Cultura

‘Alien: Covenant’ es la película más desobediente y punk de toda su saga

Puede que decepcione a los fans, pero ‘Alien: Covenant’ es una de las películas más personales de Ridley Scott

Alien y Star Wars nunca se habían parecido tanto. Quiero decir: es obvio que las dos tienen malditas aeronaves, las dos ocurren en el maldito espacio y las dos tienen, sean estos más o menos temibles, a malditos extraterrestres pululando por sus respectivas historias. Las dos son, además, las franquicias de sci-fi más rentables que jamás haya dado el maldito Hollywood.

Así era, por lo menos, hasta 2012. El estreno de Prometheus, la precuela de Alien, no vino para cambiarlo todo —allí estaban, de nuevo, las aeronaves, el espacio y los extraterrestres—, sino para evidenciar otro rasgo común entre las dos sagas; la de Scott y la de Lucas: las dos, mediante sus historias iniciáticas, nos descubrieron cuán irritables —e irritantes— podían ser sus respectivos fans.

Sí: en 2012, ser muy fan de Alien y pensar que Ridley Scott había hecho Prometheus para joderte única y exclusivamente a ti eran la misma maldita cosa. Ser muy fan de Alien, entonces, era desear que los mayas y su calendario estuvieran en lo cierto; así, por lo menos, la estúpida Prometheus dejaría de existir el 21 de diciembre. Y tú. Y Ridley Scott.

Pero al final no pasó nada. Prometheus sigue disponible en DVD, Blue-Ray y VOD. Los fans de Alien todavía respiran. ¿Y Ridley Scott? Ridley Scott se ha vuelto loco.

Solo un loco podría rodar algo como Alien: Covenant.

Las películas de Alien se parecen mucho a los Misfits: nacieron a finales de los setenta, dan muchísimo miedo y, dependiendo de la generación a la que pertenezcas, tendrás una u otra formación favorita. Eres o de Glenn Danzig o de Michael Graves. O de la tripulación del Nostromo original o de la USS Sulaco que aparecía en Alien³.

Alien: Covenant, en este sentido, nos sitúa una vez más a bordo de una nueva aeronave, la Covenant que da nombre al filme, a la vez que nos presenta una tripulación de colonos diferente a la de las películas anteriores —incluso el androide al que da vida Michael Fassbender, Walter, tiene unas características distintas al robot que el mismo actor interpretó en Prometheus.

Nunca una película había sido, como ‘Alien: Covenant’, tan canónica y tan punk a la vez. Tan autorreferencial y tan desobediente

Una tripulación, por cierto, en la que encontramos a James Franco y Danny McBride; Danny “ De culo y cuesta abajo” McBride. No diremos a cuál para no incurrir en un spoiler, pero sí que, a uno de los dos, Ridley Scott le mete fuego en el minuto cinco de Alien: Covenant. En los 118 que le restan hasta el final de la película, Scott se dedicará a filmar una pieza igual de incendiaria, pero esta vez contra sus fans más reaccionarios; aquéllos que sintieron Prometheus como un escupitajo en medio de la cara.

Para aquéllos, si Alien: Covenant cumple con su cometido, sentirán como si les apagasen encima un cigarrillo. En el brazo. Durante más de dos horas.

Alien: Covenant, para empezar, es tan parecida a Alien en estructura y progresión que el simple hecho de enunciarlo —“es tan parecida a Alien en estructura y progresión”— hace que te sientas culpable con respecto a los que todavía no la han visto. Y es que Ridley Scott, en su nueva película, se cita tanto a sí mismo que casi parece haber intentado rodar, con ella, una spoof-movie de Alien; burlarse de su yo-de-1979.

Ya sabes: como cuando miras tus fotos antiguas para reírte de la ropa que llevabas, pero mucho más caro y con el logo de 20th Century Fox al principio.

Decía Álex Angulo en El Día de la Bestia que el diablo siempre imita a Dios para reírse de él. Parafraseándolo, podríamos decir que Ridley Scott, imitándose a sí mismo, de quién se quiere reír es de los talibanes que en su día machacaron Prometheus. Nunca una película había sido, como Alien: Covenant, tan canónica y tan punk a la vez. Tan autorreferencial y tan desobediente.

Con Alien: Covenant, Scott sitúa su ópera prima frente a un espejo deformado: todo en ella recuerda y apela a Alien, pero de una forma estridente e incluso malintencionada. Así, lo que debía ser el rol femenino empoderado termina padeciendo vulnerabilidad de telenovela. Así, los apuntes sexuales dejan de estar sugeridos para transformarse en polvos con vaho de ducha que terminan en escabechina. Intergaláctica, claro.

Y es que puede que no sea elegante, pero Alien: Covenant es tan divertida como visionar un slasher con siete años, a través de la puerta entreabierta que da al comedor de tus padres.

Pese al confeti y las corbatas anudadas a la cabeza, Alien: Covenant es también la película más personal de Ridley Scott. No la más autoral; no la más arriesgada, sino aquella en la que el director, apropiándose del discurso de uno de sus personajes, realizará una defensa a ultranza de la libertad creativa que, de algún modo, sus fans le negaron con Prometheus.

El personaje en cuestión, David, es aquél droide que Scott nos presentó en la última película de la saga y que, de nuevo, vuelve a encarnar Fassbender —el actor, así, adoptará dos roles a lo largo del metraje. Reivindicando por boca David no la obediencia robótica, sino la pasión creadora —y destructora—, Scott se dirige a todos esos fans que creen saber, mejor que él mismo, qué es y cómo debe hacerse una película de la saga Alien.

Con todo; como todo, Alien: Covenant tiene contrapartidas negativas. ¿La mayor de todas ellas? Es como una clase de educación sexual en primaria: no puedes hablar con propiedad de lo realmente importante sin hacer spoilers. No puedes contar por qué Scott ha rodado la escena más memorable de su carrera con poco más que Michael Fassbender y una flauta de pico.

Alien: Covenant se abre con un “yo soy tu padre” y, desde ese momento, como pasa con todas las películas que incluyen un “yo soy tu padre”, sabes que no va a ser sencillo abordarla. Lo que no sabes, hasta que termina, se encienden las luces y las palomitas se te pegan en los zapatos, es que esa línea no solo es un diálogo de Guy Pearce: también es una declaración de intenciones con la que Scott, 38 años después de firmar una obra maestra del cine de terror, vuelve para reclamar su custodia.

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