PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Culture

Takashi Miike: cuando las agujas y la lactancia adulta dieron paso al cine para todos los públicos

H

 

¿Han perdido definitivamente los fans del cine extremo a uno de sus ídolos?

víctor parkas

13 Enero 2017 12:38

Cuando una película en la que delincuentes mutantes se enfrentan a cucarachas antropomórficas te parece sobria, es que algo no termina de funcionar: la cinta espacial Terra Formars llega hoy a nuestros cines, tras una acogida más bien tibia en Japón, su país de origen.

Esta adaptación del manga homónimo tenía todas las cartas a su favor, y en la misma mano: el universo de Sasuga y Tachibana, autores de la obra madre, ha sido trasladado a la gran pantalla con precisión de cirujano cardiovascular. Eso, en resumen, significa que Terra Formars está plagada, básicamente, de escenas de acción espatarrantes y violencia de orden cartoon.

Entonces, durante sus escasas dos horas de duración, ¿por qué no dejan de sonar todas las alarmas de la nave? ¿Por qué, como cantaban Los Nikis, “la cápsula cayó fuera de control”?

Échale la culpa a Miike.

Takashi Miike, director de Terra Formars, es uno de los realizadores nipones más conocidos fuera de sus fronteras —quizás, él y Takeshi Kitano sean los dos autores vivos que más tantos se hayan marcado entre el público occidental—. Del mismo modo, si hablamos de Miike, cualquier perfil suyo debe incidir en lo prolífico que es: como mínimo, estrena dos películas al año, cuando no son siete (2001) u ocho (2002). 

Si los directores de cine se dividen entre autores y artesanos, Miike se sitúa en medio, hace horas extras, y desayuna con el mono azul puesto.

Lo que se obvia al hablar de Miike, en un ejercicio de objetividad imbécil, es que para muchos aficionados al cine fantástico, el japonés es como esa expareja con la que rompiste hace diez años (Crows Zero), pero con la que, de forma esporádica, te sigues acostando (Terra Formars).

Y te corres, pero la situación no deja de ser un completo desastre.

El flechazo de muchos espectadores con Miike —y, desde luego, el del aficionado español— incluye brisa marina y revolcones que te dejan la ropa interior llena de arena.

De hecho, la ciudad costera de Sitges, durante la celebración de su Festival de Cine Fantástico, fue un punto clave para entender como el cine de Miike consiguió anidar en Europa, excediendo el circuito de festivales y desembarcando también en salas.

Conocer a Miike en Sitges fue, visceralmente, como enamorarte de la chica con aparatos; la que trabaja de socorrista en la piscina del pueblo donde veranean tus padres: sabes que apenas la conoces; sabes que la estás idealizando; sabes que no volverás a verla hasta el año que viene.

Y te da igual.

Si los directores se dividen entre autores y artesanos, Miike se sitúa en medio, hace horas extras, y desayuna con el mono azul puesto

El paralelismo con olor a cloro no es gratuito.

De entre la inabarcable producción de Miike, el Festival de Sitges, como haría cualquier otro, visualiza, descarta y programa lo que más se ajusta a los parámetros de su muestra. Es decir: aunque entre la cosecha del director descansen películas de sensibilidades muy dispares, la selección de sus trabajos más bizarros y explosivos nos proporcionó una visión sesgada y deformada de su cine.

Una de la que (qué remedio) nos enamoramos como burros.

Esas primeras veces con Miike fueron muy bien; es decir: fueron muy sucias. Desde el torture-porn de Ichi the Killer, pasando por las escenas de necrofilia y lactancia adulta en Visitor Q, hasta el parto inmediatamente postcoital de Gozu, las salvajadas que nos proponía Miike eran, de película en película, cada vez más embrutecedoras.

Miike nos daba cuero (Zebraman) y rayas quilométricas de cocaína (Dead or Alive).

Takashi Miike, siendo asqueroso y manteniendo su autoría, tenía la virtud de ser, además, popular: Llamada Perdida y, sobre todo, Audition, una terrorífica cinta de dominación femenina con agujas, llegaron a colarse en la cartelera española, aprovechando el boom del terror asiático que productos inocuos como The Ring o The Grudge propiciaron a principios de este siglo.

Si al Miike más osado e icónico lo encontramos en Ichi the Killer, una cinta en la que se rebanan lenguas, pezones y se cortan cuerpos (verticalmente) por la mitad, sería la adaptación de otro manga —Crows— la que marcaría un punto de inflexión en su carrera: con Crows Zero, un abotargante blockbuster de acción teen, Miike conseguía el favor de un público al que, desde entonces, ha intentado no perder por el camino.

Sería injusto obviar que sus apuestas personales no han cesado: Miike, desde entonces, nos ha regalado musicales inenarrables (For love’s sake) e historias de yakuzas vampiros (Yakuza Apocalypse), pero ninguno de sus títulos recientes provoca las reacciones airadas que sí levantaban sus películas más emblemáticas —si tomabas un chupito cada vez que un espectador abandonaba, superado, el pase de una de sus cintas, la cosa podía terminar en coma etílico.

Terra Formars, en lo que adaptaciones de manga se refiere, está más cerca de Crows Zero que de Ichi the Killer: rodada con garbo, tiene nervio y, sin provocar, entretiene. Pero es algo que también podríamos decir del live action de Gantz. Si incluso los atisbos pseudogore de la película son mérito de un material original, de partida, bestia, ¿cuál es exactamente la función de Miike?

Es decir: ¿En qué se habría diferenciado el film si lo hubiese dirigido cualquier otro director?

Miike va más lejos cuanto más grotesco se muestra: Dead or Alive, su personal visión de la yakuza entroncada con la fantasía anime, alcanzó las tres entregas; con la poco más que resolutiva Terra Formars, Warner está dudando seriamente si dar luz verde a la secuela que tenían prevista estrenar.

Después de ver Gozu el director de Hostel, Eli Roth, comparó la habilidad de Miike con la de George Lucas: el primero, aun sin naves especiales, era capaz de llevarte a otros universos de forma tan vívida como el segundo.

Sus fans fatales, los de Miike, sólo le piden eso: que vuelva aquí abajo con nosotros.

share