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El destino turístico más macabro del mundo se llama Trunyan

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Cuando la muerte se convierte en un espectáculo de masas

Blanca Galindo , David Simon Martret

19 Enero 2015 06:00

Todo empezó porque fuimos a la isla de Bali en busca de tranquilidad y desconexión después de cuatro meses viajando por el Sudeste Asiático. Nos habían hablado sobre la calidez de su gente, la riqueza de sus playas, lo económico que resultaba y la fuerte tradición budista con templos y ritos bastante bien preservados. Descartamos ir a Kuta y nos dirigimos a un pueblo de interior llamado Ubud en busca de más tranquilidad. Ubud no dejaba de ser una pieza más del parque temático en el que se ha convertido Bali. Al principio te venden Ubud como la auténtica experiencia de la artesanía tradicional y el arte balinés, pero entonces encuentras en cada esquina tiendas de tatuajes, recuerdos balineses de todos los tipos, espectáculos de danza, shows de música local, negocios de masajes… y todo tipo de cosas “balinesas” y no tan balinesas que alimenta la industria turística.

Hablando con un vecino entre cervezas nos contó sobre los huraños habitantes de Trunyan y su tradición de no enterrar a sus muertos. Desde hace unos cuantos años, nos contó, esa inusual práctica se había convertido en una especie de atracción turística macabra. Aquello nos impresionó. Al parecer, los “huraños habitantes de Trunyan” se caracterizaban por apedrear los coches forasteros que pretenden acercarse. Conocidos de nuestro amigo local que habían estado allí contaban que los habitantes de Trunyan eran de otra pasta: hostiles y de poco fiar, hablaban de historias de timos a turistas, de pagos desorbitados para no dejarlos en medio de un lago sin gasolina y de un tour por su cementerio para visitar cadáveres en descomposición y calaveras apiladas. Todo muy tétrico. Nos decidimos a hacer el dichoso tour.

Trunyan se encuentra en una remota y aislada orilla del lago Batur, en el interior de la isla de Bali, y es allí donde los “Bali Aga” (descendientes directos de los Balineses originales) han vivido durante miles de años rigiéndose bajo el auspicio de antiguas normas, reglamentos y costumbres. Nuestro tour comenzó de verdad tras un fuerte regateo para que nos condujeran al pueblo. Tras un acuerdo “amistoso” de 100.000 rupias por persona (aproximadamente unos 7 euros) fuimos escoltados por un guía trunyareño espontáneo hasta el mismo pueblo. La primera parada fue el templo Pura Pancering Jagat, conocido también como el templo del ombligo del mundo. En su interior (nos explicó nuestro guía) crece un árbol banyan que dicen que tiene más de mil años. Los jóvenes solteros de Trunyan que han de someterse a un período de purificación ritual y aislamiento se enclaustran en este templo, y allí se abstienen de cualquier contacto sexual y aprenden oraciones. Para finalizar el proceso de purificación les exigen que viajen mendigando por Bali.

Nuestro guía nos explicaba esto con cierta pasividad, mientras nos paseaba por el pueblo apartando a los mendigos locales que nos abordaban con muy mal humor. Después de atravesar el pueblo (literalmente, cuatro casas) nos subieron a una canoa para atravesar el lago y llegar al cementerio. Entre remo y remo por las aguas tranquilas del lago, nuestro guía nos iba relatando la historia del cementerio. Nos habló de una antigua profecía que dice que "si alguna mujer llega al cementerio mientras se consuma el funeral del cadáver, habrá un tremendo desastre en la aldea, como deslizamientos de tierra o una temible erupción volcánica que la devastará". Por esta razón las mujeres tienen prohibido visitar el cementerio cuando se lleva un cadáver. Durante el trayecto en canoa, uno 15 minutos, fuimos bordeando algunos de los  cementerios que no podíamos visitar. Primero pasamos por el Sema Bantas-ste, el cementerio donde estaban los cuerpos con defectos, los muertos por accidente, enfermedades o suicidios.

No pudimos vislumbrar nada ya que aquello estaba engullido en la selva. A continuación pasamos por el cementerio reservado para los jóvenes, los niños y los adultos no casados, eso sí, era necesario que tuvieran literalmente todos sus órganos intactos y sin defectos. Finalmente, después de crear tanta expectativa, llegamos al Sema Wajah, el cementerio principal cuyos requisitos son ni más ni menos que ser adulto casado, sin defectos y con los órganos en buen estado.

Lo primero que uno encuentra al llegar era un cartel de bienvenida en inglés (sí: welcome) seguido de una calavera situada en un pedestal en la puerta al que hay que depositar algunas monedas. Cruzando la puerta principal y adentrándonos en la selva, distinguimos a escasos pasos las estructuras de bambú donde yacen los muertos en descomposición. Nuestro guía permanece fuera, pero otro guía se posiciona de espaldas a las jaulitas de bambú y nos cuenta que la tradición de “entierro” (porque enterrar no entierran nada) se remonta al neolítico. Al mismo tiempo animan a los turistas a acercarse, a fisgar entre las rejillas del bambú, a hacer fotos lo más cerca posible de las caras e incluso a coger alguna calavera para posar con ella. Las reacciones de los aventureros y exploradores visitantes se debaten entre el asco y el terror. La expedición continúa amenizada con la insistencia del guía en olisquear el terreno (que curiosamente no producen ningún tipo de olor) para demostrar cómo el árbol sagrado engulle el hedor de la putrefacción. 

Texto y Fotos: Leafhopper Project // Blanca Galindo y David Simon Martret

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