Cultura

Miqui Puig: “En este país no dejan a los artistas envejecer haciendo música”

Ahora vivimos la vida de otra manera. Ya no hacemos el ridículo en un baño, simplemente nos emborracharnos los domingos por la mañana, con nuestros amigos”

“Perdona: ¿En qué grupo cantabas tú?”.

El encargado del parking en el que tiene aparcado su coche Miqui lanza la pregunta como quien pide la hora, una dirección, o tabaco en 1997.

“En Los Sencillos”, contesta Puig, mientras paga —sin coger, gajes del artista independiente, ticket ni recibo alguno. Mientras subimos a su coche, me dirá: “Qué: ya te he dado la anécdota para empezar tu artículo, ¿no?”. Supongo que sí. Supongo que el pie ya lo tengo.

Miqui Puig (1968, L’Ametlla, Barcelona) fue líder de Los Sencillos, y se encargan de recordárselo tanto los empleados de parkings públicos como los tracklists de los karaokes. Banda imprescindible para entender el pop español de los 90, con himnos como Bonito es, Los Sencillos estuvieron activos de 1988 a 2002 —dos años más tarde, Miqui publicaría su primer álbum en solitario, Casualidades.

Casualidades es un disco de corazones rotos y muchos excesos”, apunta Puig. A éste, además de colaboraciones televisivas incesantes, con Factor X a la cabeza, le siguieron Miope e Impar. “ Impar fue un fracaso”, reconoce, de su álbum más incomprendido. “ Cuando lo que has hecho no interesa, es porque algo pasa. Ahí tienes que autoanalizarte y ver qué está ocurriendo”.

Si trazásemos una línea recta de Casualidades a Impar; de 2004 a 2008; del pop eufórico de Totalmente a favoral pseudonorthern inconsolable de El Sirviente, tendríamos ese tipo de progresión solo reconocible en fiestas de sábado noche. Con el último track de Impar, las luces se encienden, convirtiendo ése en el momento idóneo para volver a casa.

Escuela de Capataces, en esa línea temporal, sería el vermut del día siguiente.

“Ahora vivimos la vida de otra manera”, reacciona, a este símil, Miqui Puig. “Ya no hacemos el ridículo en un baño, mangoneándole las drogas a saber quién. Preferimos simplemente emborracharnos los domingos por la mañana, con nuestros amigos”, determina. “Puede que tengas razón: quizás éste sea el domingo de nuestras vidas”.

Escuela de Capataces supone el primer disco de estudio de Miqui Puig desde Impar —esos nueve años de parón sólo fueron interrumpidos por su disco de versiones, Homenaje a Barcelona. Escuela de Capataces, un álbum sereno, autoconsciente sin ser autorreferencial, nos presenta a un Miqui Puig muy diferente al de Te quiero ahora, te quiero luego. ¿Qué ha pasado, de un tiempo a esta parte? “Ha pasado que me he hecho mayor; que necesito las gafas para todo; que mañana me hacen una gastroscopia”, responde Miqui. “Que se ha muerto mi padre”.

Escuela de Capataces es una oda no a llorar por los que ya no están, sino a dedicarles un brindis. A pedir sifón cuando te traen el vermut, y la carta, y así picamos algo. “Ahora estoy en otro estado del que estaba nueve años atrás, y poder plasmar eso en un disco es chulo. Eso aquí no ha pasado nunca: en este país no dejan a los artistas envejecer haciendo música”, opina Puig. “Me apetecía envejecer sin volverme cantautor y sin cambiar mi estilo”.

Ahora, más que cualquier otra cosa, me excitan los sofás de cuero curtido, vestir Barbour, las fotos eróticas de los 70, y las motocicletas

“Me decía a mí mismo que en las entrevistas tendría que decir mil veces lo de ‘maduro’, que es una palabra que he odiado toda la vida. No es madurez: son 48 años. Con 48, no te vuelves maduro, pero sí menos estridente”, reflexiona Puig. “Ahora, más que cualquier otra cosa, me excitan los sofás de cuero curtido, vestir Barbour, las fotos eróticas de los 70, y las motocicletas”.

Por detrás de mí pasan dos hombres, mayores que Puig, que bien podrían ser, alternativamente, personajes de Los Soprano o de Cuéntame. “¿Ves? Este es el look Escuela de Capataces”.

Escuela de Capataces también, sobre todo, es coger la bici con los amigos el domingo, como excusa para acabar comiendo en el asador de confianza —no en vano, el grupo que acompaña a Miqui se llama Agrupació Cicloturista Puig. “Ése es el espíritu de esta banda. Tenía muy claro que, si volvía, era para pasármelo de puta madre, para tocar rocanrol, y para pararnos a comer, por ejemplo, en aquel sitio de Ávila que cocinan tan bien el chuletón”, confiesa el cantante. “Agrupació Cicloturista Puig es una excusa para la joie de vivre”.

Ya desde su portada, con un exhausto ciclista en primer término, y la banda, tras la barrera, en segundo, Escuela de Capataces es toda una declaración de intenciones. “A veces son tan importantes los que pedalean como los que están detrás, haciendo de supporters”, dice Miqui. “Un equipo no gana grandes títulos si no tiene una afición detrás”.

Por eso mismo, Miqui, en Los Módena, solo te pide que alguna vez, si es preciso, lo recojas del suelo; que tus enemigos, sean los nuestros. Los Módena somos Kiko, Miqui y yo”, dice, refiriéndose a los novelistas Kiko Amat y Miqui Otero. “Solo puedes entrar en ese club si reconocemos tus códigos y si nos gustan tus calcetines”, bromea.

Escuela de Capataces suena a muchas cosas, y no puede ser de otro modo: en el universo de Miqui conviven Redskins, Edwyin Collins, Jazzateers, Orange Juice o The Specials. “En este disco quiero ser mis ídolos: quiero ser Talking Heads; quiero ser Golpes Bajos; quiero ser los Radio Futura de la primera época. Quiero ser todo. Y acabo siendo yo. Ésa es la gracia”.

“Donde tú me dices que El chico que gritaba acid te suena a Talking Heads”, continúa, “hoy otro periodista me ha dicho que le recordaba a Décima Víctima y, a mí, me suena a otra cosa completamente distinta”, dice, de una confluencia de estilos que, sorprendentemente, no suena a pastiche. “El pastiche se evita tachando mucho y reescribiendo mucho”.

Miqui Puig, como Elvis Costello en All this useless beauty, ha parido un disco “como el que me gustaría haber hecho cuando empecé, pero con el bagaje que tengo ahora”. Y así suenan Ella me salvó, La hora del brindis o Vos trobava a faltar: como canciones mil veces practicadas frente al espejo de un dormitorio que, treinta años más tarde, terminan convertidas en hits arrolladores.

“Si se sale”, termina Miqui, “hay que salir levantando rueda”. Marca Mercier, por favor.

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar