Cultura

El disco de Kendrick Lamar es la hostia, ¿o es que se puede decir otra cosa?

Y al séptimo día... una review sosegada de la última ¿obra maestra? de Kendrick Lamar

El viernes santo, tras las estampidas de las procesiones españolas, San Kendrick Lamar bajaba de los cielos. No, no traía consigo las Tablas de la Ley, sino algo bastante mejor: DAMN. El último álbum del de Compton, ya solo con su título y el de sus tracks, en mayúsculas y terminados con un punto —no es Damn, sino DAMN.—, advertía que aquello no era solo un disco: funcionaba también como sentencia airada y, sobre todo, inapelable.

DAMN. era la hostia. Y PUNTO. Ése, por lo menos, era el feedback que el álbum fue recogiendo durante sus primeros días de vida. ¿Domingo de resurección? Domingo de resurrección una mierda al lado de DNA. ¿Lunes de Pascua? Lo es más si suena LOYALTY. Había, como siempre, consenso alrededor del trabajo de Lamar. ¿El dictamen? Obra maestra. Otra vez.

Escuchándolo una semana después, por quinta vez ya, es complicado negar la grandeza de DAMN. Decir que Kendrick Lamar está sobrevalorado, quiero decir, sería una completa estupidez; algo que hablaría más de quién lo enunciase que de Lamar propiamente. Justo en medio de esa pose, la de enfant terrible de escaparate, y la de medios como Pitchfork, que colocan un 9.2 al álbum, ¿habrá vida? Es más: ¿la hay siquiera en DAMN.?

Y es que DAMN. apesta a muerte. Ya en el cuarto verso —cuarto verso— del primer tema —primer tema—, un coro —un coro— se pregunta “Are we gonna live or die?” (¿Viviremos o moriremos?). La canción se zanja, como tantas otras cosas en esta vida, con un disparo; uno que acallará, de golpe, la voz de Kendrick. Es fácil adivinar dónde ha ido a parar la bala.

A partir de ahí, el canto elegiaco continúa espolvoreado en distintos tracks: en FEAR., imagina morir “anónimamente”, “volviendo a casa”; en PRIDE., asegura que “el amor acabará contigo, pero el orgullo nos matará a los dos”; en XXX., que “si alguien asesina a mi hijo, alguien va a morir”. Cristo bendito: si Kendrick incluso se meterá dentro de un ataúd en el videoclip de DNA.

De acuerdo: el de Compton ya había firmado versos así en temas como Sing about me o Mortal man, pero nunca lo había hecho con la insistencia que muestra en DAMN. —‘die’ o ‘death’ aparecen en una de cada dos canciones. Para lo que representa Lamar —por la carga reivindicativa de sus canciones, se le ha llegado a llamar ‘el Bob Dylan de nuestro tiempo’—, resulta frustrante ver cómo su canción protesta muta en lamento 'kurtcobainiano'.

Hay mucha diferencia, claro, entre el “I hate myself and want to die” (“me odio a mí mismo y quiero morir”) y el “while I grew up without a father and die in a gunfight” (“crecí sin padre y moriré en un tiroteo”). La misma que hay entre Nirvana y Kendrick Lamar. Entre ser un chico rubio torturado y un afroamericano en la era Trump.

Sí: aunque eso no sea consuelo, hay sollozos que tienen más razón de ser que otros. El de Lamar es uno. Pero, a los que disfrutamos con la rebeldía 0 derrotista de To Pimp a Butterfly, no: no tiene por qué gustarnos.

A vueltas con la ‘necrofilia’ del disco, cuando Rihanna le pregunta a Kendrick si hay alguien por el que daría la vida ( LOYALTY.), el rapero contestará con un “that’s what God for” ( “la daría por Dios”). Y es que otra de las obsesiones que Lamar explota en DAMN. es su fervor religioso. Y no es un fervor cualquiera. Es el fervor de esposa abnegada, cuyo marido es un puto borracho. Fervor de exheroinómano.

Las muestras de fe no son algo extraño en la trayectoria de Lamar —ni en la de muchos otros raperos—; jamás, sin embargo, se habían acumulado de la forma en la que se acumulan en DAMN. Kendrick, en su nuevo disco, habla de luchar contra “demonios, monstruos, falsos profetas” ( FEEL.); cita al Deuteronomio, un libro bíblico del Pentateuco ( YAH.); tiene, directamente, una canción titulada, un año después de God is gangsta, simplemente GOD.

Lamar explota en ‘DAMN.’ su fervor religioso. Y no es un fervor cualquiera. Es el fervor de esposa abnegada, cuyo marido es un puto borracho. Fervor de exheroinómano

En este sentido, la rima que más llama la atención “I’m a Israelite, don’t call me black no more” (“soy un isrealita, no te refieras a mí como negro nunca más”). No: Lamar no va a mudarse a Tel Aviv. Más bien, parece hacer suya la retórica religiosa afroamericana, una comunidad que identifica su sufrimiento con el que sufre el pueblo de Israel en La Biblia.

Esta fe, rayana a lo hooligan, muestra cómo ha cambiado la perspectiva Lamar en dos años, cuando sacase To Pimp a Butterfly: la desilusión y la desesperanza parecen haberse apoderado de un rapero que, en lugar de seguir arengando las masas y llamando a la revolución tranquila, parece más interesado en rezar el rosario.

El vestido de Papa le queda tan bien en el clip HUMBLE. que no: ni queriendo puedes enfadarte.

Lamar se encomienda a “María, Jesús y José” en XXX., un tema en colaboración con U2.

Con los putos U2.

Todos los temores que se venían alimentando en los últimos días, cuando, en lo créditos de iTunes, los de la banda irlandesa aparecían como co-escritores del track 11, se terminaron haciendo realidad. Tras todo el revuelo previo y con el disco ya en la calle, sin embargo, nadie pareció querer detenerse demasiado en XXX. al reseñar DAMN. Como si fuese algo vergonzante.

Como si XXX. fuese una ventosidad en medio de un tanatorio.

Y sí: XXX. es, quizás, la peor canción de DAMN. —la peor de Lamar, apurando. Pese a ello, y continuando con la retórica religiosa, hay algo semidivino en el rapero: haga lo que haga, parece destinado a ser bendecido por sus fieles. ¿Será así en el otro espectro? ¿Si le pusiéramos XXX. a fans de U2, serían igual de benevolentes?

No me mola nada”, me dirá Sandra, seguidora de U2, que califica la canción de “pesada y aburrida”. XXX. “es un no” para Joan, otro fan de Bono y los suyos. “No creo que la vaya a escuchar muchas más veces, por mucho U2 que sean”, añadirá Sandra. “ Me irrita mucho el momento sirenas y sonidos variados”, aportará Joan.

“Me camela”, me dice Blanca, la única de los fans de U2 con los que hablo que es, a la vez, fan de Kendrick Lamar —alguien, por tanto, susceptible a padecer el síndrome de Estocolmo con el que este rapero tiene bajo control a sus oyentes. “Al principio, he de admitir que me ha chocado. Pero me ha molado. Creo que es de esos temas que ganan con las escuchas”.

Lamar, nadie puede decir que no se lo haya ganado, es capaz de rapear salmos modernos; hacerlo con tono emo; dar instrucciones a Bono. Y lo hace. Quizás sea nuestra visión postmoderna la que nos lleva a reírnos del rap cristiano, pero respetar DAMN. Que nos burlásemos de las conversiones de Prince y Dylan a, respectivamente, cristianismo y judaísmo, mientras que otorgamos carta blanca al de Compton.

Visto con la perspectiva que dan siete días, DAMN. quizás no sea, como álbum, ese milagro que todo el mundo hablaba hace una semana; pero tiene canciones excelentes: DNA. podría bajar a Black Skinhead del podio canciones-para-enfadarse; con HUMBLE. te dan ganas de todo, menos de sentarte, bitch; ROYALTY. lo tiene bien fácil para convertirse en el tema R&B del año.

Es paradójico: aunque añoremos el espíritu guerrero de To Pimp a Butterfly, el sonido old roots de aquel álbum no solo no se echa en falta, sino que las canciones más despampanentes de DAMN. tienen producción über-moderna. Lamar, en lugar de mirar atrás con ira, firma un disco tan 2017 que solo puedes buscarte un buen refugio nuclear en el que bailarlo.

Kendrick Lamar, ‘el Bob Dylan de nuestro tiempo’, ya grabó su Blonde on Blonde hace un par de años. Ahora, como Bob de 1966 en adelante, quizás no le quede músculo para sacar discos redondos, pero sí singles enormes; más grandes que la vida. Amén a eso.

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