Cultura

“No me toques el pelo”: la rebelión tranquila de Solange

Solange acaba de firmar el mejor disco de su carrera. Y lo ha hecho gracias a encontrarse definitivamente a sí misma.

Si hay una canción que resuma perfectamente la ambición, el tono y el tempo del nuevo trabajo de Solange, ésa es Don’t Touch My Hair. El single, además sintetizar A seat at the table en su conjunto, convierte en hit aquello que Phoebe Robinson denunció en su libro You can’t touch my hair: nuestra objetivización salvaje de todo lo referente a la cultura negra, con especial hincapié en la fascinación malsana que nos causa su pelo.

Para la comunidad afroamericana, el pelo siempre ha sido una cuestión política; en ocasiones, incluso de sumisión. En los primeros minutos de la película Malcom X (Spike Lee, 1992), antes de tomar concienciea sobre su pertenencia a una minoría oprimida, el icono de la América negra se alisaba el cabello en una peluquería, algo que muchos otros afroamericanos hacían horas antes de salir de fiesta. ¿El motivo? Eliminar rizos y adaptar su estética capilar a la de los blancos.

El pelo de Solange, por el contrario, y tras trece años de búsqueda, ha encontrado su propia definición. Y, no: ahora no hay nadie capaz de domarlo.

 ¿Trece años? Su primera referencia aparecía allá por 2003 con Solo Star, pura mercadotecnia donde una Solange Knowles de tan solo 16 años maridaba el R&B facilón con el hip hop desbravado. Tras su debut, Solange se casa, tiene un hijo, se divorcia, aparece en películas que nadie recuerda, escribe alguna canción para Beyoncé y, por fin, en 2008 aparece su segundo disco: Sol-Angel and the Hadley St. Dream. Influenciado por el revival soul y el sello Motown, Solange firma aquí un trabajo de sonidos clásicos, factura impecable, pero -algo imperdonable cuando hablamos de soul- sin alma. Daba la sensación que Solange estaba todavía en una fase de probatura, experimentada de la peor forma posible: cara al público.

La carrera de Solange -por lo menos, la Solange que conocemos hoy en día- arrancaba realmente en 2012, el año en que publicó, bajo un sello independiente, el EP True. Apadrinado y producido por Dev Hynes, alma de Blood Orange, True se enmarcaba en esa corriente de la música negra que, sin perder las raíces, no se cortaba al flirtear con la electrónica y el pop de nueva ola propio de los ochenta. Solange encontraba así su propio rumbo, y apuntaba maneras que, en su siguiente trabajo, terminaría de perfilar.

Y llega A seat at the table. La canción que abre el álbum no podría ser más diáfana: Rise, un canto a resurgir, por muy difícil que sean las circunstancias. El disco apunta, de esta manera, algo que Solange, recién entrada en la treintena, no practicó en sus primeros dos trabajos de larga duración: la confesionalidad. Una vez planteado el tono, basta con no moderarlo: Cranes in the sky convierte el nihilismo en bálsamo contra la rutina; en Mad se resiste a ser devaluada por su condición de mujer negra; en los interludios abiertamente políticos que oxigenan los temas, da voz a amigos y familiares, haciendo que su disco más personal sea, a la vez, el más coral de su carrera.

Pese a la delicadeza y el fuego lento con el que parece haberse cocinado su último disco, la respuesta de un público que Solange antes tenía de espaldas ha sido abrumadora: el álbum ha alcanzando el primer puesto en Billboard. Un hecho como éste no hace sino confirmar que el mainstream ya no responde a antiguas variables: la venta directa de discos o el empaque de radiofórmula han dejado de tener más valor que las escuchas vía Internet. Productos como este A seat at the table afianzan su posición en el mercado gracias, precisamente, a un mainstream tan desdibujado que es capaz de acoger propuestas cada vez más arriesgadas.

El R&B del disco, esta vez pausado, como si cada canción la originase el tamborileo de los dedos sobre una mesa, entronca directamente, obviando el rap, con el estilo de Kendrick Lamar o Frank Ocean. Honrosas excepciones a parte -la vibrante F.U.B.U. y sus vientos al más puro estilo Nueva Orleans-, A seat at the table trota con la cadencia de sus contemporáneos: despacito, para llegar más lejos. Solange se adscribe, de la misma forma, a esa corriente de nueva canción protesta que huye de estridencias, enebrando temas tan comprometidos, en el fondo, como preciosistas, en la forma.

Si Dev Hynes, de alguna forma, encarriló la carrera de Solange haciendo las veces de productor en True, la cantante también tomó nota de como el frontman de Blood Orange es capaz de maridar su copromiso político con una estética hipercuidada. La frivolidad y el vacío de significado que se achacaba a la cultura hipster, gracias a activos como Hynes o Solange, está dando paso a propuestas que, sin descuidar su envoltorio cool, son claramente reivindicativas. Solange entiende, de este modo, que si no puede vestir chaquetas diseñadas por Nadine Goepfert, no es su revolución.

La rebelión de Solange encuentra su mejor expresión con la ya mencionada F.U.B.U. (For us by us/De nosotros para nosotros), donde la cantante -además de hacer un guiño a una marca homónima que han vestido varias generaciones de raperos-  deja claro que quiere devolver a los suyos lo que los suyos le han dado. Puede decirlo más alto, pero difícilmente más claro: "This shit is for us". Esta mierda es para ellos. Baila, pero no lo olvides.

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