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Culture

Por qué nunca habrá un Harvey Weinstein en España

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Una columna misógina sobre el caso Weinstein desata una guerra en Twitter y pone en cuestión qué papel jugaría la prensa española en la impugnación de nuestros propios monstruos

víctor parkas

19 Octubre 2017 06:00

“¿Me lo puedes volver a leer, pero esta vez un poco más despacio?”.

Es de noche y mi sofá empieza a sacudirse como si dos placas tectónicas acabasen de colisionar: mi pareja, sentada al lado, maldice el portátil que tiene sobre las rodillas. Acaba de leer un tuit. De Fotogramas.

“Caso Weinstein”, coge aire, “¿por qué nadie dijo nada? Analizamos este sospechoso fenómeno de unanimidad tardía”.

Sospechoso. Unanimidad. Tardía. Un hat-trick en toda regla, sin tan siquiera ampliar de 140 a 280 caracteres. La suspicacia para con las víctimas de Harvey Weinstein –o, al menos, la ostentación de dicha suspicacia– apenas rebasa la hora: Fotogramas, al ver el feedback negativo que recibía su mensaje, decide dar marcha atrás y eliminar el tweet.

Antes de que eso ocurra, la periodista Carmen G. Magdaleno logra hacer una captura del mensaje. La comparte en Twitter. “Sois cultura de la violación”, escribe, dirigiéndose a la publicación cinematográfica.

En la captura de Magdaleno, puede apreciarse que la columna de la que Fotogramas se hacía eco había sido publicada en Esquire y, a diferencia del infausto tuit, el artículo sí continúa online.

Firmada por Rosa Martí –de la que se ha llegado a poner en duda su existencia, pese a que esta cuenta de Twitter parece certificarla–, la columna Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? empieza a derrapar ya entre el primer y el segundo párrafo: cuando un “ante el abuso sexual no hay otra postura, es aborrecible y execrable” conecta con un “aún así”, solo puedes esperar lo peor.

Y lo peor llega.

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“Hay algo que no me cuadra en toda esta historia. ¿Por qué todo el mundo calló durante tantos años? ¿Cómo es que nadie tiró la primera piedra?”.

Si “victim blaming cultural” fuese una asignatura optativa en la carrera de Comunicación y Periodismo, el estudio y análisis de Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? ocuparía dos clases enteras. En su pieza, Rosa Martí tilda de ruin “el linchamiento de todas esas actrices, las acusadoras. Llevan años en la cumbre, son muy poderosas, ¿por qué no lo hicieron antes?”.

“Ojo”, intenta matizar, “no pretendo culpabilizar a las víctimas, pero al analizar las acusaciones de algunas no puedo evitar enarcar una ceja”. 

Todavía no he acabado de leer Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? cuando me asalta el recuerdo de otros casos de victim blaming, algunos muy recientes. Pienso, por ejemplo, en Marta Torrecillas, una de las mujeres que fueron agredidas el pasado 1 de octubre, durante la celebración del referéndum de autodeterminación de Cataluña. Pienso en cómo se la difamó desde plataformas como El Programa de Ana Rosa.

Cuando la corresponsal Mayka Navarro intentó explicar el caso de Torrecillas a los tertulianos de El Programa de Ana Rosa, Eduardo Inda la cortaba con gritos de “mentirosa”, “embustera” o “sinvergüenza”. La presentadora hace lo propio, tildando a la víctima de exagerada. “Sí, claro, y aparece con la mano vendada como si le hubieran amputado medio brazo”, escupe a Mayka, que rompe a llorar.

“Cuidado, que se te va a correr el rimmel”, le advierte Ana Rosa.

Si los conductores de los programas corrigen a los corresponsales, ¿cuál es exactamente el papel de los corresponsales? Si, cuando hay imágenes de violencia que apoyan el relato de la víctima, dicha víctima es puesta en cuestión y ridiculizada, ¿qué ocurriría si no existiesen imágenes del abuso?

Si en España, un país en el que el Jefe del Estado premia a Pablo Motos con el Premio Nacional de Televisión, una nación en la que Javier Cárdenas utiliza una cadena pública como harén privado; si en esa España hubiesen casos similares a los de Harvey Weinstein, ¿los medios generalistas servirían para impugnarlos o para restarles importancia? 

Sigo leyendo Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? y mis expectativas se ven superadas párrafo a párrafo. “A ver”, dice Martí sobre el episodio de Weinstein con Ashley Judd, “¿acudes a una cita de trabajo en una habitación de hotel? Por muy ingenua que seas, te tienen que saltar todas las alarmas”. Aunque no se le puede culpar de ello, Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? obvia que las habitaciones de hotel son, de facto, las oficinas naturales de un entorno nómada como el de Hollywood. Yo, sin conocerlo previamente, he entrevistado en una habitación de hotel a Edgar Wright. A Tom Holland. A Boyd Hoolbrok.

En los tres casos, todos ellos tuvieron la deferencia de no enseñarme sus pollas.

Pero, “en fin, repito lo mismo, ¿para qué fue a su habitación de hotel?”.

En su recta final, Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada? entra en una fase que solo puede definirse como autoparódica. “¿Acudían todas esas mujeres de forma inocente y desinteresada, o realmente sabían a lo que iban? ¿No serían esos abusos de alguna forma algo “consensuado”, un agrio paso para conseguir un buen papel, o un contrato en exclusiva?”.

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Aun insistiendo en que no pretende “defender al acosador ni culpabilizar a las víctimas”, el texto de Martí ha sido duramente criticado por voces como la de Aura Garrido. La actriz, que le ha dedicado un hilo entero a Caso Weinstein: ¿Por qué nadie dijo nada?, se mostraba indignada con que, “a estas alturas, nadie en vuestras redacciones conozca los procesos de reacción a un abuso y haya evitado este artículo”.

Además de Aura, ¿ha habido alguien más dentro de la industria española alzando la voz contra el victim blaming de Esquire? No en público. ¿Y dentro de la crítica especializada, popularmente progresista? Spoiler: no. De hecho, críticos de cine como Gerard Cassadó respondieron a la captura de Magdaleno con un “cuidado con lo que publicas, porque difamar es delito”, aduciendo que las reacciones de ella y de Garrido coartaban la libertad de expresión de Rosa Martí.

“Se puede condenar al cerdo de Weinstein y, a la vez, asumir que ALGUNA ya sabía a lo que iba”, defiende Cassadó, alineándose con las tesis de Rosa.

En los últimos día lo he escuchado varias veces: “seguro que hay un Harvey Weinstein en España”. Más de uno, probablemente. En la industria del entretenimiento y en la sala de profesores de tu facultad. En tu ayuntamiento y en tu oficina. Harvey Weinstein’s, de servicio y en potencia, debe haber tantos que, si los colocases en albornoz y fila india, la cola ocuparía dos manzanas.

El episodio de ayer, el nadie-dijo-nada-gate, pone de manifiesto, sin embargo, que importa poco si España tiene o no su Harvey Weinstein: el misterio obsceno a desentrañar es si nuestros medios de comunicación serían o no capaces de darle una cobertura digna a un caso de ese tipo. Si nuestra industria y sus integrantes, a riesgo de sacrificar los canapés de festival de cine, responderían ante el abuso sin hacer concesión alguna al agresor. A tener la valentía de Aura.

En un hilo sobre los límites del humor, el director Nacho Vigalondo escribía que, la comedia española, en cuestiones como el feminismo, “es Estados Unidos hace treinta años”. El análisis es extrapolable a nuestra prensa especializada y a nuestra industria, timorata para impugnar, incluso, un artículo de opinión en el que se resta importancia a violaciones y vejaciones sexuales. En Estados Unidos, Hollywood Reporter dedica uno de cada tres artículos al caso Weinstein.

En España, se cubre con el rigor y la mesura propias del que relincha en el sofá de María Teresa Campos. ¿Por qué nadie dijo nada?

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