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Culture

'Spider-Man: Homecoming': Spider-Man ya no es el superhéroe que conocían tus padres

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La nueva película de la franquicia representa la ruptura generacional del personaje

víctor parkas

28 Julio 2017 06:00


En la escena que sigue al prólogo de Spider-Man: Homecoming, mediante unas imágenes found footage –el formato de Chronicle, REC, El Proyecto de la Bruja de Blair–, vemos como la cámara subjetiva de Peter Parker nos muestra las bambalinas de su intervención en Capitán América: Civil War, la primera y breve aparición de Spider-Man en el Universo Cinematográfico Marvel. Capta, también, el alborozo del joven héroe tras la batalla, cuando éste se graba a sí mismo, formato youtuber, explicando lo excitante que ha sido luchar codo con codo con ellos.

Con los héroes más poderosos del mundo.

En esos escasos dos minutos, la película revela dos claves esenciales. Por un lado, que Spider-Man: Homecoming está protagonizada por alguien nacido en 2003 que actúa, irremediablemente, como alguien nacido en 2003. Por el otro, que existe una brecha generacional entre los 'héroes' validados como tal y las nuevas generaciones que, como nosotros, los espectadores, solo pueden observarlos con admiración. Esperar que, alguna vez, Tony Stark responda a tus mensajes de WhatsApp.

En ese sentido, podemos decir que Spider-Man: Homecoming es una rebelión juvenil. Y lo es ya no dentro del cine superheroico, sino dentro de la propia franquicia en la que se inscribe. El héroe arácnido ya trepó por la gran pantalla en Spider-Man y en The Amazing Spider-Man, así como en sus respectivas secuelas. En ambas adaptaciones, constantes similares: las dos dedicaban buena parte de sus arranques a contar la iniciática picadura arácnida, las dos tenían actores protagonistas que no pasaban por adolescentes ni con birrete y, tanto la una como la otra, torpedearon sus respectivas sagas con el episodio que las cerraba.

En Spider-Man: Homecoming, en cambio, no hay historia de origen, porque todos la conocemos. La tía May saca dos cabezas a Peter Parker. Es imposible proyectar en ella secuela decepcionante porque, cuando tienes 14 años, el futuro no puede hacer otra cosa que brillar.

Aunque el Blitzkrieg Bop de los Ramones suene un par de veces en Spider-Man: Homecoming, lo hace más como símbolo neoyorquino que como música para incitar a la revolución. La película, lejos de ser una reacción punk y pese a la crema anti-arrugas que le han aplicado al personaje, es puro cánon: el Spider-Man obsesionado con capturar imágenes de sí mismo –para luego venderlas al Daily Bugle– ya lo teníamos en los cómics del personaje publicados en los sesenta, del mismo modo que el genio científico capaz de construir mil y un gadgets lo encontramos no solo en Spider-Man: Homecoming, sino también en la etapa actual del personaje, escrita por Dan Slott.

El cuerpo del Peter Parker al que da vida Tom Holland es, como el nuestro, una turbina funcionando a un ritmo 2.0.

Si Spider-Man: Homecoming sintetiza particularidades del personaje que, en los cómics, han tardado cinco décadas en establecerse, no debemos achacarlo a un error de guión, sino a que el cuerpo del Peter Parker al que da vida Tom Holland es, como el nuestro, una turbina funcionando a un ritmo 2.0. Si Tobey Maguire y Andrew Garfield, los que vistieron el traje antes de Holland, se bastaron con telas de araña para batallar, el nuevo Spider-Man tiene tantos juguetes y apps a su disposición que, en ocasiones, sus escenas de acción pueden resultar confusas. Deben resultar confusas, como resultan confusas las actualizaciones de Snapchat: éste no es el Spider-Man que conocían tus padres, y eso no puede ser otra cosa que una buena noticia.

Sin embargo, no se puede definir el binomio Peter Parker/Spider-Man solo mediante gadgets, telarañas o gusto por el selfie. “Si no eres nada sin ese traje”, le dice Robert Downey Jr. durante la película, “no deberías llevarlo”. Spider-Man son tanto sus batallas como sus escenas cotidianas; del diálogo entre las dos, surge la magia que hace fascinante al personaje. En Spider-Man: Homecoming, esa particular jenga donde las emociones, las responsabilidades, los afectos y el deber se superponen, unas encima de otras, hasta hacerse insoportable, tiene lugar cuando Parker descubre la identidad civil del Buitre, el villano de la función, interpretado por Michael Keaton.

En la escena de presentación de Adrian Toomes, el personaje de Keaton, éste sostiene un dibujo de trazo infantil; sobre el folio, los Vengadores luchan contra una amenaza exterior. “En mi época”, rememora Toomes, “solíamos dibujar indios y vaqueros”. A su lado, un compañero le corrige, diciéndole que la expresión más adecuada para “indios” sería “nativos americanos”. Inmediato eso, Toomes, capataz de un equipo especial que se dispone, previa concesión pública, a limpiar el escenario de una batalla superheroica, es despedido en medio del servicio: Tony Stark ha enviado a su propia empresa de control de daños. Adrian y los suyos ya no son necesarios.

Es difícil no ver en Toomes a esa América nacida entre los 50 y los 60 que, sin trabajo, abandonada por una clase política corrupta, el 8 de noviembre se levantó, se dio una ducha, vistió sus pies con calcetines a juego, y se dirigió a un colegio electoral para votar a Donald Trump. La América irritada por la ola de corrección política. La América a la que, semanas antes de las presidenciales, las editoriales del New York Times tildaban de imbécil. La América que decidió ir a votar solo para joder a Lena Dunham. A Shia LaBeouf. A Miley Cyrus.

Es difícil no ver en el Buitre a esa América nacida entre los 50 y los 60 que, sin trabajo, abandonada por una clase política corrupta, se dirigió a un colegio electoral para votar a Donald Trump

Si el monstruo resultante de todo aquel caldo de cultivo, en nuestra realidad, fue un Trump ocupando el Despacho Oval, su alegoría en Spider-Man: Homecoming la encontramos en el Buitre, el amenazador robot volador en el que acaba convertido Toomes tras su despido. En este tránsito, es fácil ver lo que el periodista Owen Jones llamó 'demonización de la clase obrera', donde los de abajo, las clases populares, son dibujadas por las élites como vagos y peligrosos; como delincuentes. En Spider-Man: Homecoming, Toomes no solo es despreciado por Stark –el personaje público equiparable, en nuestro universo, a Dunham, Jackson o Cyrus–, sino que ese desprecio es el detonante de que decida cambiar el mono de trabajo por una armadura con la que cometer crímenes.

La elección de Michael Keaton para interpretar a Toomes no es fortuita. El actor, aunque ya desplegó alas en la apasionante Birdman, es recordado sobretodo por dar vida al hombre murciélago en Batman y Batman Returns, las películas con las que, en las postrimerías de los años noventa, el genero se quiso dirigir al público adulto, desmarcándose así del Superman campy de los 70 y los 80. En la lucha actoral que Keaton mantiene con Holland, encontramos también una pugna entre las sensibilidades que el superheroico ha venido adoptando desde entonces: la adultez tenebrista que representaron Batman, Spawn o Blade, frente al pop arrollador de Guardianes de la Galaxia, Hombre Hormiga o esta Spider-Man: Homecoming.

Esa tensión, de orden generacional, experimenta una escalada inédita en la nueva Spider-Man: si hasta entonces los niños que acudían al cine a ver Iron Man, Wonder Woman o Capitán América lo hacían con una actitud aspiracional –“de mayor, quiero ser como...”–, ahora tienen un superhéroe torpe, primerizo, menor, con el que sentir empatía sin la necesidad de dejar pasar el tiempo. Porque Spider-Man: Homecoming es, por fin, un blockbuster superheroico para niños; uno que no incurre en la parodia de Superman IV o Batman & Robin. Su condición de divertimento infantil en clave de género, algo que podría convertirse en un arma de doble filo a empuñar por sus detractores, la equipara con productos como Los Goonies, Dentro del Laberinto o La Historia Interminable. Misma calidad. Misma precisión.

Tenía 12 años cuando vi a Spider-Man besar a Mary Jane, boca-abajo, lluvia torrencial en marcha; para mí, Peter Parker siempre tendrá el rostro y la voz de Tobey Maguire. Lo que quiero decir –sin levantar la frente– es que Tom Holland no es mi Spider-Man. Sí es, sin embargo, el Spider-Man que me hubiera gustado ver entonces; el que querría sentir como mío. Spider-Man: Homecoming tiene esa clase de poder: te hace desear tener varicela, dientes de leche, dedicatorias en la agenda; te hace desearlo de una forma que nunca antes habías sentido. Porque el nuevo Spider-Man te hace querer surcar el skyline de Manhattan, sí; pero con el Rocket to Russia sonando en Spotify.

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