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Culture

'Moonlight’ es a las películas del ghetto lo que 'Pulp Fiction' al cine negro

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A primera vista, podría parecer que 'Moonlight’ juega en la misma liga que 'Precious'. Pero no...

víctor parkas

10 Febrero 2017 13:07

Para cuando escuchamos sonar un móvil por vez primera en Moonlight, la película ha superado ya los sesenta minutos de metraje. Ese tono —predefinido, familiar, frío— supone otra de las muchas bofetadas que el espectador tiene que encajar a lo largo de la cinta. Pero no es una bofetada cualquiera: es correctiva; informativa. Lo consultas, pero no: no es tu móvil el que vibra, es el del protagonista; porque la historia, en su tercer tercio, acaba de trasladarse al presente. Al tuyo, al mío, y al de Chiron: un personaje con el que llevas más de una hora, acompañándolo mientras le escupían y pateaban. Mientras le robaban y le destrozaban la cara en el patio del colegio.

Y ahora, para cuando oyes vibrar al smartphone, Chiron tiene músculos, dentadura de oro y varias armas de fuego.

Moonlight es una de esas rara avis que, sin saber muy bien por qué, acaban convirtiéndose en favoritas en la carrera hacia los Oscars —después de La La Land, fue, junto a la notable Arrival, la película que obtuvo más nominaciones este año. Pese a que cuenta con todos los ingredientes que hacen babear al académico medio —madre adicta al crack, padre ausente, bullying escolar—, Moonlight consigue sembrar su historia de múltiples hallazgos, revelándose como uno de los títulos más particulares del año.

Dividida en tres segmentos —infancia, adolescencia, vida adulta—, Moonlight nos presenta a Chiron, un niño negro que (por riguroso orden de aparición en pantalla) sufre acoso escolar, tiene como figura paterna a un dealer, y convive con una madre drogadicta. Los atisbos de homosexualidad que se sugieren durante la infancia, se confirmarán en la adolescencia del personaje, cuando Chiron se enamore de su mejor amigo. Dicho así, de corrido, puede parecer que Moonlight juegue en la misma liga que Precious —otro túrmix dramático con protagonista afroamericano; otra apisonadora de nominaciones y premios Oscar.

Pero ni de lejos: Moonlight, más que de Precious, tiene el espíritu de Pulp Fiction.

Como Moonlight, Pulp Fiction se divide en tres segmentos bien diferenciados. Quentin Tarantino, de la misma forma que hace aquí el director Barry Jenkins, facturó una película tan personal y alejada de los cánones del cine mainstream que, aunque parecía poco probable, terminó convertida, al igual que Moonlight, en una de las favoritas en la Academia.

Si bien estos detalles pueden emparentarlas de forma superficial, hay algo mucho más intrínseco en ambas para permitirnos defender su hermandad. En Pulp Fiction, Quentin Tarantino se situaba en el extrarradio del cine negro, mostrándonos todo aquello que el noir obviaba contarnos —las charlas intrascendentes entre matones; sus ‘accidentes laborales’ y cómo los gestionaban—. Moonlight hace exactamente lo mismo, pero con un subgénero de ese mismo cine noir: los hood films.

Los hood films, esa etiqueta que sirve tanto para hablar de Training Day como para hacerlo de Cuatro Hermanos u Ocho Millas, es subvertida por Jenkins en Moonlight hasta sus últimas consecuencias. El director no solo arroja luz hacia aquellos territorios inexplorados por el género, sino que lo hace de una forma tan intimista e invasiva que cada caricia y cada hostia las sientes como propias.

Como una versión postmoderna de Get Rich or Die Tryin’, la biografía de 50 Cent, Moonlight recoge todos los lugares comunes de la ghettoxplotation. Toma cada calada y cada golpe contra el suelo para integrarlos en una historia mucho más compleja, en la que, aun y nadando entre mierda, entre pipas de crack y bullying, Chiron tendrá que lidiar también con el descubrimiento de su propio cuerpo; de su propia sexualidad.

Por si los silencios y el reposo de la película no fuesen suficientemente subversivos en un subgénero, el de los hood films, tan acostumbrado a la estridencia, Moonlight realmente dinamita esta etiqueta desde dentro, y lo hace al incluir una subtrama amorosa no normativa en la película. La homosexualidad de Chiron, un negro enorme con Goodie Mob a toda hostia en el coche, hace volar por los aires cualquier estereotipo asociado al gangsta rap.

Pero la grandeza de Moonlight está en su capacidad para exceder las expectativas del espectador minuto a minuto. La película consigue escapar a su propio impacto pop — ‘film con gangsta gay’— para reflexionar sobre los mecanismos de la represión sexual; sus causas; sus consecuencias. Moonlight, como historia de (des)amor, es tan potente como La La Land.

La construcción del Chiron adulto, los dos tercios de Moonlight que funcionan a modo de ‘cómo’, son el sota-caballo-rey del hood film iniciático; la biografía ansiada por cualquier rapero que quiera lucir el galón de ‘Parental Advisory’ en la portada de su disco debut. Ahí está la madre pidiéndole dinero al hijo para comprar crack. Ahí están las esposas, y ahí el coche que te lleva a comisaría, después de reventarle la espalda de un sillazo al cabrón que te hace la vida imposible en el instituto.

¿Son estos antecedentes suficientes para convertir a alguien en un gángster? ¿Surge así esa construcción mitológica ensalzada por las letras de hip hop más agresivas?

Moonlight solo sabe responder a esas incógnitas con matices: sí, esas situaciones pueden convertir a alguien en un delincuente callejero. Pero uno que se despierta entre sudores cuando sueña con los gritos que le profería su madre; uno que, irradiando fragilidad, se desmonta en mil piezas al recibir una llamada inesperada en un momento inesperado.

Uno, como Gucci Mane, rotundamente abstemio.

En Moonlight, una cinta apoyada en la puesta en escena y en la cámara intrusa, el director Barry Jenkins rueda las peleas como los polvos y los polvos como peleas. La desazón que te asalta tras el último puñetazo —o la última polución— es de las que vacían estómagos y destrozan uñas.

La película de Jenkins, aunque haya sido prejuzgada como cine-para-cumplir-cuota —y evitar así, junto a Fences y Talentos Ocultos, otro #OscarsSoWhite—, se adentra por caminos demasiado intrincados como para leerla en clave activista. Por el contrario, su tono mantiene una continuidad desapasionada que la vacía por completo de compromiso alguno.

Moonlight, de este modo, da respuesta al “¿Has bailado con el diablo a la luz de la luna?” de Jack Nicholson en Batman.

Y la respuesta es: “No veo razón alguna”.

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