Cultura

Albert Serra, el director de cine al que no le interesa el cine

Hablamos con Albert Serra, el director más irreverente del cine catalán

¿Qué te parece atractivo Luis XIV? ¿Qué te interesa de esta figura?

Albert Serra: "Nada".

Mañana se estrena La muerte de Luis XVI y Albert, su director, frena nuestra entrevista antes siquiera de que empiece.

¿Nada?

Albert Serra: "La figura no es muy fascinante; te diría que incluso desagradable. Lo que sí me interesa es el contraste entre su poder absoluto, excesivo, y la experiencia democrática que supone la muerte".

¿Te sientes, por lo menos, identificado con él en algún aspecto?

Albert Serra: "No".

Aunque lo niegue, Albert sí tiene tics de monarca absolutista: sólo sus pulgares se libran del oro; su foulard le da aire noble; es dictatorial en rodaje. “Todo el mundo se adapta enseguida a mi forma de grabar, porque no hay otra”. Cuando Serra me estrecha la mano, lo hace sin fuerza, casi dejando caer la suya de forma inerte.

No sé si ‘besamanos’ es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la cabeza.

Con La muerte de Luis XIV, Albert Serra culmina un ciclo que emprendió con Honor de caballería, la particular adaptación de El Quijote que fue su segunda película. En ella, Serra marcaba los parámetros de lo que sería su cine: revisitación de personajes clásicos, apenas un asomo de guión, ritmo mortecino, y actores no profesionales llevando el peso de la acción.

Dicho de otro modo: Albert Serra construyó un muralla entre su cine y el espectador medio.

“Yo nunca pienso en el público”, me dice.

Aun así, La muerte de Luis XIV, un fresco sobre los últimos días del monarca francés, no deja de sumar adeptos allá donde se proyecta. “Me sorprendió mucho que, al final de un pase, se me acercasen dos abuelas para decir se les había hecho corta”, revela. “Que la película guste a mucha gente no me importa. Lo que me molesta es que no haya otra mucha a la que disguste”.

No acostumbrado a que sus películas generen opiniones unánimes, Serra asegura que, aunque La muerte de Luis XIV sea su película “más amable”, ha trabajado todo lo que ha podido para invertir ese resultado. “Intenté incluir elementos más broncos en el montaje, pero cualquier escena heterogénea quedaba como un chiste. Uno malo”.

“La película es como Luis XIV: es lo que es”.

“Mi nueva película, igual que las anteriores, aquí será un fracaso”, asegura Serra, que dice vivir en “el país más nefasto de todos”. Aunque fue presentada en la sección oficial de Cannes y obtuvo el prestigioso Premio Jean Vigo, La muerte de Luis XIV está teniendo problemas de distribución en casa. “Ya la hemos vendido a muchos países, pero aquí está siendo muy difícil encontrar cines que la quieran programar”.

No es la primera vez que Serra, pese a recibir ovaciones en muestras internacionales, tiene dificultades para encajar sus obras en el circuito de exhibición catalán y español. Su anterior obra, Historia de mi muerte, a pesar de ganar el Leopardo de Oro en el Festival de Locarno, apenas pudo verse en algún cine de arte y ensayo.

El desinterés, por lo menos, es recíproco: “No me gusta absolutamente nadie del cine español”.

Que la película guste a mucha gente no me importa, lo que me molesta es que no haya otra mucha a la que disguste

Declaraciones de este tipo ya no sorprenden viniendo de alguien como Serra: en una entrega de premios, opinó que los actores catalanes deberían estar todos en Guantánamo. “¿Qué lleva a alguien a hacerse actor? Explícamelo tú, porque yo no lo entiendo. ¿Quieren que les aplaudan? ¿Que les digan lo guapos que son? ¿Esta gente que aporta? No aporta nada”.

Este discurso, fácil de defender cuando su equipo artístico estaba formado íntegramente por amateurs, se ha visto alterado con La muerte de Luis XVI, donde es el reputado Jean-Pierre Léaud quien hace las veces de protagonista. “Los actores franceses no tienen nada que ver con los de aquí”, matiza. “En Francia los actores son gente cultivada y seria”.

“Es algo que también sucede en Alemania: hay una tradición que hace que el actor no sea un idiota salido de una agencia de modelos”.

“Grabar en Francia siempre es más aburrido, porque los horarios son muy estrictos y está todo más regulado”, lamenta Serra, acostumbrado a llevar a su equipo al límite cuando rueda. Sin ir más lejos, en Historia de mi muerte uno de los actores tuvo que abandonar el rodaje tras una ingesta masiva de alcohol. ¿Qué highlight han dejado las bambalinas de La muerte de Luis XVI? “Jean-Pierre Léaud es una persona demasiado famosa para responder a tu pregunta”.

Por lo demás, aunque el catalán cerrado de sus películas haya dado paso a un francés de Versalles, la confección de La muerte de Luis XVI no ha distado mucho de la de otras producciones de Serra. “El 90% de los diálogos de la película están improvisados sobre la marcha”, asegura. “Mi metodología se sigue basando en la incomunicación: casi nunca digo nada a los actores; nunca miro lo que pasa en el set; cuando miro lo que pasa, no escucho”.

“La fricción que crea esta incomunicación hace que mi criterio sea lo único que pueda sacar a flote la película”, expresa. “Lo que hago es rodearme de elementos (guión, foto, actores) que tengo que salvar yo a la fuerza”. Sin esta crispación fílmica, no se entenderían obras cumbre del desconcierto como El canto de los pájaros, donde sus actores —que interpretaban a los tres Reyes Magos— se tuvieron que enfrentar a largos planos secuencia sin recibir ninguna directriz de Serra.

“Cuando trabaja conmigo, la metodología de un actor no sirve para nada”.

Aunque los que ya han visto La muerte de Luis XIV aseguran que nos encontramos ante un Serra más moderado y accesible que nunca, al entrevistarlo, Albert se expresa con la vehemencia que siempre le ha caracterizado. “No me gusta Orson Welles; Francis Ford Coppola y Stanley Kubrick me aburren”, me dice durante nuestra charla. “En general, aparte del que yo hago, a mí el cine me interesa más bien poco”.

“Me prometí a mí mismo que nunca más iría a ver una película de Hollywood, y he cumplido”, asegura. “A, veces, en el avión, chequeo alguna cosa. El otro día vi un trozo de la última de Tarantino, que es malísima”, dice de The Hateful Eight. “Pero yo, ir por mi propio pie a ver una película de Hollywood, nunca más”.

En general, aparte del que yo hago, a mí el cine me interesa más bien poco

Si el único cine que te interesa es el tuyo, ¿cuál crees que es la diferencia fundamental entre las películas que tú haces y las que hace el resto?

Albert Serra: "Mis películas no están hechas para ‘verse’. Mis películas son experiencias; no admiten un visionado superficial. La gente joven, quizás por la costumbre de ver las cosas fragmentadas y en pantallas pequeñas, no saben lo que es eso: meterte en un cine y experimentar un trip psicodélico; salir transformado de la sala".

"Ni soy nostálgico, ni pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero me da la sensación que antes buscábamos expandir la conciencia, con el Hi-Fi, con el LSD; ahora queremos comprimir las cosas, pasárnoslas en MP3. Y la experiencia, por definición, es expansiva".

"Mis películas son experiencias, y una experiencia no es transferible; no se puede compartir; sólo te beneficia a ti y, además, lo hace de una manera no evidente".

Ir a ver una película mía no es algo de lo que puedas sacar ningún provecho delante de los otros".

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