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Culture

Por qué RoboCop es más relevante que nunca 30 años después de su estreno

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¿Sirve una metáfora de la era Reagan como metáfora de la era Trump?

PlayGround

21 Febrero 2017 12:05

RoboCop, aunque no lo parezca a primera vista, es cine social.

La película quizás sumó legiones y legiones de fans gracias a su violencia desmedida y la iconicidad de su personaje principal, pero, con RoboCop, el director Paul Verhoeven tejió metáforas nada veladas a la brutalidad policial, al desmantelamiento de los sindicatos, y a la explotación reiterada a la que la clase obrera se ve sometida.

La sinopsis oficial: ambientada en el futuro, RoboCop narra la historia del agente Murphy, un policía asesinado en acto de servicio, cuyo cuerpo sin vida es utilizado para fabricar una arma letal, medio humana, medio robótica, con la que combatir el crimen en su Detroit natal.

Más allá de esta descripción, meramente argumental, Verhoeven realizó con RoboCop una alegoría a la era Reagan, años en los que la avaricia y la privatización empezaban a mostrar sus fauces en Estados Unidos. Visionarla hoy, con Trump como presidente electo, significa lamentarse por no haber sabido leer a tiempo sus advertencias.

El programa mediante el cual Murphy se convierte, precisamente, en RoboCop, está auspiciado por OCP, la organización que privatiza la policía de Detroit —más tarde, descubrimos que su intención es venderle este experimento al ejército. La película, en este sentido, hace hincapié en la falta de transparencia y responsabilidad social que la privatización de cualquier servicio público tiene en el propio servicio y, por extensión, en sus profesionales y en sus usuarios.

La OCP de RoboCop, en este sentido, tiene el mismo discurso que escuchamos en boca de ultracapitalistas como Peter Thiel o Tim Draper; el mismo discurso de los que sostienen que los servicios públicos no funcionan; los que abogan por que los gobiernos no tengan competencia alguna en lo que a servicios públicos se refiere. Todo sea por la defensa del espíritu empresarial.

"No somos fontaneros: somos oficiales de policía, y los agentes de policía no hacen huelga”, oímos, en un momento de RoboCop. En la película, viendo que la OCP está subfinanciándolos, el sindicato policial decide ir a la huelga, siendo demonizado desde el primer momento. Hoy, con las luchas sindicales demonizadas sin necesidad alguna de alzarse, el visionado de RoboCop no puede ser menos que amargo.  

RoboCop, en la era pre-internet, se avanzó también a las tensiones actuales entre humanos y máquinas. Una de las leyes por las que se rige Murphy en la película es aquella que le niega poder volverse en contra de la OCP, una empresa con políticas sospechosamente parecidas a las de Facebook o Google en lo que opacidad y aleatoriedad se refiere.

Viendo su relativamente reciente remake —data de 2014— y series influenciadas por la película de Verhoeven como APB, el principal problema de RoboCop parece haber sido nuestra capacidad de vaciarla de significado, no viendo más allá de los fuegos de artificio que, desde luego, también nos propone. Es algo que, a su vez, sufrieron Watchmen o Wall Street: películas que, como RoboCop, piden una resignificación que las haga tan útiles y valiosas como (a pesar de no estar dirigidas por Ken Loach) realmente son.

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