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Culture

Humor, islamofobia y chistes de Twitter: el papel de la risa en el duelo tras los atentados

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La portada de Charlie Hebdo o los memes de un joven yihadista demuestran la rapidez con la que nos permitimos convertir la tragedia en humor; pero, ¿sirven esos chistes para sobrellevar el dolor o, por el contrario, no hacen sino que alentarlo?

víctor parkas

25 Agosto 2017 15:10

“Tengo que coger un vuelo a Los Ángeles esta misma tarde, pero estoy un poco preocupado porque me han dicho que hace escala en el Empire State”. El chiste lo pronunciaba Gilbert Gottfried durante un roast en el Friar's Club de Nueva York, tan solo tres semanas después de los atentados contra las Torres Gemelas. “¡Demasiado pronto!”, le gritó uno de los asistentes, afeándole la conducta al humorista: había sido el primero en hacer, en público, un chiste sobre el 11-S, y había sido lo suficientemente osado como para contarlo, como escribe Jordi Costa en Una Risa Nueva, “sin respetar el periodo de cuarentena”.

Década y media después del chiste de Gottfried, la aceleración se ha impuesto: justo cuando se cumplía una semana de los atentados de Barcelona, la revista satírica Charlie Hebdo llegaba a los kioskos con una portada dedicada a la matanza. En ésta, un niño y una mujer, sobre sendos charcos de sangre, yacían en el suelo; al fondo, una furgoneta blanca se da a la fuga.

“Islam”, reza su portada, “¡religión de paz eterna!”.

Esta vez, a diferencia de lo que le ocurrió a Gottfried, y pese haberse producido la chanza de una forma todavía más temprana, nadie ha destinado esfuerzos en afear la precocidad de los dibujantes: la islamofobia que, como de costumbre, rezumaba su portada era un asunto mucho más preocupante que la rapidez con la que ésta había sido impresa. Donde el chiste de Gottfried funcionaba y tenía entidad por sí mismo, el de Charlie Hebdo era, en cambio, una advertencia de las ideas reaccionarias que podías encontrar al girar la portada que lo acunaba: en el editorial de ese mismo número, se nos asegura que “un trabajo de propaganda ha logrado distraer a nuestros espíritus y disociar estos atentados de toda cuestión religiosa. Hoy, nadie se interroga sobre el papel del Islam en la ideología de Daesh”.

Charlie Hebdo, en ese mismo ejemplar, incluye a su vez un artículo que, bajo el revelador título ¡No a la turismofobia!, afirma sin reparos que “incluso antes del atentado de Barcelona, los cretinos de Daesh no eran los únicos en pensar que había demasiados turistas en las Ramblas”. Si la analogía no era nueva –intentar relacionar los atentados con las protestas anti-turistificación previas a éstos– sí que lo era el marco en el que se establecía: bajo la apariencia del humor ácrata y libertino, se estaba dando oxígeno a unas ideas que nos distaban de las defendidas estos últimos días por fascio-voceros como Hermann Tertsch, Arcadi Espada o Alfonso Rojo.

Charlie Hebdo quizás no fuesen los primeros en hacer, sin ambajes, un chiste con los muertos de las Ramblas como sujeto pasivo; Twitter ha volatilizado esa posibilidad. Sin embargo, sí ha sido el primer medio relevante en convertir la sangre en tinta: desde los medios españoles, el humor gráfico de estos días se dividía, en el mainstream, entre la maniobra política (Peridis), la disposición a señalar dicha infamia (Manel Fontdevila) y la actitud conciliadora (El Jueves).

Antes de que la portada de Juin en Charlie Hebdo pudiera empezar siquiera a digerirse, Estado Islámico difundía un vídeo celebrando la masacre barcelonesa. En la pieza, Muhammad Yassin Ahram Pérez, un yihadista de 22 años apodado “El Cordobés”, que, en un torpe castellano, hablaba de “la sangre derramada de los musulmanes” a manos de la Inquisición Española y de la futura “tierra de califato” en la que ISIS piensa convertir la península.

Apenas una hora después de que los medios se hicieran eco del vídeo, en las redes sociales se empezó a utilizar, con inédito frenesí, la imagen de el Cordobés para crear memes, foto-montajes y chistes de todo tipo. A Muhammad, protagonista involuntario de la tendencia, se le pusieron donuts sobre un acusador dedo índice, bolardos ante la cara, gafas de sol y collares de oro. Se le emparentó con el torero Manuel Benítez, tildósele de Pokémon mítico y marciano, y se le colocó frente al popular telón de First Dates. “Javier. 51. Tiene un imán para las mujeres”.

A Muhammad, protagonista involuntario de la tendencia, se le pusieron donuts sobre un acusador dedo índice, bolardos ante la cara, gafas de sol y collares de oro. Se le emparentó con el torero Manuel Benítez, tildósele de Pokémon mítico y marciano, y se le colocó frente al popular telón de 'First Dates'

A diferencia de la portada de Charlie Hebdo, los chistes en los que se ridiculizaba al Cordobés si contaban con un consenso mayoritario: de la izquierda más transformadora a la derecha más rancia, podías ver a ciudadanos de todo el espectro político compartiendo, retwiteando y faveando fotos del terrorista en traje de luces. Cantando Despacito y Dale al timón, Tomasa. Quejándose de que Alba Carrillo le ponga a parir en Sálvame. Podías ser indistintamente votante de Podemos que de Democracia Nacional: en cualquiera de los dos casos, la imagen de Muhammad bajo el lema “con tu tío y con tu tía irás a Bel-Air” era susceptible de recibir un like sin provocar escándalo alguno entre tus amistades.

Aunque la mayoría de estos chistes florecieron –y florecen– en cuentas prácticamente anónimas, activos del humor tan influyentes como El Mundo Today o Mongolia también se unían al lanzamiento-de-tartazo contra el yihadista. “Vamos a montar un califato y os vais a cagar”, dice Edu Galán, de Mongolia, disfrazado con barba y utilizando acento árabe. “Habrá abierto 24 horas las mezquitas. Habrá kebabs. Habrá de todo. Y las mujeres vestidas como si fuesen monjas, que es lo que más me gusta de la religión católica; todas de negro”.

Merece la pena detenerse en el vídeo de Mongolia: su forma casera y su fondo xenófobo, dónde las “mézquitas” y los “kebabs” transmutan en amenza per se, no dista mucho de algunos de los contenidos que estos días han difundido, vía WhatsApp, asociaciones ultraderechistas. “Yo llamar primo Hassan”, dice, en un vídeo capturado por un móvil, alguien a quién unas gafas de sol tapan la cara. Vistiendo túnica e impostando acento marroquí, teléfono en mano, invita “a su primo” para que venga a España: “Aquí yo no trabajar; yo tener paga; 600 euros cada mes. Sí, te juro, de verdad. Da Gobierno, por ser extranjero. ¿Cuántos niños tienes? Doscientos euros cada mes por cada niño. Te digo en serio; te juro por Alá”.

Las semejanzas entre un vídeo y otro ponen en entredicho, como lo hizo un día antes la portada de Charlie Hebdo, el supuesto carácter sanador y catártico del humor. “Últimamente le doy muchas vueltas a si el humor puede ser realmente constructivo”, me contaba hace ahora dos meses el dibujante Miguel Brieva. “Posiblemente, la naturaleza misma del humor sea la de devastar antes que la de construir”. Por otro lado, cuando entrevisté a Albert Monteys, coincidiendo con el anuncio de la pronta defunción del satírico digital Orgullo y Satisfacción, el dibujante me habló de que “crear cierta conciencia o cambiar las cosas a través del humor es una fantasía; una idea que yo he abandonado hace años”.

“Durante la Transición”, continúa Monteys, “el profesional del humor pensaba que estaba poniendo voz a algo; que estaba cambiando la realidad. Pero ahora nos hemos dado cuenta de que siempre hemos estado hablando para nuestra burbuja; para la gente que opina como nosotros y que está bien contenta de que le demos la razón”. Así, el problema viene cuando, aun dirigiéndote a un nicho, tus códigos y maneras se confunden con las del contrario. A Charlie Hebdo les ha pasado. A Mongolia les ha pasado. Como dijo Brigitte Vasallo, el humor se hace hacia dentro y hacia arriba. “Si no, es opresión”.

La Historia se repite, y con ella sus manifestaciones artísticas; para cerciorar esa evidencia, basta con volver al Jordi Costa de Una Risa Nueva –dónde, por cierto, el 'mongol' Galán firma también uno de los capítulos. “En la representación del súper-villano Bin Laden, el episodio (Osama Bin Laden has Farty Pants) recurría a un registro de lenguaje tan consensuado por el poder como es el de las animaciones propagandísticas en tiempos de guerra”, escribe el crítico, sobre la cartoonesca recreación del líder talibán en la serie South Park. Costa incide en como Trey Parker y Matt Stone, creadores de la serie, “pusieron su talento al servicio de la impudicia propagandística del gobierno Bush (uno de los extraños –pero posibles– compañeros de cama cuando uno juega con determinados registros de lenguaje)”.

Casi dieciséis años después de que Osama Bin Laden has Farty Pants se emitiera por primera vez –dos meses después del atentado contra el Empire State– el humor ha vuelto reaccionar contra el terror; más rápido y con el ingenio un ejército entero, pero incurriendo en los mismos errores que entonces: si tus chistes tienen el potencial de acabar haciéndole la campaña a los que quisieron “limpiar Badalona”, a los representantes de PxC o a los neonazis de Hogar Social Madrid, tus chistes son parte de problema; están empujando la furgoneta calle abajo.

Texto: Víctor Parkas

Ilustraciones: Juin, Manel Fontdevila, @robotronk1, Albert Monteys

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