PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Culture

Así era la vida del David Lynch pintor antes de convertirse en una leyenda del cine

H

 

Antes de 'Twin Peaks', 'Mulholland Drive' o 'El Hombre Elefante' había un artista excéntrico, oscuro y extremadamente trabajador

Juan Carlos Saloz

21 Abril 2017 16:25

2017 está siendo un año profundamente lynchiano. Y no porque sea un año extraño, grotesco o “tan siniestramente desapasionado que raya en lo trágico”, como definió el músico Alan McGee al concepto de “lynchiano”. Sino porque David Lynch se ha convertido en uno de sus principales protagonistas.



Prácticamente cada mes recibimos nuevas noticias del director de Terciopelo Azul (1986). Después de que la crítica catalogara a Mulholland Drive (2001) como el mejor filme del siglo XXI, el cineasta ha llegado a boca de todos por el inminente estreno de la tercera temporada de Twin Peaks, el documental The Art Life y el libro El hombre de otro lugar, que acaba de editar Alpha Decay.

Estos dos últimos productos han descubierto a un David Lynch que va más allá de su peculiares metáforas. Lejos de los reiterativos análisis de su obra, tanto su documental como su biografía muestran a un Lynch inseguro y con intereses alejados de la cinematografía.

Muestran a un pintor frustrado.

Vía Alpha Decay

TRAS LOS PASOS DE HITLER

Al igual que Man Ray, que se pasó de la pintura a la fotografía para salir de pobre. O de Hitler, que dejó de lado su mayor afición para conquistar Europa, Lynch fue un dedicado pintor mucho antes de ponerse detrás de las cámaras.

La comparación con Hitler quizás suene algo brusca. Pero, en cierto modo, fue uno de los causantes de que Lynch se convirtiera en un pequeño artista. Nacido en 1946, la resaca de la Segunda Guerra Mundial sobrevoló su infancia. Su familia, compuesta por una estructura tradicionalmente americana, se mostraba pletórica tras la victoria de EEUU. Por lo que los primeros dibujos de Lynch fueron de armas, aviones y tanques de combate.

Como remarca en El hombre de otro lugar, durante su infancia en Washington “casi todo lo que veía era felicidad. Fueron buenos tiempos en nuestra calle”. Bicicletas azules, jardines verdes y casas blancas procuraban un entorno idílico para el que se convertiría en director. Pero su percepción del mundo cambió con rapidez cuando se mudó con 14 años a Virginia, un lugar oscuro que comenzó a teñir su percepción del mundo.

“Empecé a tener espasmos abominables. Estaba hecho un lío. Empecé a fumar y a beber. Me escapaba de casa por las noches. Era como si no pudiera controlarlo”, relata en The Art Life.

Vía Vértigo Films

Sin muchas perspectivas profesionales, Lynch se encontraba como un pez en una pecera hermética. “Mi madre sabía que había algo dentro de mí muy potente. Algo que debía desatarse. Pero no lo dejaba salir, así que no hacía más que decepcionarle”, explica el director.

Hasta que no decidió dedicarse plenamente a la pintura, su creatividad enclaustrada no halló una vía de escape. Gracias a Toby Keeler, el padre de un amigo que se dedicaba profesionalmente al arte, Lynch dio los primeros pasos hacia una carrera que no tardó en tomar forma.  

Al igual que el niño que dibujaba armas en mitad de una urbanización idílica de Washington, el joven Lynch creaba obras sombrías y subversivas mientras dedicaba una sonrisa a su novia de turno y era un hijo modélico.

Vía Vértigo Films

BEBER CAFÉ, FUMAR Y PINTAR

Los contrastes se habían convertido en un elemento esencial en la vida del joven David Lynch. Para cuando se mudó a Filadelfia, ?estos ya se habían amplificado hasta los niveles que más tarde reflejarían sus largometrajes. Pero el lugar que escogió para estudiar Bellas Artes aguardaba una realidad sombría. Sus fábricas, mafias y el olor a rancio de sus calles pasaron a ser el tema más repetido en sus obras.

Allí, eso sí, tenía todo lo que podía querer para mejorar como artista. Sus obras siempre habían tenido un toque tétrico que nacía de su interior, pero ahora también podia tomar referencias de lo que le envolvía. Así, mientras formaba una familia feliz con su mujer Peggy Lynch, el pintor consiguió un contacto en el depósito de cadáveres, donde pasaría a tener libre acceso. Según sus palabras, era habitual que acudiera a pasar la noche meditando e imaginándose las muertes de aquellos que le rodeaban.

Además, comenzó a utilizar animales muertos en sus cuadros. El sótano de su casa, que utilizaba como taller, lo tenía lleno de ratas y pájaros disecados, sangre de diferentes reptiles y gusanos en enormes botes. Como no podía ser de otra manera, cuando su padre pasó de visita a ver su nuevo hogar, imaginó que tenía problemas graves de salud mental. Incluso, intentó ingresarlo en un manicomio.

Lynch consiguió convencer a su padre de que estaba perfectamente cuerdo. Pero, por más que separse su excentricidad interna con su vida como padre de familia, en ocasiones se veía dominado:

“Beber café, fumar y pintar. Eso lo era todo para mí. No quería estar en ninguna otra parte. Solo me interesaba mi mundo”.

Vía Vértigo Films

Ni Bob Dylan, a quien consideraba un referente, conseguía sacarle de sus pensamientos. En un concierto que dio en su ciudad, se marchó corriendo apenas comenzó a tocar para volver recluirse en su taller. Lejos de las multitudes a las que apenas soportaba.

Pero Filadelfia no solo le sirvió para definir su sombría visión artística. También en ese periodo encontró su nueva y definitiva vocación: el cine.

"Estaba pintando un cuadro cuando recibí la inspiración. El cuadro era totalmente negro, a excepción de unos brotes verdes que había dibujado en medio. Entonces, por la ventana entró una gran ráfaga de aire que movió el cuadro y lo hizo sonar. ¡Era increíble! Podía hacer que mis pinturas tuvieran movimiento y sonido", cuenta Lynch en The Art Life.

Vía Vértigo Films

HASTA EL FONDO

La pintura seguía siendo su principal obsesión, pero sus cuadros empezaron a moverse y emitir sonido. De las animaciones tímidas pasó a los cortometrajes experimentales. Entonces, una de las becas más prestigiosas de EEUU picó a su puerta. El American Film Institute estaba interesado en que estudiara ahí, así que hizo las maletas y se despidió de su anterior escuela con una carta tan sarcástica como su obra:

"No ando bien de dinero y mi médico dice que soy alérgico al óleo. Estoy desarrollando una úlcera y criando lombrices, y además sufro espasmos intestinales".

Vía Vértigo Films

Con lombrices o sin ellas, el sueño de ser un pintor de éxito se transformó en el de ser un cineasta de referencia. Así, nada más llegar a Los Angeles consiguió que le prestaran un establo abandonado y comenzó a crear Cabeza Borradora (1977), la película que le lanzaría a la fama a costa de cuatro años de trabajo, una mujer (pues se divorció a mitad del proceso) y favores de personas a las que no pudo pagar hasta después del estreno.

Tras este largometraje llegarían decenas de éxitos y traspiés, manteniéndose como el hombre de altibajos que siempre ha demostrado ser. Pero, a día de hoy, mantiene su dualidad intacta. A sus 71 años, demuestra ser un padre ejemplar de su última hija, de tan solo cuatro años, mientras pinta junto a ella sus obras más lóbregas y prepara con entusiasmo la vuelta de Twin Peaks.

En retrospectiva, David Lynch ha conseguido cumplir los dos únicos sueños que ha tenido en toda su vida. Para ello, ha tenido que sudar lágrimas de sangre. Pero, como relata en The Art Life:

"A veces hay que meter la pata hasta el fondo para encontrar aquello que estabas buscando".

Vía Vértigo Films

share