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Culture

El 'chico de oro' del ballet que se tatuaba, se drogaba y tenía cara de niño

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Sergei Polunin tenía el mundo de la danza a sus pies, pero él solo pensaba en autodestruirse

Juan Carlos Saloz

12 Mayo 2017 18:18

A simple vista, se me ocurren cinco tipos de personas que llevarían el Joker de Heath Ledger tatuado en el brazo:

-Geeks fans de Batman

-Cinéfilos fans de Christopher Nolan

-Anarquistas que “solo quieren ver el mundo arder”

-Emos cuya vida solo puede tener sentido si la consideran una broma

-Melancólicos que ven en el actor fallecido un referente

En cualquier caso, no me imaginaría a un tipo enfundado en unas mallas rosas y que baila al ritmo de El lago de los cisnes o El cascanueces. Pero así es Sergei Polunin, el tipo del tatuaje del Joker que ha hecho que el ballet sea cool. Aunque, de hecho,  su personalidad entra de lleno en varias de las categorías anteriores.

A sus 27 años, Pulonin es el protagonista de Dancer un documental biográfico dirigido por Steven Castor (James Blunt: Return to Kosovo). La clase de retrospectiva vital que muchos artistas no llegan a tener a los 80. Pero la vida de Polunin ha sido, hasta el momento, como su estilo de baile: duro, elegante y efímero. Tan efímero que, mucho antes de llegar a la treintena, ya se considera un bailarín retirado de las altas esferas.

Vía Valerie Lawson's Dancelines

"ADELGAZAR PARA QUE DISFRUTEN MIRÁNDOME"

???Polunin??? tenía nueve años cuando, después de conseguir el segundo puesto en la Competición Nacional de Ballet de Ucrania, dijo lo siguiente:

“Quiero tener una figura más bonita. Adelgazar para que disfruten mirándome. Ser el mejor para que todos me recuerden”.

Probablemente, si a ese chaval le hubiesen dicho que lo consiguió pero que lo dejó poco más tarde al no querer vivir así, no se lo hubiera creído. El joven ucraniano, nacido en una familia pobre y convertido en la esperanza de la gente de su alrededor, parecía tener claro desde la infancia que estaba destinado al éxito.

Pero los padres de Polunin no le preguntaron si realmente quería ser el mejor. No le advirtieron de los peligros de serlo, ni le dijeron que debería bailar diez horas diarias durante una década para conseguirlo. Todo se lo encontró desde pequeño. Desde que fue el mejor en su clase de gimnasia y un profesor decidió que debía hacerse bailarín de ballet.

Vía Pinterest

Polunin fue cediendo ante una familia que necesitaba salir de la ruina. No importaba el esfuerzo que requiriera. No importaba si su padre tenía que irse a Portugal y su madre a Kiev mientras el niño estudiaba en la Escuela Real de Ballet de Londres. Era necesario invertir el cien por cien en Polunin. Así es como se crean las estrellas.

Su familia no estaba equivocada. Tenían un diamante en bruto entre manos y estaban ayudando a pulirlo. Sin embargo, mientras la carrera profesional de Sergei Polunin iba encaminándose, su vida privada se desmoronaba sin remedio.

Polunin se convirtió en un adolescente sin padres y con la competitividad grabada a fuego en su cerebro. Sus tatuajes iban convirtiéndose en pequeños actos de rebeldía contra un pasado que nunca iba a recuperar. Y, tras la separación de sus padres, estos se transformaron en enemigos que no merecían ir a verle en las actuaciones.

No obstante, el bailarín acababa de batir uno de los récords más impresionantes de la industria de la danza: a sus 19 años, fue escogido como el bailarín principal más joven de toda la historia de la Royal Ballet de Londres.

La crítica comenzó a alabarle como la mayor promesa que había dado el ballet en los últimos años. Empezaron a considerarle una estrella. Incluso, preadolescentes que nunca se habían interesado por la danza clásica hacían cola en eventos para hacerse fotos con él. Había convertido una disciplina de la alta cultura en una tendencia para jóvenes.

Vía Vice


"ESPERABA LESIONARME PARA NO PODER SEGUIR BAILANDO"

Reino Unido había caído rendido a sus pies, pero Polunin se tatuaba, se drogaba y tenía cara de niño. Necesitaba doparse con Nurofen para aguantar las actuaciones, y ni siquiera le importaba que esto pudiera afectarle a largo plazo:

"Me da energía. Lo tomo siempre. Oí que lo hicieron para el ejército estadounidense. Ni siquiera recordaré la actuación, es un chute tremendo".

Aunque era el mejor, Polunin no se ajustaba al arquetipo de bailarín de la Royal Ballet. Quería bailar, pero necesitaba vivir. De modo que dejó la escuela apenas dos años después de convertirse en su bailarín principal.

Lejos de rendirse a sus 22 años, siguió intentando estar en lo más alto, pero esta vez comenzando desde abajo. Polunin se presentó a un concurso televisado de danza en Rusia y, como era de esperar, ganó con una amplia diferencia sobre sus rivales.

Una nueva oportunidad en un país distinto, ¿era esto lo que necesitaba Polunin? Al parecer, tampoco le fue suficiente. Por primera vez, lo que se cuestionaba no era la fama o el esfuerzo que hacía para lo que recibía a cambio, sino el mero hecho de bailar:

“No escogí el ballet. Lo escogió mi madre. Esperaba lesionarme para no poder seguir bailando”.

Para conseguirlo, el bailarín se autolesionaba cada cierto tiempo, llegando a sufrir heridas graves en supuestos intentos de suicidio. Pero sabía que no podía seguir así, así que decidió que era hora de retirarse. Esta vez, sin embargo, tenía que hacerlo tal y como había entrado: por la puerta grande.

Pulonin se unió al fotógrafo David LaChapelle y a su amigo inseparable y coreógrafo Jade Hale-Christofi. Y, juntos, subieron el vídeo de despedida más impresionante que se ha visto nunca en el mundo de la danza: Take Me to Church.

Los 20 millones de reproducciones por los que ronda el vídeo muestran que Sergei Polunin, al contrario de lo que siempre ha pensado, no está solo. Son muchos los que se han inspirado en él. Miles de bailarines y bailarinas en todo el mundo que han querido seguir sus pasos. Personas que nunca han querido tener nada que ver con el ballet han encontrado en él un espectáculo que nunca hubieran imaginado. Y, ante las grandes reacciones del público, ha decidido volver a bailar. Pero esta vez solo cuando él quiera, como él quiera, y con su familia delante:

"Mentiría si dijera que no me encanta bailar. Es lo que más me llena. Disfruto cuando salto y estoy en el aire. Salto y... ese es quien soy".

Ahora, no es el tatuaje del Joker el que le representa, sino el que está en su pecho. Tres cicatrices que reflejan las tres garras que han dejado huella en su vida:

La de su madre, que quiso poner en las manos de un crío el porvenir de su familia.

La de su padre, al que no le importó no ver a su hijo durante seis años mientras pudiera seguir triunfando.

Y la de la danza, ese arte agridulce que comporta tantos éxitos como desgracias.

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