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Culture

‘Get Out’ es la mejor película de miedo que verás este año... y quizá también la mejor comedia

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‘Get Out’ es al cine de terror lo que ‘Django Unchained’ fue al western

víctor parkas

19 Mayo 2017 12:46

En este artículo, quizás repita mucho la palabra ‘negro’ —quizás no; en cualquier caso, esta primera frase quedará fuera de cualquier corrección posterior. Utilizaré la palabra ‘negro’ (o no) consciente de mis privilegios como varón blanco, y lo haré, aunque me avergüence, porque no se puede analizar una película como Get Out con un lenguaje políticamente correcto. No se puede es no se puede: utilizar la corrección política para abordar Get Out es como intentar, no sé, ¿hablar de El Séptimo Sello con mímica?



Sí: como hablar de cualquier película de Bergman con mímica está bien.

Olvida, para empezar, todos esos titulares: Get Out no es una alegoría al racismo en Estados Unidos. Tampoco es una mirada crítica a las relaciones interraciales; no es Fiebre Salvaje de Spike Lee en clave horror. No. Get Out es, en todo caso, una película sobre cómo dejar de escuchar en nuestros círculos sociales la palabra ‘negro’ nos hizo creer que todo había terminado. Get Out lo que es, es una película sobre cómo tener durante ocho años a un presidente negro en la Casa Blanca nos hizo pensar que ya estaba. Que todo estaba solucionado.

“Si (Obama) se hubiera presentado una tercera vez, le habría votado”, oímos, en un par de momentos de la película —como premonición, primero, y como consumación, poco después. En las dos ocasiones, la frase estará en boca de un personaje blanco. En ambos casos, irá dirigida a la misma persona: Chris, un chico negro que, durante el fin de semana en el que se desarrolla Get Out, convivirá por primera vez con la familia de Rose, su novia blanca.


La historia tras Get Out de chico-negro-conoce-a-familia-política-blanca hace que, tan pronto como lees su sinopsis, pienses instantáneamente en Adivina quién viene esta noche, la película de cine clásico donde Sidney Poitier tiene que conocer a sus suegros caucásicos —Spencer Tracy y Katharine Hepburn. En aquélla, Potier y Katharine Houghton tenían que enfrentarse a cómo los padres de ella, supuestamente liberales, se mostraban reacios a bendecir la relación entre su hija y un afroamericano.

Eso, en Get Out, no pasa. Ni por asomo: Chris es recibido con los brazos abiertos por el hermano de Rose, por sus padres y por los amigos de éstos. El “no es una alegoría al racismo” de antes significaba, bueno, que Get Out no es una alegoría al racismo. Get Out es una película donde ningún blanco utiliza, jamás, la palabra ‘negro’ como sustantivo. Jamás, de usarse, se usa ‘negro’ de forma peyorativa. En todo caso, en Get Out se utiliza ‘negro’ para, como he hecho yo al principio, excusar privilegios propios.

Lo que quiero decir es que Get Out y Adivina quién viene esta noche se parecen tanto entre sí como se parecen entre sí Aterriza como puedas y Top Gun. Liberales que, en su fuero interno, son racistas en potencia, siguen existiendo, pero no aparecen en Get Out.

En Get Out, los blancos tienen fotos de Jesse Owens enmarcadas en sus paredes, palpan con admiración los músculos de Chris y, en su totalidad; todos y cada uno de ellos, darían lo que fuera por ser negros. Get Out es una alegoría, cierto; pero no al racismo ni a la forma de operar de éste, sino a la hipocresía de la white america demócrata y a cómo ésta se ha apropiado de la cultura negra para mostrarse progresista; inclusiva. Hip.

Get Out, lo sabéis de sobras, es también una película de terror. Tiene sustos, efectos de sonido y un núcleo familiar hostil que, más que recordar al formado por Spencer Tracy y Katharine Hepburn en Adivina quién viene esta noche, recuerda al de La Matanza de Texas. Al de La Casa de los 1.000 Cadáveres. En este sentido, Get Out se mueve en una línea similar a aquélla por la que transitaba Django Unchained: en ambos casos, la ambición es tratar problemáticas de orden racial en clave de género y, a la vez, mestizar dicho género, sea terror o western, con la más alta de las disciplinas; con el lenguaje de los putos dioses.

Estoy hablando de la comedia. Y lo estoy haciendo porque Get Out, además de estremecer, provoca la misma risa que provocaba Happinnes: ese tipo de carcajada nerviosa que, en la vida real, solamente generaría un estruendoso pedo en medio de un responso. Y no sorprende: revisando los antecedentes de Jordan Peele, su director, encontraremos el programa de sketches Key & Peele. En este espacio de Comedy Central, Jordan, junto a su escudero Keegan-Michael Key, facturaban unos gags que excedían la etiqueta de ‘posthumor’: eran sórdidos, incómodos y, en su mayoría, giraban en torno al tema de la raza.

Key & Peele, como material casi estupefaciente que es, fue un descubrimiento nocturno: me habló de ellos un amigo, a gritos, en una discoteca. Por la mañana, en mi bandeja de entrada, tenía vídeos en los que Carl Winslow de Cosas de Casa se quejaba de cómo Steve Urkel estaba eclipsándole en su propia serie. Vídeos en los que una detención a un chico mulato terminaba convertida en un musical que imitaba a los de los años sesenta, en un paraje llamado ‘Negrotown’. Cada vídeo era más turbador que el siguiente, y que el siguiente. Cuando los ves, entiendes perfectamente ciertas derivas en Get Out.

Get Out es como la vida: una puta broma a la que da miedo enfrentarse.

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