Cultura

Isao Takahata, el "maestro en la sombra" que demostró que Ghibli es más que Miyazaki

Todo el mundo conoce a Miyazaki. Su socio, sin embargo, es un gran desconocido. Pero es igual o más importante

Es 1963 y en un cabaret japonés decenas de mujeres semidesnudas pasean atendiendo a clientes pertenecientes a la Yakuza.

Detrás de ellos, un hombre de 28 años sujeta una cámara. Apenas se mueve, pero mantiene una sonrisa perenne y una mirada despistada. Su nombre es Isao Takahata, y ejerce como ayudante de dirección en la película nipona Ankokugai saidai no ketto.

A la mayoría no les sonará ni este filme ni el nombre del autor. Pero Takahata es el director de Heidi y Marco. Sí, el mismo que estaba grabando una cinta sobre mafia y sexo es el culpable de que te sepas el “No te vayas mamá” de memoria.

También es el “maestro en la sombra” de Studio Ghibli.

Mientras cualquiera conoce a Hayao Miyazaki, prácticamente nadie se acuerda de Takahata.

El libro Hayao Miyazaki e Isao Takahata: vida y obra de los cerebros de Studio Ghibli ( Dolmen Editorial) presenta las biografías ocultas de los dos genios de la animación japonesa.

Desde 1985, iconos como Totoro o la Princesa Mononoke se han transformado en los Mickey y Goofy orientales. Su trascendencia es similar a la de Disney, y sus producciones son consideradas como películas de culto a nivel internacional.

La historia de Ghibli es la de dos amigos que pasan por momentos idílicos y tiranteces, pero que siempre salen adelante. Sin embargo, mientras cualquiera conoce a Hayao Miyazaki, prácticamente nadie se acuerda de Takahata.

El director tiene en su haber cinco de los mayores éxitos de Ghibli, además de ser el productor de otros tantos largometrajes. Fue el cofundador del estudio y, de no ser por él, Miyazaki se hubiera dedicado únicamente al manga, ya que fue quien le convenció de pasar su talento a la animación.

Su poco protagonismo se debe, en gran parte, a su personalidad. Mientras Miyazaki siempre se ha mostrado como un hombre excéntrico y socialmente activo, Takahata se ha vendido como “un holgazán” que prefiere quedarse en la sombra.

Takahata siempre se ha desecho en elogios hacia Miyazaki, a quien siempre ha destacado como un talento superior al suyo. Quitando importancia, así, a sus propias obras de arte, que poco o nada tienen que envidiar a las del director de El Castillo Ambulante.

Takahata se ha vendido como “un holgazán” que prefiere quedarse en la sombra.

El desprestigio de Takahata en favor a Miyazaki es anterior a la creación de Ghibli. Ambos autores ya colaboraban en 1982, cuando Takahata filmó Goshu el violoncelista.

La película, que hablaba de un pequeño músico que no encontraba la inspiración, fue distribuida en Estados Unidos con la frase “Hayao Miyazaki presenta 'Goshu el violoncelista'”.

Sorpresa: Miyazaki no participó en el filme.

Cuando pusieron en marcha Studio Ghibli, el director ya sabía a lo que se atenía. Pero, en vez de seguir jugando al despiste, definieron una bicefalia que se ha mantenido durante décadas.

Mientras Miyazaki era el cineasta fantasioso dedicado al público infantil, Takahata hablaba con otro lenguaje. Suya era la melancolía, el proceso de madurez y la tragicomedia realista de nuestro día a día.

Ya se había convertido en un experto en este tipo de historias gracias a los éxitos de Heidi y Marco –en los que Miyazaki también trabajó–. Pero ahora tenía la oportunidad de hacer lo que siempre había deseado sin necesidad de responder a las vicisitudes de un estudio ajeno.

'La tumba de las luciérnagas' es una cruda historia sobre la guerra que bebe directamente de su infancia  .

Así, creó la que puede considerarse su obra más íntima y celebrada: La tumba de las luciérnagas (1988).

La película, un drama sobre dos hermanos que intentan sobrevivir a las duras condiciones de la Segunda Guerra Mundial, bebe directamente de su infancia. Con tan solo 10 años, la antigua ciudad Uiyamada –donde vivía el artista– fue bombardeada. Familiares y vecinos de Takahata murieron al instante. A él, el conflicto le dejó una profunda cicatriz.

Quien haya visto esta película sabe que es imposible verla dos veces. Aunque Takahata defiende que se trata de un michiyuki (un tipo de historia en la que se enseña que los infantes deben encontrar su camino sin la ayuda de adultos), sin duda es una feroz crítica a la guerra que difícilmente podemos encontrar en las metáforas de Miyazaki.

Esta obsesión por el realismo es lo que más ha alejado al director de Miyazaki. Aunque El cuento de la princesa Kaguya (2013), la última película que dirigió antes de su retirada, recoge una antigua leyenda sobre una princesa que viene de la Luna, los elementos fantásticos se quedan en simples anécdotas en detrimento de una lícita reflexión sobre lo que nos hace humanos.

De igual forma ocurre en Pompoko (1994). Que los protagonistas sean mapaches solo es un recurso como para justificar una crítica social contra la desforestación de los bosques japoneses.

Pese a que incorpora el folklore japonés, su obra no podría estar más occidentalizada.

En estos dos últimos ejemplos vemos cómo Isao Takahata explota a la perfección el folklore japonés. Aun así, su obra está muy occidentalizada. Mientras estudiaba literatura francesa en la Universidad de Tokio, se fijó en obras europeas como El rey y el pájaro (1952) de Paul Grimault y decidió que este era el tipo de historias que quería contar.

De este modo, no es de extrañar que contaran con él para explicar la historia de una niña suiza y de un niño italiano. Y tampoco sorprende Recuerdos del ayer (1991), un filme melancólico que toma como referencia a autores como Jacques Prévert.

Sin duda, Studio Ghibli tiene mucho que agradecer a Hayao Miyazaki. Fue él quien consiguió que niños de todo el mundo tuvieran peluches de Totoro y llevó el nombre de la compañía a todo el mundo.

Pero Ghibli es mucho más que metáforas encubiertas para poder ser contadas a personas de todas las edades. También es costumbrismo y drama sobre la crudeza del ser humano. También es Isao Takahata.

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