Reportajes

Las mentiras, la ropa y los deseos: Trump coronado, un día como en las mejores familias

La ceremonia de Trump, contada desde dentro

Fotos de Guillem Sartorio.

El hogar es ese espacio imperfecto donde no necesitamos fingir, un lugar que no cambiaríamos por otro porque, en el fondo, es donde nos sentimos a gusto, cómodos. Pero no exactamente libres.

Ayer la explanada del Capitolio se convirtió en el salón común de miles de americanos. Una gran alfombra invisible y un inmenso sofá con mantita que acomodó a unas 250.000 personas, que acudieron a la toma de posesión de Donald Trump como 45 presidente de los Estados Unidos.

No estaban especialmente emocionados, sino cómodos, sosegados; enormemente satisfechos.

Aunque la victoria electoral de Trump ha sido una de las noticias recientes más impactantes y decisivas a nivel global, ayer muchos de sus votantes mostraron el mismo bienestar que uno siente cuando se acurruca con la familia para ver esa película que sabe de memoria, y que le da calor antes de ir a la cama.

De hecho, es posible hablar del nuevo presidente de EEUU, y de la ceremonia que lo ha coronado, refiriéndonos a asuntos domésticos: la ropa, las discusiones familiares, las canciones favoritas, los deseos y las mentiras.

La ropa

“Es un día de celebración en América. Amo este país. Me saltan las lágrimas cuando pienso en lo que América significa para mí. Por favor, si pueden, disfruten de este maravilloso día”. Nancy lo deseaba de verdad, y lloraba de verdad. Esta jubilada de Carolina del Norte, que ocupó un banco de la explanada del National Mall con su hijo y su marido, se mostró dulce y dialogante con los votantes de Hillary. Pero desde el alivio, desde la victoria.

Fueron muchas las familias que llegaron de estados lejanos para acompañar a Trump en su inauguración, familias blancas de veteranos, cowboys o profesionales liberales —abrigo negro, corbata roja, bufanda colgando del cuello— acompañados por sus esposas, y grupos de adolescentes de mejillas rosadas y ojos glaciales que escupen en el suelo. Sobre todo, hubo una enorme masa de gente con chubasqueros, zapatillas deportivas y bolsas transparentes llenas de barritas de cereales y bocadillos. Todos llevaban alguna chapa, prenda o bandera que hacía referencia a un águila, a Trump o a la bandera nacional de los Estados Unidos.

En cuanto a vestimenta creada para la ocasión, los ciudadanos más creativos mostraban la cara de Hillary Clinton decepcionada —“Nope”—, o pedían su encarcelamiento —“2017, Hillary in jail”—. Una jugada inteligente y cargada de significado por parte de los seguidores de Trump fue convertir un insulto de la candidata en algo que les une: Hillary calificó de “deplorables” a los votantes de Trump, y ellos convirtieron el insulto en camisetas de simpáticos Minion con gorra roja: “Deplorable me”.

La gorra roja con el mensaje Make America Great Again fue la prenda más vista. Durante toda la jornada, vendedores afroamericanos, latinos y blancos pobres se encargaron de venderlas a los visitantes. Ellos también las lucían: “¡Banderas para un día histórico!”, “¡Recuerde este día!”, “¡Vista los colores de Trump!”.

Las discusiones familiares

Donald Trump ha llegado al cargo como el presidente más viejo de la historia de la democracia en EEUU: a los 70 años. Es un magnate de los negocios inmobiliarios, rico de nacimiento, mediático y polémico por vocación. 

A lo largo de su carrera, no solo se ha conformado con ganar dinero, sino que ha creado un aura a su alrededor, un personaje, a través de apariciones en los medios de comunicación y reality shows: el de empresario de éxito americano, hombre hecho así mismo, con suficiente dinero como para no tener que disculparse ante nadie.

La realidad es que Trump venció el pasado 8 de noviembre gracias al sistema electoral norteamericano. Hillary consiguió casi tres millones de votos más que él. Pero el empresario jugó la batalla política a machetazos.

Trump se esmeró en una campaña agresiva, resentida, triunfal, plagada de incoherencias y grandilocuencias, de comentarios sexistas, homófobos y racistas. Se atrevió a decir —en un atril en prime time si hacía falta—, muchas de las cosas que su público principal, la América blanca, tanto de los negocios como la obrera, solo comenta al apagar la luz de su mesita de noche, en la parroquia o en el bar: nosotros, los americanos, no nos merecemos vivir en esta precariedad.

Es cierto que Trump no ha creado la desigualdad económica que ha seguido perpetuándose durante el mandato de Obama, tampoco las tensiones raciales, intensificadas durante los últimos años.

Pero Trump sí ha avivado la tensión racial y el machismo durante la campaña, y ha dado a entender que los americanos que va a salvar no son precisamente todos. Ya ha anunciado que será muy duro con los migrantes, quiere destruir el plan sanitario Obamacare (que da cobertura a más de 20 millones de personas) y sustituirlo por un sistema de seguros sanitarios. También se ha anunciado que quiere retirar la financiación a Planned Parenthood, vital para la salud reproductiva de las mujeres en EEUU.

Carol, enfermera y veterana del ejército retirada, asegura que Trump ha partido a su familia en dos: “Es país está muy dividido, pero todos tenemos derecho a manifestar nuestra opinión. Soy muy anti Hillary y tengo a familiares que la votaron. Hemos llegado al punto de no poder hablar del tema, genera demasiada controversia”.

A pesar de todo, Carol se muestra feliz con su nuevo presidente: “Él hará el cambio porque no es político, ha tenido éxito como empresario. Soy muy optimista”. Sobre las críticas que se han vertido contra Trump, Carol relativiza: “Los medios manipulan tanto que ya no sabe uno dónde está la verdad. Mira, las mujeres también decimos cosas impropias de vez en cuando”.

Las canciones favoritas

Trump protagonizó un gran show durante la campaña, por eso la ceremonia de inauguración no fue exactamente como muchos esperábamos. El presidente más impopular, temido y cuestionado de los Estados Unidos, el primer presidente boicoteado por decenas de congresistas del Partido Demócrata, estaba destinado a culminar su ascenso al poder en una ceremonia que algunos imaginábamos parecida a un sacrificio azteca: miles de personas enloqueciendo ante el líder rubio, mientras devora el corazón de inmaculada candidata del sistema, Hillary, percibida como un demonio blanco, como una verdadera hipócrita y corrupta.

Pero después de largas colas bajo un cielo encapotado, desembarcamos en una explanada semivacía, donde sonaba Revolution, de los Beatles, una y otra vez, entre canciones menos importantes de Elvis y Backstreet Boys.

El clima era liberador. La inauguración de Obama, desde luego, fue mucho más apretada: el primer presidente negro llenó la explanada del National Mall con 2 millones de personas, e hizo vibrar y llorar a buena parte de los asistentes y telespectadores que lo seguían en directo. En la de Trump, simplemente, se respiraba buen rollo. Los supporters tuvieron espacio para hacer un picnic o jugar con el perro. Estaban en paz, pero no a lo hippie, claro.

La crispación, por el contario, se encontraba fuera del recinto, al otro lado de las vallas y de las brutales medidas de seguridad. Mientras la gente comía bocadillos a la espera de que sucediera algo en las pantallas, el centro de Washington se agravaban las protestas contra Trump. Hubo destrozos del mobiliario urbano, fuego, gas pimienta. La jornada terminó con más de 200 detenidos.

Entonces Trump encendió la tele del gran salón y se hizo, durante más de una hora, un silencio eclesiástico. El público estaba tan absorto, tan a gusto, que lo único que se oían eran los tacones de Michelle Obama. La gente comentaba en el gran sofá, con sus familiares, picoteando frutos secos y chucherías: “Me gusta su vestido”, “Ella es la esposa de Pence”.

Las únicas distorsiones las provocaban los grupos de estudiantes racialmente diversos que habían asistido a la inauguración como una actividad de su instituto, y que no temían en gritar, “¡Obama, te quiero!”, entre la multitud. Los disidentes fueron amablemente tolerados. Algunos mostraban sus pancartas indentificando al Ku Klux Klan y a Hitler con Trump, clamando al apocalipsis, pero estaban desactivados.

Incluso el "mal karma" de los chicos vestidos de negro, con pasamontañas y carteles donde se leía "Ningún ser humano es ilegal", y que caminaban deprisa como si fueran a poner un petardo, eran terriblemente ignorados. No tenían ningún poder ante la placidez de los hechos consumados, ante una película de la que todo el mundo conocía el final.

Solo el rostro de Hillary despertaba la ira del público, los abucheos viscerales. Y su cara ampliada mostraba su dolor de villana.

Los deseos

Trump bajó las escaleras del interiores capitolio con su cara de papá gruñón, sus morritos, sus cejas peinadas hacia arriba y su mirada de sheriff que ha llegado a la ciudad para ocuparse de “la carnicería americana". Durante su discurso dibujó, como un gigante patriarcal y protector, un país terrible, azotado por la pobreza, un desierto de fábricas cerradas y lleno de zombies drogadictos.

En este punto, todos los asistentes estaban sentados en sus inmensas rodillas, escuhando sus advertencias sobre lo peligroso que es todo ahí fuera. Necesitándole.

Los medios calificaron el discurso inaugural del presidente de siniestro, populista, nacionalista. Y así fue. Pero bajo esas gotitas frías de aguanieve, era lo que sus votantes querían escuchar. No importa que America First fuera el eslogan de los nazis antisemitas durante la Segunda Guerra Mundial. Papá Trump sabe lo que se hace.

“Lo que queremos es un cambio real, acción”, dice David, profesor de historia en un instituto de Nueva York. "Hemos perdido el estilo de vida americano. Durante el los años noventa del siglo XX, nosotros lo construíamos todo. La gente quiere que la industria vuelva de China. Pero no solo por tener trabajo, sino por tener buenos trabajos. Queremos alimentar a nuestras familias y llevara nuestros hijos a la universidad”.

“A partir de ahora”, dijo Trump, “América primero [...] Nunca volveréis a ser ignorados”.

Más allá de sus aristas como personaje, el nuevo presidente de los Estados Unidos ha sabido vehicular la ira contra el establishment y las desigualdades propiciadas por los gobiernos neoliberales. Ha sabido implantar la ilusión por un futuro nostálgico, obrero, pero sin sindicatos.

Todo ello como si él, miembro de una élite empresarial, no formara parte de los lobbies corporativos que de hecho, han absorbido soberanía a muchas democracias de Occidente a través del sometimiento económico de sus gobiernos. 

“No confío en ningún político”, dice David, “pero él lo tiene todo, es millonario. No está aquí por el dinero. Va a enfocarse en nuestras necesidades reales”. Trump es élite, pero no político. Así lo perciben sus seguidores.

Aunque su ceremonia haya recaudado fondos récord de gigantes como Chevron, Boeing, los Adelson — 100 millones de dólares, casi el doble que Obama— y que esos fondos sean ofrendas a cambio de futuros favores que no tienen por qué repercutir en los sueldos de los trabajadores; aunque sean las empresas las que deciden irse a China para reducir costes, la idea que permanece es que los empresarios son quienes dan el trabajo a la gente, y si las condiciones son malas, es culpa de los políticos.

Las mentiras

—¡Ella es fake news, no le respondas!

—No es fake news porque está preguntándome a mí —dice Neil, de Nashville, a sus amigos. 

Neil ha venido para celebrar que Estados Unidos vuelve a tener un presidente republicano. Aunque va vestido con un traje de estrellas y una gorra roja, se muestra escéptico con su nuevo presidente: "No creo en todo lo que dice Trump, toma posiciones muy distintas en todos los temas. Es alguien en quien proyectar tus sueños si eres de la Middle America. He venido a ver a unos amigos, a celebrar el momento histórico y a emborracharme. Mañana cumplo 25 años".

Trump podría ser un fake president. Además de que obtuvo menos votos que Hillary, hubo un 42% de abstención. Pero le creen. Y si sus seguidores le creen, precisamente, es porque dice mentiras. "Él no es político y dice lo que piensa. Al menos es auténtico", dice John, de Carolina del Norte.

John siente que su presidente no preocupa por las ofensas y las inexactitudes, y eso le da credibilidad.

Trump ha conseguido construir otro tipo de verdad, la que se origina desde la propia experiencia, y contra la verdad de otros. Es fácil que un votante antiestablishment perciba que los medios publican demasiadas noticias negativas sobre Trump; es fácil que sientan que quieren derribarle a toda costa.

"Mi familia se asentó aquí en 1742, y todavía hoy poseo mis tierras. Hemos luchado en todas las guerras, hemos levantado negocios. Trump nos devolverá a donde estábamos antes", dice John, mientras una mujer distinta le observa. Se llama Joanne Spottedbear y es nativa americana. Luce una gran pluma, y collares tradicionales de su pueblo. 

"Esta gente se creen los dueños de este país, pero nosotros estábamos aquí desde mucho antes. Ellos son los inmigrantes". Joann es de Nevada, y representa a la comunidad Wounded Knee. Ha venido sola a la inauguración, a plantar cara a Trump. "Me da igual quien mande, llevamos siglos así", dice mientras saca de la pechera un certificado oficial que acredita la antigüedad de su pueblo. "Trump dice muchas mentiras, pero ellos quieren creer la mentira".

La gente empieza a salir en masa del recinto, la ceremonia está terminando. Joanne permanece quieta, como un tótem, entre las masas. Acepta hacerse fotos, y grita en su lengua, "¡agua es vida!", sonriendo al cielo. De pronto, suena el himno y todos se giran y se convierten en estatuas. Mano al pecho y mirada al vacío.

En este país que se circunscribe al salón de una familia blanca venida a menos, Joann es un souvenir pintoresco.

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