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“Soy mujer. Tengo la regla. Estoy en la Women’s March”. Crónica de un día para la historia

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“Mientras ayer me agobiaba en un metro abarrotado en dirección al centro de Washington DC, me vino la regla. No cuento esto para visibilizar mi ciclo menstrual. Lo cuento porque esta casualidad hizo que de repente odiara a todas las mujeres que cantaban y aplaudían en aquel vagón. Después, las cosas cambiaron. Como dijo alguien: 'estamos aquí, mira a tu alrededor, lo estamos haciendo". 

Alba Muñoz

22 Enero 2017 22:34

*Fotos de Guillem Sartorio


Ayer, mientras me agobiaba en un metro abarrotado en dirección al centro de Washington DC, me vino la regla. Aunque iba preparada, la ironía no me hizo ninguna gracia: “¡Mujer, vas a cubrir la Women’s March, celebra tu feminidad! Y una puta mierda”, pensé. 



No cuento esto para visibilizar mi ciclo menstrual. Lo cuento, en primer lugar, porque esta casualidad hizo que de repente odiara a todas las mujeres que cantaban y aplaudían en el vagón, a toda la gente feliz después de 18 minutos parados en las vías por el simple hecho de que iban a manifestarse, a formar parte de un acontecimiento supuestamente histórico por el que yo no sentía más que asco.



Cuando conseguí salir del embotellamiento del metro, busqué un lavabo para cambiarme, pero había demasiadas colas. “¡Mujeres, el tampón! ¿saben lo que es? ¡estoy aquí por trabajo!”, murmuraba en español, cabreadísima, mientras notaba la humedad en el pantalón.

De pronto vi unas escaleras que descendían al sótano de un edificio federal, y me fijé en una enorme cámara de seguridad enfocando hacia un pequeño rincón oscuro. De cuclillas, mirando al capitolio inmaculado y resentida con mi condición de mujer, me cambié el tampón el día de la Women’s March.

Incapaz de abrirme al ambiente que me rodeaba, a la gente que tomaba el mismo lugar donde el día anterior los seguidores de Donald Trump habían hecho cola para verle estrenar su cargo de presidente de los Estados Unidos, empecé a anotar en mi libreta los mensajes de los carteles que los manifestantes traían de casa:

“I am a nasty woman”, “Woman rights are human rights”, “Black lives matter”, “Love trumps hate”, “Save ACA”, “Pussy grabs back!”, “Left or right, wrong is wrong, “Dissent is patriotic”, “Our system is polluted by money”, “Smash patriarchy”, “No more second class citizens”, “Women are the future”, “Free Melania”.

Y finalmente: “I have my period”.



En ese momento mi corazoncito vibró, y justo después oí el mensaje de la organización: “Escucha a tu cuerpo, no marches si no puedes marchar”.

Cerré los ojos, respiré hondo y saludé a la chica que tenía al lado en ese momento, Cristine Silver (32), de Ohio, que me contó lo que le motivaba a estar una fría mañana de sábado en la capital: “No estoy aquí solo por Trump, es por el hecho de que tanta gente le apoye y no vean la corrupción, la misoginia, y la gran amenaza que representa”.

Cristine es psicóloga y trabaja con personas víctimas de agresión sexual, afroamericanos sin recursos hasta inmigrantes indocumentados: “Noto cómo los está traumatizando, y eso me afecta. Pero Trump también me afecta a mí. Aunque soy joven, tengo problemas de salud y no podría cambiar a un seguro sanitario como el que propone”.

De pronto la gente empezó a caminar a nuestro alrededor porque ya no cabían en las aceras ni en los cruces. La Women's March empezó mucho antes de la hora por abarrotamiento.

Según datos oficiales, medio millón de personas, en su mayoría mujeres, se manifestaron en Washington DC en defensa de los derechos de las mujeres, de la diversidad, y como muestra de rechazo a la recién inaugurado mandato de Donald Trump.  

En números totales, más de un millón de personas se movilizaron en Estados Unidos por un evento que nació en Facebook, al calor de la misma noche electoral del pasado 8 de noviembre.



Hubo réplicas de la manifestación en otras ciudades del país, como Chicago (que se colapsó, con 150.000 personas en el centro), Los Angeles, Park City o Miami.

París, Melbourne y Londres acogieron grandes marchas de apoyo internacionales, pero en muchos otros lugares del mundo hubo pequeñas concentraciones. Llegaron a alcanzarse los 670 eventos en total.

A Washington la gente llegó desde todos los rincones del país; en avión, coche privado y autocares. Muchos durmieron en casas de desconocidos, como Greg (26), de Nueva York, que trabaja en el sector de la moda y vino a apoyar a las mujeres, de las que dice sentirse muy cercano. Greg opina que Nueva York es una burbuja de respeto a la diversidad: "Yo soy del medio oeste y conozco gente que está empezando a sufrir las consecuencias de ir contra Trump. Se les insulta, se les está oprimiendo. En las calles hay cada vez más banderas confederadas. Me siento muy mal por estar lejos de mis amigos".

Tras hablar con Greg paseé entre las masas de gente para darme cuenta de la diversidad, de los distintos que eran todos. 

Había grupos de afroamericanas con sus hijos, ancianas que aún vestían como sufragistas, hippies con tics nerviosos y mujeres que parecían tomarse la protesta como una reunión de trabajo. Había manifestantes en silla de ruedas, nativas americanas, obesas, autobuseras, lesbianas, granjeras y musulmanas. Había maestras, ecologistas y latinas.



Y también había muchísimos hombres que respondían a todas estas categorías variopintas: desde gais hasta tipos rudos sosteniendo carteles con coños dibujados, padres canosos empujando carritos y abuelos elegantes con sombrero. Había tanta gente, tan distinta, que me pregunté quién no estaba allí. ¿Qué perfil podía no sentirse invitado a participar? Era una pregunta seria. Ningún grupo social dominaba el espacio ni la estética de la multitud.

Eso sí, se veían pussy hats por todas partes. Gorros de lana rosa tejidos a toda prisa como símbolo de la marcha y como respuesta a la frase de Trump que filtró la prensa, “Grab them by the pussy” ("Cógelas por el coño"). Al estar elaborados de forma artesanal, los gorros tenían grosores y formas muy variadas: fucsias y apretados, más finos y con las orejas pequeñitas, con cenefas y pins, o de color rosa páligo, grandes y caídos.

Me vinieron a la mente un montón de tetas distintas, e imaginé a todas esas mujeres desnudas, pezones de colores rodando por las enormes avenidas asfaltadas. El día anterior, en la inauguración de Trump, las gorras rojas habían sido complemento ganador, todas iguales y con un lema único: Make America Great Again.



De pronto vi un señor que lucía una gorra roja y que caminaba haciéndose el despistado. Me acerqué, pensando que sería un seguidor de Trump, pero leí: "America WTF". John Deacky, 76 años, soltó una carcajada sonora y traviesa. Este veterano de las fuerzas aéreas ya jubilado había venido desde Carolina del Norte para participar en la Women's March.

“He venido para protestar contra un gobierno que considero regresivo, y que hará más mal que bien a este país. El 90% de lo que dice Trump es mentira según los fact checkers".

John ha servido a su país durante 20 años: "Creo que somos todos criaturas de dios y que deberíamos amarnos más allá de nuestra fe. No creo que el señor Trump defienda eso, ni creo que esté cualificado. No podemos volver a 1950. He visto el auge de los derechos civiles, y rechazo volver a como eran antes. Y este presidente está empezando a hacerlo”.



En el escenario empezaron los discursos de las celebridades. Ashley Judd, Scarlett Johannson, America Ferrera, Madonna. Todas se expresaban desde una posición inaudita, al menos para mí: hablaban discursos como ciudadanas, como mujeres; se referían a situaciones cotidianas en las que pasan miedo, hablaban de cosas terrenales como pensiones, y de las mujeres de su familia. 

"¡La desigualdad no es un mito feminista!", gritó Judd. "¡Hemos venido aquí para ser respetadas!".

Más allá de las famosas, lo más impresionante fue ver, una tras otra, a representantes de colectivos tan distintos como las madres de jóvenes afroamericanos asesinados por la policía (que rapearon sus nombres al final del acto), refugiadas de la violencia en el Salvador, el presidente del sindicato sanitario 1199, a la líder de las musulmanas negras o a la presidenta del sindicato de maestros. Fueron tantas que hubo que cortarles el micro tras unos pocos segundos, para que se iniciara la marcha de una vez.



Alicia Keys cantó, Madonna cantó. A ratos, la ciudad parecía los restos de un festival o algo mejor, porque los guardas de seguridad, todos afroamericanos, chocaban con la mano a cualquier toda señora que pasara por delante. La marcha parecía una comparsa de seres amables y divertidos que en realidad sólo era gente común, ciudadanas estadounidenses.

Entonces me sentí en casa, me sentí en mí.

¿Qué era esa fuerza que une a gente tan distinta, esa especie de calor? ¿De dónde venía esta hermandad verdadera?

Venía de las mujeres, del feminismo. Ellas, a través de esta marcha, se convirtieron en el árbol del otros se agarraron: los inmigrantes, los defensores de los derechos laborales y reproductivos, los que protegen la naturaleza. Gente que está harta de sufrir, que solo quiere vivir en paz, sin violencia. Con dignidad.



Camille, de Pittsburg, abrazaba a sus hijos emocionada. Es afroamericana y esteticien. “Desde que ganó Trump estoy al límite, me preocupo por mis hijos cada día. Tengo miedo del futuro”.

Brenda Hernández viene de Las Vegas, Nevada, y trabaja en Planned Parenthood, la agencia de salud reproductiva que Trump ha anunciado que va a dejar de financiar: “La elección de Trump me ha afectado mucho y estoy preparada para la pelea. A las mujeres que votaron por él les diría que abran los ojos. Nunca nos va apoyar y nos va a ver como iguales".



Precisamente, le comenté a Brenda, ayer estuve preguntando a algunas mujeres que votaron por Trump. Me dijeron que no creen que Trump piense de verdad lo que dice, otras comentaron que creen que los medios de comunicación han iniciado una persecución contra su candidato. Todas coincidían en que necesitan cambios importantes en la economía, que entre dinero en sus casas.

Sin embargo, lo que más detestan de Hillary Clinton no era su defensa de los derechos de las mujeres, sino su defensa del aborto. Sólo ese derecho. A lo que Brenda contestó: "Lo que vivimos no es una revolución, es una evolución".

A la Women's March no solo asistieron votantes decepcionadas de Hillary Clinton. Mucha gente tuvo mensajes para Bernie Sanders, y por el fracaso de Clinton en las elecciones —no consiguó movilizar a todo el electorado que era susceptible de ello—, se sobreentendía que muchas de las presentes no votaron por ella.



Maryum Ali, la hija de Mohamed Ali, no vaciló en utilizar los pocos segundos que le dejaron el micro: "No abucheéis, votad". Y Donald Trump pareció oírla desde su cama presidencial, ya que al día siguiente, tuiteó: "¿Por qué estas personas no votaron?".

Espere, señor Trump, deles tiempo, me dije. No sabe la que se ha liado aquí hoy. Usted parece haber conseguido unir no solo a las feministas, sino a toda esa América que se siente ignorada y despreciada: "Nosotros somos América", "Así es como se ve la democracia", cantaban las manifestantes.

La batalla de Washington no ha sido entre entre las dos Américas, pues pobres e ignorantes hay en todas partes. Habiendo presenciado ambos eventos, diría que en Washington se desató una guerra entre el futuro y el pasado. No se sabe cuándo muere uno y el otro vendrá, pero resulta evidente que el pasado ya arrastra su fracaso desde el primer día en el poder. Aunque aún respire con bravura, parece que Trump nace muerto.

"Por muchos, muchos años, las mujeres han estado trabajando, pidiendo y mereciendo igualdad. Aún no la tenemos", dijo Mary Lee Adler, escultora octogenaria. "No podía quedarme en casa". Al escucharla, con la voz tan débil, no me cupo la menor duda de que la señora Adler no puede equivocarse.



A una de sus amigas le llamó la atención una niña que sujetaba un cartel: "Fight like a girl". La señora Adler se acercó para leerlo, sosteniéndose en el bastón, y se rió con lentitud. Le dijo a la niña que siguiera luchando, que la necesitamos. Pasó un hombre, y al ver la escena, señaló a la criatura con seriedad: "Eso es el futuro".

No se trata del simple orgullo de ser mujer, ni de seguir exigiendo igualdad ni el cese de la violencia. Se trata de que no hay futuro sin el bienestar de las mujeres, pero al mismo tiempo, ellas defendieron el bienestar de todos en la marcha. Esa es la clave que cada vez más personas parecen comprender: que el feminismo no es excluyente, sino un vehículo de cambio ultrasónico que necesita autoconfianza y apoyo. Ellas son el vehículo porque no pueden permitirse la renuncia. Diría que eso es lo que significa la frase "las mujeres son el futuro", que tantas veces leí en la Women's March.

A lo lejos, una mujer nativa americana cantaba desde el escenario. Sonaban los tambores y su voz ancestral. Un escalofrío recorrió a la multitud: tuve la sensación de que algo profundo, natural, daba patadas bajo nuestros pies, bajo el Capitolio. La señora Adler suspiró: "Estamos aquí, mira a tu alrededor, lo estamos haciendo".  



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