Cultura

Fashwave: el subgénero musical que vuelve locos a los neonazis americanos

Sintetizadores, neón y supremacismo blanco: así es la fashwave

“Éste sonido es como conducir un reluciente coche futurista a través de una ciudad de neón, mientras te diriges a una estación espacial para coger una nave que te lleve, junto a tu mujer y tus hijos, a un resort fuera del mundo…

… en el que sólo los blancos tienen permitida la entrada”.

Así describe una web neonazi la fashwave, un subgénero de synthwave que se está haciendo popular entre los supremacistas blancos estadounidenses -por defecto, votantes del ahora presidente americano electo Donald Trump.

Con grupos banderas como Cybernazi o Xurious, la fashwave —contracción de ‘fascista’ y ‘synthwave’— se caracteriza, quizás como movimiento para evitar la censura, por la ausencia de letras en sus canciones. Su contenido político, así, se apoya únicamente en la imaginería que las acompaña: esvásticas, cruces célticas o fotos de Donald Trump son utilizadas por los productores fashwave como imagen gráfica de sus tracks.

Del mismo modo, el fascismo militante de esta música también se evidencia en títulos como Galactic Lebenserum —en referencia al ‘espacio vital’ por el que luchaban los nazis—, Cyber Kampf —guiño al panfleto Mein Kampf escrito en su día por Adolf Hitler— o Right Wing Death Squads —Los Escuadrones de la Muerte de la Derecha-.

“Es el sonido de una revolución”, asegura Andrew Aglin, de la web nazi Daily Stormer. “Además, conecta a la perfección con el carácter irónico de la alt-right”, dice, refiriéndose a esa derecha alternativa (y conspiranoica) que tiene Internet como base de operaciones.

Aglin también ponía el foco en que esta música era, además, una reacción contra el punk y el hardcore del que antaño se apropiaron los supremacistas blancos, dando como resultado el género RAC o rock anti-comunista. “Esos estilos están desfasadísimos ahora mismo”.

Y es que la synthwave, aun naciendo prácticamente a la par que el hardcore, en los primeros ochenta, no podría estar más en boga ahora mismo: John Carpenter aglutina multitudes en sus conciertos, la banda sonora de Stranger Things está plagada de sintes, e incluso una serie de animación infantil como Gravity Falls tiene un opening a lo Tangerine Dream.

“La nostalgia es reaccionaria”, declaraba ahora hace un año el cantante Julián Hernández.

La fashwave ha acabado por darle la razón a lo grande.

Esta música es, además, una reacción contra el punk y el hardcore del que antaño se apropiaron los supremacistas blancos, dando como resultado el género RAC o rock anti-comunista

El género, aunque reciente, no es nuevo: ya en plena campaña Hillay/Trump empezó a hacerse hueco en foros racistas, convirtiéndose en la marcha triunfal de los republicanos americanos más jóvenes. “Estamos ganando”, escribiría el hacker y troll Andrew Auernheimer.

“Ésta es nuestra música de celebración”.

Paradójicamente, en lugar de apostar por sonidos industriales o darkwave, que tendrían más encaje a nivel conceptual, la fashwave ha adoptado la vertiente synth más luminosa y cheesy de todas; la más comercial y la que más se asocia a la ficción de los ochenta. De algún modo, la fashwave no apela al presente apocalíptico de un detractor de Trump, sino al futuro irreal, brillante y caucásico soñado por sus votantes más extremistas.

De la misma forma que otros supremacistas blancos se apropiaron de estéticas ajenas —en los 30, el Partido Nazi arrebataba la esvástica a los hindúes; en los ochenta, el National Front británico adoptó como propia la cultura skinhead—, la fashwave ha hecho lo mismo con el electropop sintético, un género que, por sí mismo, no tiene nada de fascista.

“No tengo control en la forma en la que se comparte mi música”, se lamentaba el productor de synthwave sueco Robert Parker, cuyas canciones han sido añadidas a playlists de fashwave. “Pero está claro que yo no utilizo el lenguaje de este subgénero, ni tampoco uso imágenes que se puedan asociar con él”, deja claro.

“Aunque no me sorprende que los fascistas hayan adoptado esta música, pues al final es un sonido que mira hacia los ochenta y, para ellos, hace 30 años estábamos mejor de lo que estamos ahora”, reflexionaba Parker. “Pero no quiero que mi música se ponga al lado de una tendencia política que, entre otras cosas, humilla a las mujeres”.

Si antes poníamos el foco sobre el RAC, la deformación punk que es y ha sido banda sonora de nazis a lo largo de las últimas tres décadas —del mismo modo que, ciertos grupos de black metal, mitología nórdica mediante, cantaron al supremacismo ario—, la fashwave de distingue de cualquier otro fenómeno, digamos, nazi-pop por tres razones fundamentales:

1) Aunque el RAC y el black metal nazi anidaron también en América, nacen en Europa. La fashwave es, así, el primer subgénero fascistoide originario de Estados Unidos.

2) Los grupos de RAC, pese a ser de extrema derecha, permanecen cómodos en el underground: jamás darían su apoyo a ningún candidato mayoritario y con posibilidades reales de ganar, por muy radical que fuera su discurso. En cambio, temas como Hail Victory, de Xurious, están abiertamente dedicados a Donald Trump.

3) Aunque no es la primera vez que la música electrónica es secuestrada por neonazis —antes, el noise y el hardstyle europeo les sirvieron de soundtrack—, sí que es la primera ocasión en que un subgénero nace única y exclusivamente para el disfrute del oyente de extrema derecha.

“Que webs para millenials estén hablando de la fashwave”, rezaba otra página nazi, “demuestra que la alt-right y todo lo asociado a ella es incuestionablemente trendy. En nuestra rebelión contra el sistema tiránico, nos hemos convertido en los más cools”.

“Esto se volverá más y más atractivo con el tiempo”, continuaba, “y anidará en los jóvenes que, dentro de poco, tendrán edad para votar”, terminaba.

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