Cultura

Derretidos por el Sónar: 3 días de infierno y gloria en Barcelona

Desechos, derrotados, pero felices tras 3 días de un Sónar abrasador

Todas las imágenes: Sonar.es

Empapado en sudor, buscando parcelas de oxígeno entre empujones y sorteando hordas de zombis de reenganche, el sábado por la tarde todo se hace muy cuesta arriba en Sónar. Pero luego un algo —una melodía, un descubrimiento musical o un reencuentro inesperado— te recuerda que Sónar es uno de los lugares más felices del mundo. Y sigues, claro.

Sónar nos ha vuelto a ganar por KO. Pero que dulce paliza. Seguir el ritmo frenético que propone el festival durante los tres días que dura es prácticamente imposible. Y más todavía cuando se le une un calor demencial, de aire abrasivo y humedad adhesiva, que multiplica por 100 la sensación de aplatanamiento general (hasta que no se ponía el sol, pasear por el Village era como ver un vídeo de YouTube a 0.75 de velocidad).

El Village sigue siendo el espacio más icónico del festival, y el que concentra al público que busca divertirse sin complicaciones. Pero desde hace años, el discurso del festival se explica desde el contraste. El tamaño de su recinto diurno —moderado, asumible— permite encadenar experiencias y sensaciones que, a pesar de que a menudo son contradictorias, cobran sentido en el discurso global del festiva l . Un discurso bicéfalo en el que conviven hedonismo y propuestas de riesgo para dejar que seas tú mismo quién elija las proporciones de uno y otro.

El jueves, por ejemplo, podías pasar de estar sumergido en el dub narcótico de Forest Swords a derretirte al sol con el R&B sexual de DAWN en solo 50 pasos. O pasar del pogo punk que se organizó en las primeras filas del directo de Yung Beef a la docilidad disco-house de Prins Thomas en menos de lo que WhatsApp tarda en mandar el vídeo que acabas de filmar para convencer a un amigo dubitativo. O de bostezar con Arca (sí, a diferencia de su rompedora actuación de hace dos años, el venezolano esta vez resultó poco inspirador) a desbarrar con la catarata de hits de Dennis Sulta en el Sonar Dôme sin que te de tiempo a recordar que tienes que cenar. Era el primer día, pero se nos puso ánimo de cierre.

La principal novedad del recinto diurno de este año ha sido el escenario Sonar XS, un pequeño espacio en un rincón de la Fira que ha concentrado propuestas emergentes en la órbita de la bass music y la música urbana que mira hacia adelante. Alguien me lo definió como "escenario millennial" y quizá sea ese el calificativo mejor para entender su espíritu, que no las etiquetas musicales. No en vano, ahí se produjeron los mayores choques generacionales del festival.

El jueves, por ejemplo, mientras muchos no entendían el "despropósito sonoro" de Yung Beef, a los jóvenes que poblaban las primeras filas poco parecía importarles el deficiente sonido o que, de hecho, todo tuviera poco concierto. Lo que importaba era poner en común un código compartido con su ídolo. Y grabarlo con el móvil, claro.

Un día después, Sonar XS fue testigo de la consolidación de Bad Gyal como estrella local. En menos de un año, Alba Farelo ha pasado de tocar en chiringuitos de playa para 30 personas a dejar pequeño un escenario del Sónar. La vallesana tiró de carisma y actitud para suplir las carencias técnicas del escenario y de un directo que sigue siendo un tanto amateur. Pero ha encontrado un camino y es evidente que el público está dispuesto a seguirlo. Teniendo en cuenta la sorprendente cantidad de público extranjero que se acercó a verla, probablemente para Sónar 2018 lo de estrella local ya se le habrá quedado pequeño.

Además de Bad Gyal, la jornada del viernes estuvo protagonizada por las mujeres. Desde que Lena Willikens puso su primer track a las 16:00 horas hasta que Marie Davidson cerró su sorprendente directo a las 21:00, las actuaciones más interesantes durante esas cinco horas estuvieron firmadas por artistas femeninas. Un círculo que se cerró por la noche con Nina Kraviz clausurado SónarPub. Aunque no fue su sesión más inspirada —lastrada también por los dichosos problemas de sonido—, demostró que ver a una DJ en slots de privilegio no debería ser una excepción sino la norma.

Hablando de privilegios, uno de los grandes lujos que ofreció este Sónar fue poder ver a Suzanne Ciani, alumna aventajada de Don Buchla y absoluta pionera de la electrónica. Ciani improvisó paisajes cósmicos con su sintetizador modular, sacando todo el partido al estéreo del sonido del recinto. Los despistados que acudían al Dôme en busca de bombo desertaron, pero la riqueza de las texturas que emanaban de su Buchla hizo las delicias de los nerds de la electrónica.

Tras Ciani, Pan Daijing se convirtió en una de las grandes revelaciones del festival. La joven artista china desafió al público con un directo dominado por el ruido y la distorsión pero sin llegar a resultar demasiado cafre en ningún momento. Marie Davidson también planteó un directo desafiante. Su show 'Bullshit Threshold' combina spoken word con cajas de ritmos y apuntes de sintetizadores oscuros para contar desventuras urbanas en primera persona con un tono muy peculiar. Naíf, pero con trasfondo ácido y retorcido. Todo un hallazgo.

Este año la programación del escenario SónarDôme ha sido más ecléctica que nunca —de hecho el hip-hop y derivados le gana terreno a la electrónica año tras año—. Mientras el viernes tuvo un cariz más experimental, el sábado los protagonistas fueron C.Tangana y Thundercat. El madrileño demostró que, en cuanto a la profesionalidad de su show, está un peldaño por encima que la mayoría de traperos nacionales de su generación. Claro que lo suyo tampoco es trap. Ni tampoco rap. Sino más una suerte de pop rapeado con aires latinos que invita al contoneo de caderas y a corear las letras. Y eso fue exactamente lo que sucedió, especialmente entre unas primeras filas entregadas. El concierto de Thundercat fue mucho más sosegado. Su jazz lisérgico y su exhibición de recursos con el bajo es más para planear que para despegar —en las postrimerías del Sónar de Día se da por sentado que ya lo has hecho—.

Un par de horas antes, Nosaj Thing y Daito Manabe protagonizaron otro de los momentos álgidos del día. A pesar de, una vez más, problemas de sonido que interrumpieron el directo en más de una ocasión, el beatmaker americano y el artista japonés demostraron que sus visiones encajan a la perfección. Especialmente memorable fue la parte visual del show, en la que Manabe manipulaba digitalmente imágenes grabadas en tiempo real, convirtiendo, por ejemplo, el escenario en una construcción virtual en 3D.

El punto final lo puso el dúo escocés Optimo en el Village. Leyendas de la escena nocturna de Glasgow y diggers insaciables, las sesiones de JD Twitch y JG Wilkes siempre priorizan la diversión y el nervio, pero nunca por el camino de la obviedad. Eran una apuesta ganadora para cerrar el Village y cumplieron con creces. El problema con el escenario al aire libre es que, para apreciar el volumen, tienes que acercarte considerablemente al escenario y, demasiadas veces, buenas sesiones acaban convertidas en simple música de ambiente que se pierde entre las conversaciones.

Solucionar ciertos contratiempos técnicos sigue siendo una de las asignaturas pendientes de Sónar, así como darle un lavado de cara a la programación nocturna para evitar la sensación de déjà vu. Por lo demás, la fórmula del festival sigue siendo ganadora, como queda demostrado por la masiva asistencia de público.

El año que viene Sónar cumplirá un cuarto de siglo. Y todo indica que lo hará pletórico.

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