PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Culture

Admitámoslo: todo el cine de Wes Anderson es como un anuncio de hora y media

H

 

¿Hay alguna diferencia entre el spot de Wes Anderson para H&M y el resto de sus películas?

víctor parkas

02 Diciembre 2016 17:05

A principios de esta semana, H&M lanzaba orgullosa Come together, un spot navideño protagonizado por Adrien Brody. Centrando su acción en un tren de larga distancia, el maquinista al que interpreta Brody se ve obligado utilizar su ingenio para que los pasajeros, a bordo durante el día de Navidad, puedan sentirse como en casa.

La pieza está dirigida por Wes Anderson.

Aunque lo vieses cabeza-abajo, sin gafas —o con, si no llevas—, en un móvil de los que todavía tienen teclas, sabrías que Come together está dirigido por Wes Anderson.

Come together, que ha sido celebrado por sensibilidades de los más dispares —prensa generalista y alternativa lo han alabado de forma unánime—, tiene todas las constantes del cine de Anderson: escenarios aparatosos; travellings imposibles; puesta en escena pop.

En otras palabras: Come together es indistinguible de cualquier otro trabajo de Wes Anderson.

Y eso dice nos dice mucho —y a la vez muy poco— de las películas de Wes Anderson.

Aunque lo vieses cabeza-abajo, sin gafas, en un móvil de los que todavía tienen teclas, sabrías que 'Come together' está dirigido por Wes Anderson

Las alarmas se encendieron -más bien, todo lo contrario- a las pocas horas de que el spot se hubiera hecho público: ¿Cómo era posible que ningún fan llamase ‘vendido’ a Anderson? ¿Por qué nadie se levantó en contra de que el adalid del cine cool se hubiera convertido en un mercenario de una marca (tan poco cool) como H&M?

La respuesta corta es: porque ya lo había hecho antes.

Anderson —y su arte— se han puerto al servicio de Prada, de la cerveza Stella Artois, de las tarjetas de crédito American Express, de SoftBank, de la cadena Ikea, del teléfono SonyXperia, de Hyundai, y ahora también de H&M.

Teniendo en cuenta que, por un lado, en algunos casos ha reincidido (Prada, Hyundai) y que, por otra parte, sus largometrajes sólo suman un total de ocho, las conclusiones son dramáticas.

La gente que aprecia el cine de Wes Anderson, a priori, no tiene por qué conocer su nutrida carrera como director publicitario; es decir: no es un detalle que el público tenga tan interiorizado como para obviar las implicaciones de que Anderson preste su mirada a H&M.

Entonces, ¿cómo ha conseguido Anderson evitar el linchamiento anticorporativista que, casi por rigor, recibe cualquiera que haga publi?

De nuevo, basta con una respuesta corta: lleva haciendo anuncios de hora y media desde 1998.

Wes Anderson debutaba en 1996 con Bottle Rocket, una película que sólo los fans más acérrimos del director conocen y, en su mayoría, desprecian. El motivo de que Bottle Rocket se considere una mancha en la carrera de Anderson no tiene que ver con aspectos argumentales o de dirección de actores; en este sentido, la película es tan naif e inocente como el resto.

Lo que los fans más talibanes no le perdonan a Wes Anderson es que Bottle Rocket no tenga escenarios aparatosos, travellings imposibles y puesta en escena pop.

¿Por qué nadie se levantó en contra de que el adalid del cine cool se hubiera convertido en un mercenario de una marca como H&M?

Bottle Rocket demuestra que, cuando se apoyaba sólo en su guión y su pericia dirigiendo actores, el emperador Wes Anderon estaba desnudo; incluso a ojos de su público más leal.

Para su segunda película Academia Rushmore —y aquí es cuando llegamos a 1998—, Anderson estipuló una estética a la que se mantendría fiel en sus cintas posteriores; su vestuario, su dirección de arte y su fotografía se volvieron tan manieristas que provocaron stendhalazos en salas de todo el mundo.

La estética, además, no sólo se redujo a la imagen de sus películas: el cuidado que puso en la elección de canciones para sus bandas sonoras también se convirtió en otra de sus señas de identidad. Es difícil encontrar a un fan de la música pop que no lo sea también de Los Tenenbaums o Life Aquatic.

Pese al nuevo embalaje esteta, el cine de Anderson continuaba tan vacío como los estaba en Bottle Rocket: cualquier escena memorable lo era por la canción que la acompañaba; cualquier movimiento de cámara tenía más de capricho que de intención dramática.

El cine de Anderson se convirtió, de vacuo, en pura publi.

La película que mejor representa este hándicap de entre toda su filmografía quizás sea Viaje a Darjeeling: nadie es capaz de recordar su final —ya no hablemos de su grueso—, pero todo el mundo mantiene en la cabeza de forma imborrable el opening de la cinta, con los protagonistas corriendo a cámara lenta mientras suena el This time tomorrow de los Kinks.

Y es que aunque Anderson haya incluido piezas indies en el soundtrack de sus películas —de Elliot Smith a Seu Jorge—, sus escenas más recordadas son aquellas que, en lo musical, han ido a lo seguro, con la precisión (y el poco riesgo) de una agencia de marketing: The Kinks, Beach Boys, The Who, Bob Dylan, David Bowie, Ramones o John Lennon son algunos de los nombres que el director ha utilizado para simular talento.

Pero, ¿ha sido el lenguaje lo único que Anderson ha heredado de la publicidad? El estilismo de Ben Stiller en Los Tenenbaums nos dice todo lo contrario: el icónico chándal rojo Adidas que él (y sus hijos) visten durante toda la película es el caso de product placement más descarado del cine moderno.

Sus escenas más recordadas son aquellas que han ido a lo seguro, con la precisión (y el poco riesgo) de una agencia de marketing

Las marcas no sólo depositan su confianza en Anderson para dirigir anuncios, sino que, sabiendo que el cine de éste es inocuo, le ceden sus productos para que haga con ellos lo que quiera.

Si Anderson adoptó la frivolidad publicitaria para hacer películas, el medio supo cobrarse el favor no sólo utilizándolo de director florero en sus campañas, sino directamente canibalizando su estética. Así, productoras publicitarias como la española Canada fusilan y han fusilado el imaginario de Wes Anderson en multitud de comerciales.

Wes Anderson no es, desde luego, el primer director que realiza publicidad.

Tampoco será el último.

En lo que sí ha conseguido ser pionero el director de Moonrise Kingdom es en dedicar 20 años de carrera a desdibujar la línea que separa la profesión —o trabajo alimenticio— de la expresión -la manifestación puramente artística que, idealmente, deberían haber sido sus películas.

share