Cultura

Les separan 60 años, les une el empoderamiento femenino en la música negra brasileña

Elza Soares y Liniker, brasileñas de gira por Europa, expresan a través de su enérgica música la voz de las minorías más maltratadas

Pedro Margherito

Aunque los primeros recuerdos musicales de Liniker Barros son de samba y samba-rock, fueron el 'soul', el 'groove' y vozarrones como el de la también brasileña Elza Soares los que le empujaron a una carrera musical que ahora florece.

A Liniker (le acompaña su banda os Caramelows) y Elza les separan unos 60 años de edad. Pero ya han tocado juntas en varios conciertos y están metidas en sendas giras por Europa. Ambas son muestras del gancho de la música negra brasileña en el mundo, desde dos generaciones tan lejanas en el tiempo como vibrantes y abrazadas.

De la potencia rasgada de sus voces no sólo salen bellas canciones de amor y rabia, sino también expresiones culturales de un triple empoderamiento (negro, feminista y LGTBi) que lucha contra los mil y un prejuicios de la bipolar sociedad brasileña. Ambas negras y mujeres, y Liniker mujer travesti en pleno autoconocimiento, el arte les ha servido para empoderarse y empoderar a colectivos (cada vez menos) silenciados y amenazados en su país.

El primer día que Liniker encontró a Elza, rompió a llorar por la mezcla de nervios y emoción de estar a punto de tocar con un mito. “Me dijo que me tranquilizara, que ese concierto era nuestro, y me dio paz. Vale la pena poder vivir para ver a Elza Soares cantar, con todo lo que ella resiste, mujer del fin del mundo, mujer potente, mujer negra que resiste, una de las grandes de la música brasileña”, relata Liniker detrás de unas gafas de sol polarizadas que esconden la resaca de su concierto a medianoche el día anterior. Era su primera actuación en Europa, y resulta obvio que la experiencia le ha marcado.

Hemos hablado con ambas coincidiendo con su participación en el reciente Primavera Sound. Elza, a sus 80 años de edad, también reconoce en Liniker a una artista “de raza, atrevida, puro desafío”.

Carne negra

En el año 2002, Elza soares cantaba que “la carne más barata del mercado es la carne negra”. Responde Liniker que quiere que “eso ya no sea así”, que “esa carne se vuelva cara, que paguen buen caché aunque siga discriminada”. Pero “el racismo continúa vivo”, expresa Elza Soares, y la violencia social en las áreas urbanas más deprimidas, así como los empleos más precarios y la criminalización siguen siendo realidades cercanas al pueblo negro brasileño.

Un joven negro muere cada 23 minutos en Brasil y tanto hombres como mujeres negras, mayormente en periferias y áreas rurales, corren un peligro mucho mayor que cualquier blanco de ser asesinado.

Thiago Sabino

Cuando canta con grito de denuncia, Soares sabe de lo que habla. Se crió en un barrio pobre de Río de Janeiro y se quedó embarazada a los 13 años. Perdió a un hijo cuando sólo tenía 15 años, poco después a otro (el hambre azotaba en las barriadas pobres) y a su marido a los 21.

A lo largo de su vida le persiguió la tragedia, la muerte se llevó a dos hijos más y también al futbolista Garrincha, su pareja cuando falleció de cirrosis en el 83. En el inicio de su relación con el jugador, sufrió todo tipo de ataques porque la culpaban de la separación con la anterior esposa de la estrella, muestra del machismo imperante en la época. Hace pocos días, los restos del cuerpo del jugador desaparecieron del cementerio de Río de Janeiro donde se encontraban. El suceso conmovió a Elza, que no quiere hablar sobre el tema.

Pero desde pequeña, Soares siempre tuvo sonrisas e ilusión por cantar. “Cuando ayudaba a mi madre a lavar ropa todo el día, ¡qué agonía!, sabía que esa vida no era para mí”, cuenta con una alegría sorprendente para una mujer de entre 79 y 86 años (su edad es un enigma) que ha sufrido tanto.

En el escenario, sentada en un trono de reina (va en silla de ruedas por un problema en la columna), su voz sigue siendo un chorro que escupe verdades.

Actualmente está de gira por Europa presentando su aclamado último disco, ‘A mulher do fim do mundo’. Después de Nueva York a finales de mayo y Barcelona y Lisboa en lo que va de junio, le esperan seis conciertos más hasta final de mes por Europa y un regreso a Nueva York en el mes de agosto.

Convertida en mito viviente de la mejor música brasileña, con su último disco entre los diez mejores del pasado año del New York Times y una larga lista de premios a sus espaldas, Soares no olvida su pasado. “Hambre y fama se parecen mucho”, ironiza. En portugués, hambre se dice “fome”.

En una de las primeras entrevistas que concedió en una radio, respondió que procedía del “planeta hambre” cuando el periodista le preguntó con cierta sorna de qué planeta procedía.

"Latas de agua" en la cabeza

No olvida la mujer del fin del mundo los años de infancia en los que le tocaba llevar mucha “lata de agua en la cabeza”, concepto que dio pie a una de sus más célebres canciones y que en los años 50 ya había servido como título a otro tema de samba que homenajeaba a la mujer trabajadora.

En ocasiones ha reconocido que es en parte del quejido ronco que soltaba al cargar esas latas de donde nació parte de sus ganas de cantar. Esos barreños transportados en la cabeza, tan habituales aún en las favelas, son toda una evocación a la descendencia africana que allí predomina.

En su vida de “amor y dolor”, Soares tiene también espacio en su memoria para los recuerdos amables, los que le dan fuerza para encender una sonrisa tras otra. Como cuando vivía en Italia, en los años 70, y sustituyó a Elia Fitzgerald en un concierto cantando sus canciones porque la estadounidense se puso enferma.

Thiago Sabino

Se estira así la historia del contacto entre generaciones de cantantes negras en contacto con sus mitos de infancia, pues Fitzgerald fue, junto a Chet Baker, de las primeras referencias del ‘jazz’ para Soares. Aunque su carrera está claramente marcada por el jazz y el soul norteamericanos, la samba y la música brasileña siempre aparecieron en sus discos. De hecho, hay quienes han catalogado su último trabajo como ‘samba-punk’.

En pleno auge de la bossa-nova, el combinado burgués de samba y jazz que ayudó a dar a conocer la música brasileña en el mundo, Soares se inventó en 1960 la bossa-negra con la canción “Se acaso você chegasse”. Con su primer tema logró una mezcla de los mismos géneros con un resultado totalmente diferente, mucho más negro y con más swing.

Aunque Caetano Veloso, Gilberto Gil o Chico Buarque se hayan convertido en los principales embajadores del tropicalismo en el mundo, Elza siempre se ha encontrado flotando entre ellos, la samba, la bossa-nova y Nueva Orleans, pero libre e inclasificable.

Me gusta no tener registro. No soy sambista ni tropicalista pero lo soy todo. Paseo por todos los ritmos sin rótulo, cantando lo que me da la gana”.Con esa libertad lleva ya 55 años firmando discos y discazos, más de 30 entre unos y otros. ‘A mulher do fim do mundo’, el último, es uno de los más brillantes, fruto del contacto de Elza con la escena más joven y vanguardista de Sao Paulo.

 

En él destacan la oda al sexo, desde sus 80 tacos, ‘Pra fuder’, o el himno feminista ‘Maria da Vila Matilde’, donde amenaza a un maltratador con llamar a la policía y lanzarle agua hirviendo. “Te vas a arrepentir de levantarme la mano”, grita.

Una transición orgánica

Si Elza Soares se esfuerza por mantener vivo su pasado humilde en su condición de mito, a Liniker aún le cuesta creer que está en medio de una gira por Europa, “en uno de los mayores festivales europeos”, cuando la encontramos en su hotel de Barcelona. Hace un año se veía tocando ella sola con su guitarra, a veces sin público, en un bar de Sao Paulo para tirar adelante.

Pero su suerte cambió con el éxito en las redes del EP ‘Cru’, tres joyas de soul con alma MPB (Música Popular Brasileña) que al grupo le costó 200 reales (unos 70 euros) grabar.

De un día para el otro, en Brasil todo aquel que tuviera un cierto nervio por descubrir bandas nuevas estaba como loco buscando fechas en su ciudad de este grupo emergente.

Tras un doble concierto en el Primavera Sound de Barcelona, prosiguen su sueño por Europa “recogiendo el legado de los tropicalistas de los 70, que llevaron la música brasileña a otro nivel y permite a gente como nosotros estar aquí hoy”.

Gabriel Quintão

Algunas de las canciones de Liniker nacieron de cartas de amor que nunca se atrevió a mandar a los chicos que le gustaban, en parte debido a “un amor reprimido, con miedo”.

Acabó traduciendo las misivas en melodías y ese proceso de "escurrir", dice ella, sus sentimientos a través de la música ha ido siendo la clave de un proceso de autoconocimiento aún en carne viva.

En las primeras entrevistas, Liniker a veces se refería a sí mismo como hombre gay, mientras que hoy se reconoce “mujer trans travesti”. “Estoy viviendo una transición en mi cuerpo y me voy entendiendo internamente, dando espacio para que algo nuevo suceda de manera orgánica. Siempre descubro algo nuevo a lo largo del día”. Ese transcurrir se expresa también en su voz, capaz de oscilar de una manera única entre lo suave y lo ronco, lo agresivo y lo cálido, lo tradicionalmente reconocido como masculino y femenino.

“En Araquara (su ciudad natal), no tenía mucha información. Yo sabía que había movimientos internos dentro de mí, de indentidad, pero antes de llegar a la universidad no me conocía”, relata Liniker.

Todavía hoy, cuenta, en la calle es "agredida verbalmente a pesar de la fama" por gritos LGTBfóbicos y tiene que mostrarse "firme" en el transporte público ante miradas hostiles y amenazantes. 

En un escenario cultural dominado por blancos heterosexuales a pesar de la raíz negra e indígena de la música popular brasileña o los desafíos tropicalistas, Liniker reivindica un trabajo “de fuerza y de resistencia” en grupos como el suyo que, desde la independencia más absoluta, alcanzan una visibilidad ahora ya internacional.

“Además de hacer música, empoderamos personas y nos empoderamos. Cantamos nuestra verdad todo el tiempo. Es importante estar en este lugar para que inspire a otras puedan llegar adónde quieran, ser lo que quieran ser. Y estar aquí con 21 años es algo muy especial”.

Tan especial como coger el testigo de la voz del descaro y la lucha de una leyenda como Elza Soares. No sabemos si para 60 años pero, de momento, el relevo parece garantizado.

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