PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Culture

Edgar Wright: hablando de música con uno de los directores que mejor la usa en Hollywood

H

 

Hablamos con el director de 'Baby Driver', una de las películas imprescindibles de este verano

víctor parkas

29 Junio 2017 06:00

¿Por qué tus películas están o bien protagonizadas por tipos que se pasan la vida en el pub o bien por chavales jóvenes en contextos coloristas? Ya sabes: 'Zombies Party' contra 'Scott Pilgrim contra el mundo'; 'Bienvenidos al fin del mundo' contra 'Baby Driver'... ¿Por qué esa dualidad entre gente que bebe cerveza y gente que interpreta y consume música pop?

Edgar Wright: ¿Es que acaso hay algo más?

**


En una de las escenas más famosas de Zombies Party, la segunda película como director de Edgar Wright, Shaun y Ed deciden utilizar los discos del primero como objeto arrojadizo que tirarle a los zombis, no sin antes seleccionar cuáles merecen tan fatídico destino y cuáles no. “¿Purple Rain? No. ¿Sign o' the Times? Definitivamente no. ¿El soundtrack de Batman? Tíraselo. ¿Dire Straits? Tíraselo. ¿Stone Roses? Uhm, no”.

Si, sus fans no lo quieran, Edgar Wright se viese asediado por una horda zombi, no tengo ni idea qué discos utiliazaría de artillería; en cambio, sé seguro cuáles no tiraría jamás: Hunky Dory y Abbey Road son dos de ellos. Cuenta también She Heart Attack de Queen y The Village Green Preservation Society de los Kinks. “Aunque sé que es una elección controvertida”, añade Wright, “me quedo también con Trompe le Monde, de los Pixies”. A eso, súmale Kimono My House de Sparks, Parade de Prince y Midnite Vultures de Beck. ¿I Should Coco de Supregrass? Dentro.

Orange, de Jon Spencer Blues Explosion, también estaría en esa lista”, concluye Wright. Y lo hace dejando caer la aguja sobre un álbum que se abre, precisamentre, de la misma forma que lo hace Baby Driver, su última película: con el funk brutísimo y urgente de Bellbottoms. “Era la banda sonora de mis 21 años”, reconoce Edgar, “me pasaba el día escuchándola”. A los 21, Wright no es que no se imaginase utilizándola en un soundtrack: es que apenas se imaginaba a sí mismo dirigiendo una película. “Aun así, cuando la escuchaba, no podía dejar de imaginarme una persecución de coches con ella de fondo”, apunta.

Bellbottoms, de alguna manera, fue la semilla que originó Baby Driver”.

Pero, ¿qué diablos es Baby Driver y porque la estoy utilizando de excusa para fisgonear las preferencias musicales de su director? Copio y pego de Filmaffinity: “Baby, un joven y talentoso conductor especializado en fugas, depende del ritmo de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo”. Busco y no encuentro en Filmaffinity: “Baby tiene acúfenos, un fenómeno auditivo que solo puede paliar escuchando música de forma ininterrumpida”. Releo las críticas de Filmaffinity, pero ninguna dice: “Imagínate una mezcla perfecta entre A todo gas y La La Land, y ni con eso entenderás el manierismo pop del que es capaz Baby Driver”.

Cierro Filmaffinity. Y Wright continúa hablando de Bellbottoms. “Imaginé qué pasaría si la estuviera escuchando el conductor de un robo, con el personaje eligiendo la banda sonora de su propia película, y llevando esa actitud al extremo, haciéndole incapaz de realizar cualquier tarea a no ser que esté sonando la canción adecuada para llevarla a cabo”. Suena loco y suena bien; y lo mejor de todo es que, en su traslación a la pantalla, la idea de Wright sigue brillando como una puta supernova: Baby Driver es la mejor fiesta a la que te van a invitar ese año, una de solo hits; uno desvaneciéndose no sin que otro empiece a sonar, con coches huyendo, derrapando y chocándose unos con otros, quemando rueda, cambiando de marcha y, alehop, ahí lo tienes.

Otro hit.

“Antes de ponerme a escribir el guión, sin saber exactamente cómo se iba a desarrollar la historia, ya tenía claro ocho o nueve canciones que quería meter sí o sí”, explica Wright, “y, una vez me puse a redactarlo, no remataba ninguna escena en la que no supiese qué música incluir. Me ponía a rebuscar entre mi colección hasta que daba con el tema adecuado y, entonces, reescribía la secuencia adaptándola a dicha canción”. Esta precisión obsesiva, que solo entenderá quién haya creado una playlist para compartir con la persona que le gusta, no se limitó a la elaboración del libreto: Wright también se llevaría su precisión enfermiza –y un par de subwoofers– al set de rodaje. “Toda la película está coreografiada con la música, por lo que también tuvimos que pinchar las canciones tanto en los ensayos como durante la grabación de Baby Driver”.

El sentido del ritmo, en el rodaje de Baby Driver, era casi una cuestión de supervivencia. Consciente de ello, Wright copó el cast de la película de músicos: de Killer Mike a Big Boi, pasando por Flea de Red Hot Chili Peppers o el veterano Paul Williams, son muchas las caras conocidas de la industria musical con cameo en Baby Driver. “Teniendo en cuenta el tipo de película que estábamos haciendo, me pareció divertido meter a músicos en ella; es algo que ya hacían Jonathan Demme y John Landis”, dice Wright, estableciendo una conexión tan obvia que me da vergüenza haber pasado por alto –Baby Driver y Blues Brothers, dirigida por Landis, comparten grupo sanguíneo.

El director, sin embargo, no solo reservó pequeños papeles a músicos, sino que urdió un reparto principal cuyos activos, de una forma u otra, tenían conocimientos musicales. “Kevin Spacey, Lily James, Eiza González: todos ellos tienen pasados musicales”, recuerda Wright. Ansel Elgort, Baby, es a su vez DJ y cantante de pop electrónico. “La primera vez que nos conocimos”, recuerda Edgar, “pasamos horas hablando únicamente de música; eso, para mí, fue clave a la hora de decantarme por Elgort para protagonizar Baby Driver”. El actor, ya ligado, no solo tuvo que imitar los movimientos de sus coreógrafos, sino también hacer suyas las manías de Wright. “Yo sigo utilizando iPod”, confiesa el británico. “Sé que es la era del streaming, pero me gusta, al menos, tener un hard-drive en el que almacenar mis canciones”.

El streaming, me cuenta Edgar, ha despertado en él una especie de melomanía negacionista: “Me he visto a mí mismo volviendo a comprar en vinilo mis álbumes favoritos”, reconoce. “En Baby Driver, durante la fase de montaje en Londres, pasé mucho tiempo yendo de tienda a tienda de discos, comprando montones de vinilos, algo que había dejado de hacer tiempo atrás”. Ese desandar los pasos del progreso ha calado en Baby Driver: la película tiene cierta atemporalidad, con un soundtrack que va de Danger Mouse a T. Rex; un protagonista con iPod, pero también coleccionista de vinilos; smartphones tímidos en algún plano, pero móviles vintage por doquier. “Es la única forma de que no los geolocalice la policía”, bromea Wright.

La película nos lo parece, con lo que es irresistible preguntarle si él también lo es. “Soy bastante nostálgico, sí”. Pese a ello, dice no comulgar con la fiebre por la precuela, el remake y el reboot: “No tengo nada en contra de las franquicias, pero sí me parece importante que las películas originales puedan encontrar su propio espacio. En 1977, Star Wars era una película original. En 1979, Alien era una película original. Tenemos que dejar que vuelvan a surgir ideas tan potentes como las que defendieron esas películas en su día”.

Quizás, este desaire al blockbuster moderno tenga su origen en Ant-Man, un proyecto que se inició con él como director, pero del que terminaría huyendo, no sin dejar a sus fans desolados –y a Peyton Reed, director sustituto, con un marrón supino. “Lo que paso ahí es que fui contratado para escribir y dirigir Ant-Man, y en algún punto, por imposición del estudio, dejé de ser yo el guionista”, recuerda Wright. “Simplemente, no me interesaba trabajar en una película donde yo no fuese autor completo y tuviese el control creativo”.

Baby, de algún modo, nace de la tristeza de ese Wright autoral: todo lo que no pudo ser el director en Ant-Man, maestro de ceremonias en su propio convite, tres años atrás, lo es hoy el protagonista de Baby Driver, marcando el ritmo de la película con su selección de canciones. La música pop, como siempre, viene y lo arregla todo. “La música no solo es una válvula de escape para mucha gente”, concluye Edgar, “sino también una de las pocas cosas en la vida que podemos controlar”.

share