Cultura

“Cariño, ¡los Reyes te han traído el disco de The Clash!”. Yo fui un punk millennial adolescente

Así es crecer queriendo ser punk cuando has nacido en los noventa (Parte I)

I

“¿Desde cuándo te gusta el rock progresivo?”.

Es 2004, tengo 14 años y estoy en la cola del Carrefour, que antes de llamarse Carrefour se llamaba Pryca y que ahora, aunque se llame Carrefour –como si la imposición del nuevo nombre fuese una afrenta nacional; como si fuese lo peor que nos había hecho Francia desde que intentó colocar a José Bonaparte en el trono, en nuestro trono– mis padres continúan llamándole Pryca. “Vamos al Pryca”.

Así que aquí estamos: en el Pryca, como cada viernes, haciendo cola para pagar, mientras mi padre se queja de que “nos ha tocado otra vez la lenta”. Habla de la cajera, que cada viernes es diferente, pero siempre es, a ojos de mi padre, la lenta. Forma parte de la rutina de ir al Pryca, del que siempre salimos cargados de lo mismo: tanto embutido que podría provocar cinco infartos seguidos, cerveza como para abastecer un refugio antiaéreo y una no-tan-larga-como-esperas lista de otros.

Entre los víveres, destaca la portada amarillo-chillón de un CD.

Es el Never Mind the Bollocks, de los Sex Pistols.

“¿Desde cuándo te gusta el rock progresivo?”, me dice mi padre, cogiendo el disco. ¿Rock progresivo? ¿De qué coño se supone que habla? Si yo había metido el Never Mind the Bollocks en el carro, intentando camuflarlo entre la compra de la semana, era porque pensé que era una piedra fundacional del punk. Yo quería ser punk. Había leído un perfil de Sid Vicious en la Rolling Stone de ese mes, y lo tenía bastante claro: iba a hacerme punk.

“No es rock progresivo”, le contesto. “Es punk”. Mirada de desaprobación. “Punk”, escupe. “Yo siempre me peleaba con punks en la discoteca. En lugar de bailar, se dedicaban a empujar a la gente, y siempre acabábamos a hostias”. La cajera lenta devuelve el cambio y da el ticket a los clientes que teníamos delante. “Siguiente”, nos dice.

“Punks”, repite mi padre, dejando el disco sobre la cinta mecánica de goma negra, que llevará el Never Mind the Bollocks hasta las manos de la cajera. “No sé porque te identificas con esa gente”.

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II

Vale: el Never Mind the Bollocks es oficialmente la hostia. Es tan bueno que no puedo escucharlo en la minicadena de mi habitación; demasiado pequeña. Únicamente el dormitorio de mis padres tiene el espacio suficiente para, llevándome allí el walkman, hacer pogo contra absolutamente nadie. Mi madre pasa por delante de la puerta para llegar al lavabo y me ignora. Y qué. No feelings.

Ese baile demencial, ese empujarse contra la nada delante del tocador de mi madre, se aligeró en gran medida con la llegada del iPod: pese a no tener todavía conexión a Internet con la que descargar música, el aparato me sirvió para grabar en el los cedés, el cedé, y liberarme así del peso del walkman durante mi patética y solitaria danza.

La no-conexión a Internet no solo hizo que estuviera deglutiendo Never Mind the Bollocks durante meses, hasta saciarme, sino que convirtió a la Rolling Stone y su reportaje sobre Sid Vicious en mi piedra rosetta punk: sus fotos eran las únicas pistas sobre qué directrices seguir en cuanto a estética. ¿Es eso que lleva en el cuello un candado? ¿De dónde puedo sacar yo un candado?

Contadme lo que queráis sobre autogestión y 'do it yourself': yo, de los 14 a los 18 años, llevé colgado un candado que arranqué de una hucha del Barça.

Viviendo en el extrarradio, a media hora en coche de Barcelona y sin coche con el que ir a Barcelona, encontrar merchandising con el que significarte era prácticamente imposible. La sequía, agónica, terminó a finales de año, cuando la feria de Navidad llenó el pueblo de tenderetes de lo más variopintos –en una misma tarde, podías comprar algodón de azúcar, un CD-cover de Céline Dion interpretado con flautas de pan, o ungüentos aromáticos para eliminar los ronquidos.

En uno de los puestos, entre sudaderas de motocicletas Harley, imágenes de águilas y nativos americanos, de lobos y calaveras, estaba la sudadera: Sex Pistols; Anarchy in the UK; foto-montaje con la banda de los que causan epilepsia. “¿Tienes una M de ésa?”, señalo con el índice. “Solo me quedan XXL”, me contesta el dependiente sudamericano que regenta el tenderete.

“Me la llevo”.

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III

Estoy en Chari Pozo, la peluquería que frecuentan mi madre y mi abuela, y a la que me han traído en contra de mi voluntad, “porque no puedes llevar esos pelos”. Acepto, a regañadientes, a cambio de que me dejen comprar algo de leer mientras Chari –o una de sus secuaces– me esquila. La Rolling, claro; ¿qué si no? El número de este mes lleva una macro-lista con, fíate, “los 500 mejores álbumes de todos los tiempos”.

Mientras caen mechones de pelo sobre fotos del Pet Sounds, el Blonde on Blonde o el What's Going On, sondeo la lista en busca de la palabra “punk”. Ahí está, en el puesto 41, el Never Mind the Bollocks. En el 33 y el 77, respectivamente, los discos homónimos de Ramones y The Clash. Estos últimos, incluso llegan a colarse entre los primeros diez puestos, el octavo, con una referencia llamada London (cae mechón) Calling.

Me pedí los tres para Reyes. Me trajeron los tres para Reyes.

Porque sí: puede que mi padre acabase “a hostias” con los punks en los ochenta. Puede que mi madre no me dejase pedirle a Chari Pozo que me decolorara el pelo, ni que me hiciera un mohicano. Todo eso ocurrió, sí; pero, el 6 de enero, bajo el árbol, me esperaban, envueltos, discos que hablaban de esnifar pegamento; que hablaban de un Londres en llamas y de bombas estallando incluso más cerca, en Andalucía.

¿Tuvo la barrera idiomática algo que ver? En caso contrario, ¿estaban siendo mis padres demasiado tolerantes con mis gustos subversivos? ¿Eran realmente subversivos, 25 años después, unos discos que cumplían la misma función que un pack de perfume caro o unos calzoncillos de marca?

Quiero decir: ¿Había muerto el punk o, simplemente, había llegado a Carrefour?

“Mira, cariño”, dijo mi madre, de rodillas bajo el abeto, “¡los Reyes Magos te han traído también el Sandinista de The Clash!”.

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