la cruzada contra el terrorismo que habría legitimado esta misma militarización en todo el mundo. Habló de feminismo, de un feminismo que luche contra los privilegios y no desde los privilegios, de un feminismo que demuestre que la raza, la clase y el género son inseparables en los mundos sociales que habitamos.

Habló de la era "poscolonial" y de la interiorización del racismo, de su invisibilización. Citó a Audre Lorde para recalcar que con las herramientas del amo nunca podremos derribar la casa del amo, y dejó un mensaje muy claro: con la inclusión no basta.



Pero, sobre todo, Angela Davis habló de la lucha. De su lucha, de la lucha de todos.

La conferencia bien podría haber empezado con la canción por la libertad que se cantaba con frecuencia en el sur de Estados Unidos, y con la que Davis inicia una de las conferencias recogidas en La libertad es una batalla constante: "hemos luchado tanto / hemos llorado tanto / hemos sufrido tanto / hemos llevado luto tanto / hemos muerto tanto / que tenemos que ser libres, tenemos que ser libres".

Porque a Angela Davis le gusta la ironía de la última línea del verso, la mezcla de resignación y promesa, de crítica e inspiración. La misma mezcla que se desprendía de su discurso cuando se dirigía a los jóvenes, cuando trataba de explicar cómo lo había hecho ella para resistir tantos años en primera línea de batalla, levantándose cada mañana para continuar peleando y no derrumbarse.

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Su respuesta es simple, directa: creando comunidad. Cuidándose a uno mismo desde lo colectivo, no cediendo a los discursos que tratan de encauzar la lucha por la vía de las responsabilidades individuales, de la atomización del compromiso, del aislamiento del activista. Y, especialmente, rechazando los marcos impuestos, las burbujas en las que quieren encerrar la política, llamando "radical" o "marginal" a todo lo que escape a estos cauces preestablecidos.

Ella lo ejemplificó con su intervención, rechazando los límites y pistas por las que querían hacerla circular. Porque, además, Angela Davis se posicionó en todo, también ante la cuestión catalana que tanto se le reclamaba, encarnando el reverso perfecto de lo que se ha dado en llamar equidistante: alguien muy consciente de que cada palabra, cada elección, es un compromiso, y de que estos compromisos pueden llegar a ser incluso contradictorias o vivir en perpétua tensión.

Es difícil resumirlo mejor: la libertad es una batalla constante.

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