Cultura

Scorsese y Hollywood vuelven a poner de moda el cristianismo

Los últimos movimientos audiovisuales confirman una cosa: la religión nos preocupa más de lo que aparentamos

I. La nueva era de la religión en Hollywood

A lo largo del Siglo XX, han sido muchos los directores que han tratado a la religión como tema clave de sus películas. John Ford, símbolo irrefutable del cine de la época, fue un adalid cristiano que planteó debates sobre la fe en muchos de sus largometrajes.

Conceptos bíblicos como “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15, 13) aparecen en la mayoría de sus filmes, desde El hombre tranquilo (1952) hasta El hombre que mató a Liberty Balance (1962). También se adaptaron decenas de historias católicas, como Rey de Reyes (1927) o Los diez mandamientos (1956), ambas dirigidas por Cecil B. DeMille.

Sin embargo, a medida que ha evolucionado la sociedad estadounidense, los conceptos clasistas de la fe han sido sustituidos por otros más humanos y sociales. Se ha primado al espectáculo y a la identificación del espectador con los protagonistas por encima de las cuestiones místicas. Incluso, en las recientes adaptaciones de Noé (2014), Exodus: Dioses y reyes (2014) o Ben-Hur (2016) se observa una conversión de los viejos mitos a cintas de acción cuyo único objetivo es entretener, dejando de lado los dilemas morales que se planteaban en sus orígenes.

La industria del cine se había olvidado del cristianismo bajo el que se fundó, pero en el último año han sido muchos los productos audiovisuales que lo han traído de vuelta. Lo hemos visto en Hasta el último hombre (Mel Gibson), Resucitado (Kevin Reynolds), Poveda (Pablo Moreno) y en la celebrada serie de HBO The Young Pope.

El cristianismo ha vuelto a la pantalla desde el debate íntimo y sus vulnerabilidades. Lo ha hecho adaptándose a cuestiones que surgen con mayor facilidad en la actualidad que hace décadas. Y, por supuesto, también desde la dura crítica como la que aparece en La fiesta de las salchichas.

Vuelve justo después de que la Iglesia recibiera un increíble varapalo con Spotlight. Que, si bien no es una película anticristiana, evidencia los resquicios del catolicismo actual. Pero lo ha hecho, sobre todo, con un filme único en el género: Silencio.

II. El aspirante a cura que acabó ganando un Oscar

No es de extrañar que la probablemente mejor película sobre religión en lo que va de década esté firmada Martin Scorsese. El director fue criado en Little Italy, un suburbio de Nueva York en el que se respiraba el catolicismo en todas sus esquinas. Mientras crecía entre curas y gángsters, apenas tenía oportunidad de salir a las afueras del islote.

“La iglesia y el cine eran los dos únicos sitios a los que mis padres me dejaban ir”, reconoció en 2005, tras recibir un premio por su trayectoria en el Festival de Marrakech. 

Tampoco se preocupaba por ir mucho más allá de las citas bíblicas y los westerns. El padre Francis Principe, de quien fuera monaguillo cuando era un chaval, le enseñó el mejor cine de la época a la vez que le ofreció una oportunidad de salir de aquel lugar lleno de caminos de perdición que no conducían a ninguna parte. Pronto se convenció: sería sacerdote.

Martin Scorsese se redime de su futuro alternativo como sacerdote con su "película maldita".

Scorsese asistió a un seminario católico nada más terminar el instituto. Y aunque al final se decantara por su irrefrenable pasión por el séptimo arte, se llevó consigo los deseos de transmitir la fe cristiana (a su manera) a través de sus películas.

A lo largo de su carrera, el director ha reflejado en sus largometrajes una infancia repleta de mafias, drogas y religión. Sobre todo en sus orígenes, con filmes como ¿Quién llama a mi puerta? (1968) y Malas Calles (1973) buscó imprimir lo que para él significaba la importancia del debate religioso en un entorno tan complejo como en el que había crecido.

Su mayor acercamiento a la fe cristiana vino algo después.

Con La última tentación de Cristo (1988) explicó que Jesús era tan humano como cualquiera de nosotros, lo que fue un gran éxito para los más desleales al catolicismo pero un total despropósito para la Iglesia. Miles de cabezas conservadoras se alzaron con odio hacia el director, a quien tacharon de poco menos que blasfemo. Y, aunque el tiempo le ha dado la razón a Scorsese, no ha servido para que se sintiera conforme con su trabajo. Todavía le quedaba algo más que decir.

Todavía le quedaba dirigir Silencio, su película maldita.

III. Un viaje por las mayores incógnitas de la fe cristiana

Ahora que ya ha llegado a los cines, se puede decir bien alto que esta es la película más íntima de Martin Scorsese. El argumento se centra en los jesuitas Sebastião Rodrigues y Francisco Garrpe (interpretados Andrew Garfield y Adam Driver) que viajan a Japón en busca de su mentor, el padre Ferreira (Liam Neeson), que se marchó hacía años y nunca había vuelto.

El Inquisidor japonés se ha encargado de acabar con cientos de miles de misioneros que difundían la religión cristiana por el país, por lo que lo más probable es que hubiera muerto junto a ellos. Pero surgen rumores de que Ferreira traicionó a la Iglesia, convirtiéndose en un japonés más que ha dejado de ser cristiano. Para acallar las malas lenguas y rescatar al que fuera su maestro, ambos parten en busca del sacerdote.

El viaje que hacen los portugueses es, también, una evolución constante del protagonista. Scorsese muestra, con metáforas que no cesan en los 161 minutos del filme, su visión sobre la fe. Como el título de la adaptación demuestra, Dios es el silencio, la ausencia de clamor que transmite una paz inquietante. Dios es, por lo tanto, los pensamientos internos y la evolución espiritual surgida del debate con uno mismo.

En 'Silencio' se plantean decenas de incógnitas que solo el público puede resolver.

En Silencio surgen dos vertientes del cristianismo que se contraponen. Por un lado está la de los padres Rodrigues y Ferreira. Ambos acaban siendo personas inofensivas, mártires que ponen la otra mejilla y saben que la fe no depende de pisar o no un símbolo cristiano.

Y por otro está el perfil de Garrpe: un hombre claro en sus ideales que ensalza la figura de Dios por encima de todas las cosas. Su palabra es la palabra de la mayoría de misioneros de antaño. Enseñaban a los campesinos a morir por Dios, con la promesa de que después llegaría un paraíso que nunca terminaban de comprender.

Aunque esta última vertiente ha sido tradicionalmente satanizada en virtud de la primera, la cinta de Scorsese lo trata de forma mucho más compleja.

¿Es lícito ceder o esconder tus creencias para favorecer a un imperio asesino, si así no mueren inocentes por tu culpa? ¿Es mejor morir y dejar morir a los tuyos para mantener tu fe intacta?

¿Se puede colonizar una cultura sin derramar sangre? ¿Se puede llegar a entender una religión metafórica (el cristianismo) en una cultura basada en el poder de la naturaleza?

Todas estas incógnitas se debaten en Silencio. No existe más conclusión que la que el público quiera darle, y agrada por igual al Papa –que tuvo ocasión de verla antes que nadie en una sesión privada con Scorsese– que a un ateo que jamás se ha planteado que existe vida después de la muerte.

IV. La película más íntima de Scorsese

En la escena más característica de Silencio, el padre Rodrigues ve reflejada la cara de Jesucristo cuando se mira en el agua de un río. Durante toda la película, el personaje interpretado por Garfield lleva un camino similar al del mesías. Se observa como un salvador; un hombre capaz de llevar la verdad a todo el pueblo nipón.

Pero, a medida que avanza la película, le hacen entender que no es ningún profeta. Después de un camino terrible, el silencio acaba pudiendo con sus ideas impuestas en el seminario. Y aunque en ningún momento abandona su fe, acaba teniendo que aceptar que el cristianismo no se puede imponer como la verdad absoluta.

En definitiva, Scorsese deja una larga y compleja reflexión sobre la fe. Nada está hilado si se observa superficialmente, pero todo cobra sentido en cuanto se indaga en profundidad.

Silencio no es una película para todos los públicos. No es (ni busca serlo) la mejor película de Martin Scorsese. Silencio no es la respuesta a ninguna cuestión, sino, más bien, un contenedor de preguntas al aire que solo pueden ser contestadas por uno mismo.

Pero también es la película que mejor ha retratado la fe en los últimos años. La única capaz de entrar en el interior del espectador y reflejar los debates históricos con los que lleva lidiando el cristianismo desde su concepción.

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