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Coldest Winter

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Puede ser que Kanye West se nos convierta en el Phil Collins negro, y ese es un motivo más que bueno para sacar de la nevera esa botella de Moët & Chandon que estábamos reservando para las grandes ocasiones y descorcharla con estrépito y generoso chorreón de espuma. Cada nueva canción que se filtra de su esperado “808s & Heartbreak”, su disco (sic) ‘inspirado en Coldplay’ y en el que apenas rapea, apenas produce beats y se dedica a cantar de manera afectada las luctuosas experiencias vitales acaecidas tras la muerte de su madre y el abandono cruel de su churri, apunta a ser un triunfo más para el disco de música negra más blanco de la temporada. Santogold, te jodes, cariño. Mientras el resto de homiez están que no saben muy bien qué hacer –porque Lil’ Wayne se lo ha comido todo este año–, West lo ha tenido claro: aparca el hip hop, se pasa al AOR, escribe un puñado de canciones rompebragas y rompecorazones inspiradas y descolocantes, se las coloca a todo quisque y a cobrar su multimillonario y bien ganado cheque. El único problema es que el efecto de vocoder –ese Autotuner original de la empresa de software Antares–, por mucho que nos lo vendan como lo más, sigue siendo cutre de narices: que ya lo usó Cher en “Believe” hace años, diantre, y después mucha gente del house choni (¿alguien se acuerda de Eiffel 65? Porque yo sí). Menos eso, todo lo demás nos parece muy bien, cómo no.

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