Cultura

'The Deuce': los creadores de 'The Wire' cuentan los inicios del porno en Nueva York

Y mola, claro

No debe ser fácil abstraerse cuando tienes encima a un vikingo. A un tipo vestido de vikingo. Follándote. No deber ser nada fácil y, pese a ello, Maggie Gyllenhaal se abstrae. Le fascinan los focos. La asistente de fotografía sosteniendo el difusor. El sonido de la cámara de 8 milímetros al hacer correr el celuloide. Eileen, el personaje al que da vida Gyllenhaal en The Deuce, está rodando una escena de sexo en grupo, tendida sobre en un andrajoso sofá-cama, peluca valquiria cubriéndole la cabeza, y no: nada de todo eso debe ser fácil. Pero los ojos de Eileen, presenciando en directo el manking-of de su propia orgía, brillan, como si ese 'detrás de las cámaras' fuese la salida de emergencia de un edificio en llamas; el suyo.

Un personaje tan poco ortodoxo para la ficción mainstream como Eileen –prostituta fan de Marilyn Monroe que quiere convertirse en técnica cinematográfica– solo podría haberse alumbrado en HBO, y solo podrían haber asistido el parto George Pelacanos y David Simon. Los creadores de The Wire y Treme vuelven a aliarse para The Deuce, una serie –de la– que –se dice– retrata los inicios de la industria del porno en la Nueva York de los años 70, cuando, en realidad, vuelve a tratarse de un producto mucho más complejo, atento a las periferias y alambicado de lo que cualquier sinopsis o nota de prensa podría expresar. Ha vuelto a ocurrir: Pelacanos y Simon nos prometieron un Boogie Nights de ocho horas y han acabado pergeñando algo que no, no puede sintetizarse en forma de eslogan con pretensiones de titular atrapa-clicks.

¿Y ahora qué hacer, después de la primera gran mentira? No hay otra que seguir con los desmentidos: pese a que la promo de The Deuce se ha centrado en la figura de James Franco –casualidad o no, es el único de los actores que ejerce también de productor ejecutivo–, la serie, como The Wire, como Treme, es eminentemente coral. En los pocos capítulos a los que nos ha dado acceso HBO, tres de los ocho totales, hemos visto desfilar, con protagonismo parejo, a barmans, camareras, timadores, putas, los chulos de éstas, policías reales, policías falsos, capataces de obra y, claro, activos del naciente entramado pornográfico de la ciudad de Nueva York, actividad prohibida y perseguida por aquel entonces.

Ampliando el campo de batalla más allá de la pornografía, Pelacanos y Simon convierten 'The Deuce' en una reflexión sobre cómo normativizamos el abuso en muy distintos contextos

Ampliando el campo de batalla más allá de la pornografía, Pelacanos y Simon convierten The Deuce en una reflexión sobre cómo normativizamos el abuso en muy distintos contextos: en el trabajo sexual, sí, pero también en la oficina de telemarketing; sirviendo copas detrás de una barra; en las discusiones donde uno, y solo uno de los participantes empuña un palo de billar. La violencia, en The Deuce, no solo se ejerce con navajas y pistolas: también la encontramos, por ejemplo, en el cliente que intenta regatear el precio de una felación justo después de correrse. “Hey: acabo de comerte la polla”, le contestará Lori, interpretada por Emily Meade, “¿en serio vas a quedarte aquí discutiendo por diez dólares?”.

El demonio en The Deuce está en los detalles, y esos detalles casi siempre tienen que ver con la intimidad de sus personajes, es decir: con aquello que hacen cuando no están follando, dejándose follar o, muy a su pesar, siendo follados por un tercero. Los hallazgos de la serie están no en oscuras habitaciones de motel, sino más bien en cuartos privados y en los pósters que cuelgan de éstos: no en vano, es una pared, pues las paredes tienen el poder del verbo, la que nos revela, por ejemplo, el fanatismo de Gyllenhaal por Monroe; la que nos explica el por qué de la peluca rizada con la que su personaje sale a hacer la calle. Aunque la tensa ver a su chulo amedrentándola, Darlene (Dominique Fishback) experimenta más turbación al entrar en una biblioteca pública para llevarse el libro que le descubrió un cliente.

A diferencia de otros productos de la factoría Pelacanos/Simon, The Deuce no necesita periodo de adaptación: te entregas a la serie desde el primer capítulo, como se entregan sus personajes a la gestión de miserias propias y ajenas. Y lo mejor es que, entre los jadeos, el sudor y el camuflaje de heridas en los shootings, The Deuce termina seduciendo no por el morbo que prometía, sino por la insurrección con la que la serie se planta ante éste: en ella, pesa más el girarse humillado que el enfrentarse al enemigo con lapidarias; el presenciar la agresión sin atreverse a derribar la puerta abajo; el encenderse un cigarrillo, pero no después de un polvo, sino de un ataque cardíaco.

Y todo, a ritmo de funk.

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