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Culture

‘Train to Busan’: el ‘Titanic’ coreano del cine de zombies

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Train to Busan ha sido la película más taquillera del año en Corea del Sur. ¿Cuál es la receta de su éxito?

víctor parkas

28 Diciembre 2016 16:13

Que el cine de zombis tiene, como género, contenido social es una afirmación que ya no provoca a casi nadie. Desde la fundacional La Noche de las Muertos Vivientes, pasando por su secuela Zombi o el remake de ésta, El Amanecer de los Muertos, el subgénero zombie ha dialogado, desde sus mismos inicios, con asuntos como el racismo, las drogas o el consumismo.

Por infección, otras vertientes del fantástico —con la ciencia ficción a la cabeza— también viraron hacia el cine social, cada vez de forma menos velada. Un ejemplo relativamente reciente de esta influencia lo encontramos en Attack the Block, cinta de 2011 en la que unos pandilleros de los suburbios londinenses tendrán que plantar cara a una invasión extraterrestre. La propuesta, a priori estimulante y que pedía una ejecución gamberra, terminó situándose más cerca del cine de Mike Leigh que del de John Carpenter.

Una dolencia similar ha afectado, cinco años más tarde, a Train to Busan.



A pocos días para que de por finalizado el año, parece que Train to Busan pasará a la historia por ser el film más taquillero de 2016 en Corea del Sur: once millones de surcoreanos —de los poco más de cincuenta que habitan el país— han acudido a los cines para ver esta película de zombis.

Por si esta cifra no fuese lo suficientemente elocuente, la película también ha conseguido convertirse en un fenómeno durante su ruta de festivales: Cannes la acogió en su Sección Oficial, y a su paso por Sitges 2016 Yeon Sang-ho fue laureado con el premio al Mejor Director

¿Pero qué tiene esta cinta para haber levantado una fiebre semejante?


Once millones de surcoreanos –de los poco más de cincuenta que habitan el país- han acudido a los cines para ver esta película de zombies


Su sinopsis es bien simple: durante un viaje de larga distancia (destino Busan, por supuesto), el tren en el que transcurre la acción es asediado por una manada de zombis sedientos de sangre y seso. Nada nuevo bajo el sol. A partir de aquí, para hablar más en profundidad de Train to Busan es necesario desvelar detalles de la trama que pueden afectar a su visionado. Es decir, a partir de aquí, spoilers de Train to Busan.



Train to Busan está protagonizada por Seok-Woo, un empresario joven pero implacable que tiene una relación complicada con su hija, Soo-an, fruto de un matrimonio ahora roto. Seok-Woo, con todo, deberá acompañar a la pequeña en tren hasta Busan, donde la espera su madre.

A nivel dramático, y aunque sea una conexión visceral, los resortes argumentales que presionarán padre e hija, Seok-Woo y Soo-an, tienen algunos paralelismos con los que presionaron en 1999 Leonardo DiCrapio y Kate Winslet, Jack y Rose, en otro éxito de taquilla basado en otro viaje de mierda.

Sí, estamos hablando de Titanic

Para defender las semejanzas entre Train to Busan y Titanic hay que acudir a Slavoj Zizek: en su videoensayo The pervert’s guide to ideology, el filósofo punk sostenía que Titanic, lejos de relatarnos una historia de amor, estaba contándonos un proceso de vampirización.

Sí, según Zizek, Rose está utilizando a Jack para reconstruir su ego herido. El arco de personaje que realiza Seok-Woo empujado por Soo-an es bastante similar: es la bondad altruista de la pequeña lo que hace mutar, para bien, a Seok-Woo, pasando éste de ser un tiburón individualista de las finanzas a un héroe sobrevenido que lucha en comunidad.

Seok-Woo no aprende a escupir, ni tampoco consigue que le retraten desnudo, pero, por lo menos, logra reconciliarse con su hija.



Por otro lado, si arriba señalábamos que Train to Busan adolecía de una voluntad por ser leída en clave de cine social, el primer síntoma de esto lo encontramos en el tratamiento que en el film se le da a los zombies: los medios de comunicación se refieren a ellos, en primera instancia, como “huelguistas”. Tras escuchar esta noticia, dos de las pasajeras más reaccionarias del tren opinan que dichos “huelguistas” deberían estar en un “centro de reeducación”.

Sí: aprovechar una invasión zombie para demonizar las luchas sindicales parece la forma última de ruindad y, por tanto, una sátira de la propia ruindad; una parodia de lo que es, según Yeon Sang-ho, ser malo.


Aprovechar una invasión zombie para demonizar las luchas sindicales parece la forma última de ruindad y, por tanto, una sátira de la propia ruindad


En este sentido, vuelve a parecer tentador mirar hacia el blockbuster de James Cameron para analizar Train to Busan: también en Titanic las clases dominantes –esto es, las cercanas a Rose- eran histriónicamente antipáticas y perversas, en contraste con lo afable de Jack y los suyos.

El personaje que mejor representa este tipo de vileza en Train to Busan es Yong-suk, otro empresario, algo mayor que Seok-Woo –y un reflejo deformado de aquello en lo que éste podría convertirse. Ya sea manipulando a los demás, cuando no directamente arrojándolos a los zombies, Seok-Woo representa la parte oscura de la clase alta, mientras que Seok-Woo sirve, de la misma forma que Rose en Titanic, para humanizarla.



En el otro espectro, entre los pasajeros del tren a Busan encontramos a un vagabundo que, pese a sus balbuceos iniciales (“Están… Todos… Muertos…”), terminará dando la vida por proteger a los demás cuando, hacia el final de la cinta, decide convertirse en un improvisado escudo humano.

Un detalle: el personaje, interpretado por Choi Woo-shink, pese a tener numerosas intervenciones durante el largometraje y un final poco menos que heroico, no obtiene nombre ni siquiera en los créditos finales, donde se refieren a él como, simplemente, “vagabundo”.

La prueba definitiva de que Train to Busan quiere pasar por cine transcendente y concienciado llega, sin embargo, cuando, en una de las escenas previas al clímax, Seok-Woo y los supervivientes que le acompañan –a saber, su hija, el vagabundo. un adolescente, una mujer embarazada- son expulsados del vagón conquistado por Yong-suk y otros pasajeros de clase acomodada.

Train to Busan, de esta forma, intenta reflexionar sobre los mecanismos básicos del fascismo; aquellos que consisten en señalar como fuente principal de un problema —en este caso, de un posible contagio zombi— a todo aquél más desfavorecido que uno mismo.



Si antes nos preguntábamos el por qué de la fiebre desatada por Train to Busan, aquí podríamos tener una respuesta: más allá del sobresalto y la sangre, el hecho de resultar tan maniquea, políticamente correcta y conservadora explica, en parte, la facilidad que ha tenido para convertirse en un fenómeno de masas.

Asegurar que Train to Busan tiene las mismas dolencias que Attack the Block es más un deseo que un diagnóstico: la película de Joe Cornish, aunque fallida como producto de género, funciona bien como radiografía social; la de Yeon Sang-ho se queda en intento.

Y es que el género sólo parece elevarse cuando actúa lo prosaico: si un afroamericano protagonizó La Noche de los Muertos Vivientes en 1968 fue porque, simplemente y en palabras de su director George A. Romero, “Duane era el mejor actor de entre todos los que conocía”.

La autoconciencia, el querer ser, mataron los potenciales de Train to Busan como cine comprometido. Y su insipidez rebaja los potenciales que podrían haberla convertido en un título clave para el cine de zombis.  

Train to Busan descarrila, sí, pero con estilo. Consigue salirse, a la vez, de dos vías distintas.




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