Cultura

La mujer mendigo que hizo de sus autorretratos de fotomatón el centro de su arte

Se llamaba Lee Godie, vivió en los años 60 en las calles de Chicago y fue una de las artistas outsiders más famosas de la epóca

En los años sesenta, todo aquel que paseara por delante del Instituto de Arte de Chicago podía observar a una mujer pequeña, rubia, sentada con una carpeta bajo el brazo en las escaleras de la institución. “¿Le gusta el impresionismo?”, preguntaba a quien quisiera escucharla. “Compre uno de mis cuadros, son mejores que los de Cézanne”, gritaba a los cuatro vientos.

Lee Godie fue una mujer que vivió dos vidas. Por un lado, se encontraba la vagabunda que luchaba por sobrevivir en las calles de Chicago, la que se duchaba en hoteles, dormía en los bancos del parque y guardaba sus pocas pertenencias en taquillas desperdigadas por la ciudad. Por el otro, la glamourosa mujer artista que pintaba mejor que cualquier impresionista y cuyos retratos en los fotomatones la convertían cada vez en una mujer diferente.

No se sabe a ciencia cierta qué ocurrió para que Lee Godie abandonara una vida confortable y se lanzara a vivir casi 30 años en los bancos de la fría Chicago. Unos creen que fue un desengaño amoroso, otros opinan que fue la muerte de una de sus hijas de difteria lo que llevó a la mendicidad a Lee. Lo que sí es cierto es que fue el dolor, en cualquiera de sus formas, lo que empujó a Godie a tomar la decisión de dejar atrás una casa y empezar a vivir como indigente.

Tampoco se conoce cómo decidió hacerse artista. Los habladurías cuentan que su carrera como artista comenzó en 1968, cuando vio una exposición de impresionismo en el Instituto de Arte de Chicago que la rompió por dentro. Tenía 60 años. Fue entonces cuando, al salir de la muestra, Godie se plantó en las escalinatas del museo y declaró públicamente que pintaba mejor que Cézanne. Frase que le acompañaría a lo largo de esos años y que sería su reclamo de venta más efectivo.

Godie pintaba retratos de mujeres de la alta sociedad, vestidas con trajes elegantes y con maquillaje oscuro en el rostro. Retratos que luego vendía a quien ella consideraba digno de poseerlos.

Su táctica comercial era sencilla. Godie paseaba por las calles adyacentes al museo con su gran estuche negro. Cuando veía alguien que le gustaba, abría la cartera. Es entonces cuando el viandante decidía si merecería la pena tener un original de Lee Godie, la artista outsider, por el módico precio de 20 dólares.

Pero Godie no solo era conocida por sus cuadros. Sus fotografías son, quizás, la parte más llamativa de su obra.

Cada cierto tiempo, Godie visitaba el fotomatón de la estación de bus de Greyhound donde, por unos pocos centavos, esta mujer conseguía transformarse en muchas mujeres diferentes. Insertaba las monedas en la ranura, cerraba la cortina, se sentaba en la banqueta y posaba.

A veces, era la más glamourosa de las it girls, vestida con un abrigo de pelo blanco y color en las mejillas.

Otras, posaba desafiante ante la cámara con unos mitones de lentejuelas y un sombrero de ala ancha.

O semidesnuda, con dos coletas y un lazo de terciopelo alrededor del cuello, como si fuera una prostituta de la calle.

Lee se servía de diferentes accesorios para construir sus personajes. Billetes de dólar arrugados, viejos estuches de acuarela, ramos de flores, cálices, cuadros y garabatos e incluso una de sus fotografías. Todo valía para convertirse en quien quería ser.

Y si el atrezzo no funcionaba, Lee utilizaba bolígrafos, pintalabios o té instantáneo para mejorar y corregir sus fotografías. Solía dibujarse los ojos diferentes, las cejas más finas y casi siempre un poco de colorete en las mejillas. Otras veces, se bronceaba la piel a base de untar la fotografía en té diluido.

Con el tiempo, Lee Godie se convirtió en una figura icónica de las calles de Chicago y hoy en día hay incluso un sitio web donde los ciudadanos de la ciudad comparten los recuerdos que tienen de la artista.

Pero conforme la obra de Godie se hizo más y más conocida, también la empezaron a rodear los buitres más oscuros de la escena artística de la ciudad. Galeristas y coleccionistas que se acercaban a las escalinatas del museo para hablar con ella y sentirse parte de la vida de aquella artista outsider, que olía mal y a veces era hostil pero era lo que estaba de moda en aquella época.

Lee Godie aceptó exponer en uno de los locales de esa gente. En concreto, en la galería del marchante de arte Carl Hammer, quien fijó unos precios de venta absurdos. 6.500 dólares por un cuadro que Godie vendía por 20. Por supuesto, la muestra fue un absoluto desastre y la artista volvió al escenario donde más cómoda se sentía. A su estudio en cualquier banco o fotomatón de las sucias calles de Chicago.

Con el tiempo, la salud de Godie fue a peor. La demencia comenzaba a afectarle más de lo que quería hasta que en 1991 fue internada en un asilo.

Allí pasó 3 años, alejada de su querido fotomatón de la estación de Greyhound, hasta su muerte en 1994 a los 85 años.

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