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El gran error que estamos cometiendo para impedir los abusos a menores

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Todos somos, en mayor o menor medida, cómplices

Rafa Martí

30 Mayo 2016 06:00

“¿Qué más da que chupe una polla a que chupe un biberón? Total, si ya ha chupado una teta... ¿Qué más da?...”. “Si yo soy bueno. Si le hace daño, paro. Hay otros que siguen” “El niño se lo pasa bien y además lo consiente, no hago nada malo”.

Son testimonios reales de pederastas recopilados por forenses. Justificaciones macabras para apartar la vista a lo que han hecho. Un autoengaño que se repite en ellos hasta llegar a creer profundamente que sus actos no son tan graves.

La reacción natural al escuchar un testimonio así es experimentar una gran repulsión, reclamar duras penas a los criminales y apartar la mirada ante una realidad tan repugnante. Sin embargo, es este silencio colectivo el que, según los profesionales que han abordado el problema de la pederastia, permite que casos así se perpetúen. Repasamos con ellos lógicas y soluciones de este crimen.

Esto no puede estar pasando”

Margarita García Marqués es psicóloga clínica y fundadora de la Asociación para la Sanación y Prevención de los Abusos Sexuales en la Infancia (ASPASI). A su juicio, el círculo vicioso del abuso comienza con apartar la mirada. 

¿Resultado? Víctimas que no quieren creer que eso les ha pasado y callan. Familias que pasan página para no enfrentarse a la realidad. Abusadores que quitan hierro a sus acciones para justificarse. Y jueces y médicos que terminan por dar carpetazo a estos casos.

Ese es el caso real de María (nombre ficticio): Silvia (también ficticio), su hija de 3 años decía que tenía “caliente el chichi” después de que su padre hubiera abusado de ella. Sin embargo, la doctora que la atendió afirmó que la niña simplemente se expresaba como si tuviera 5 años. El juez que se encargó del caso llegó a decirle “que se buscara un novio y que dejara de denunciar a su exmarido”.



Lo mismo le pasó a Carol. Su nieta Andreína comenzó a ser abusada con dos años. El agresor, también el padre, fue absuelto por falta de testimonios. Todo esto a pesar de que había informes médicos que determinaban que había abuso sexual y que el agresor tenía antecedentes por violencia de género. En su defensa llegó a decir que la niña era la que se introducía muñecas en la vagina.

Son historias que suenan inverosímiles y que hacen pensar que, al final, la justicia parece la peor alternativa para combatir el abuso.

La realidad es que el 87% de abusos sexuales a menores se produce dentro de la propia familia, y que, en España, una de cuatro niñas ha sido abusada. Mientras, en los niños, la estadística es uno de cada seis.

Desde hace 15 años, García Marqués se ha enfrentado en numerosas ocasiones a testimonios como los del inicio de este reportaje. Ha tratado con pederastas, con las víctimas y con la mirada esquiva de la sociedad. Mirar de frente esta realidad es un primer paso para rectificar esta lacra. Lo siguiente es entender las causas de la pederastia.


Hay testimonios que llevan a pensar que la justicia es la peor de las opciones para combatir el abuso



Las víctimas pueden ser abusadores potenciales

Las tipologías de abusadores pueden ser infinitas. Sin embargo, para el psiquiatra forense Lluís Borràs, con una amplia experiencia tratando a pederastas, hay algunas que se repiten más:

“Los hay evitadores, personas con enormes problemas para sociabilizarse, con un carácter tímido que no se atreven a tener relaciones con personas adultas. También hay abusadores porque han sufrido traumatismos craneales en la infancia, que por ello han modificado su preferencia sexual hacia los niños y no tienen control para evitar los abusos. En menor medida, también están los psicópatas: personas que no empatizan con el dolor ajeno y que se excitan haciendo daño a los demás, sin importarles que sean niños o adultos. Junto a todos ellos, también hay personas con inclinaciones pedófilas sin motivos claros e incapaces de controlar sus impulsos”.

No obstante, la tipología de abusador más común es la de la persona con inclinaciones sexuales hacia los niños por haber sufrido algún tipo de abuso de pequeño. Borràs dice: “Al menos el 20% de las víctimas de abuso se convierten en pederastas y la mayoría de pederastas han sido abusados de pequeños”.

“Han aprendido esa conducta sexual y la pueden ver como normal”, dice Borràs. Estas experiencias sexuales pueden llegar a modificar el deseo, viendo la atracción hacia los niños como una opción más. Pero por encima de la atracción, que se hayan relacionado con ellos a través del abuso les puede llevar a repetir esa conducta independientemente de que sean o no pedófilos.

García Marqués, por su parte, asegura que no es solo el aprendizaje, sino que la víctima también puede tener una rabia contenida y devuelve a la sociedad su sufrimiento: “Han sido víctimas y cuando son adultos quieren cambiar los roles, hacer a otros lo que les hicieron a ellos. Si en su día ellos fueron los débiles, ahora tienen la oportunidad de ser los fuertes”.

Según los expertos, la mayoría de abusadores no son violentos o agresivos con los niños. El abuso sexual comienza muchas veces con un juego o con regalos a cambio de favores sexuales. “Los niños incluso lo ven como un juego y les puede llegar a gustar, pero no son conscientes de las terribles secuelas que eso les está generando”, dice García Marquès.

“Nunca llamaría monstruo a un pederasta porque siempre hay una infinidad de razones para explicar sus conductas y, en la mayoría de los casos, se pueden evitar”, asegura Borràs.




El grueso de abusadores son personas con inclinaciones sexuales hacia los niños por haber sufrido abusos de pequeños



Contra el círculo vicioso, el círculo virtuoso

El tabú social sobre la pederastia no se puede desvincular de que existan pederastas. La dura vida en silencio de las víctimas es una fábrica de futuros abusadores. Por eso, la solución a la lacra social de la pederastia comienza con tratar a las víctimas de abuso sexual desde el primer momento.

“Que los niños tengan mecanismos para contar lo que les han hecho sin que nadie les juzgue, que los mayores les comprendan y que estos, a su vez, sepan detectar cuando se está produciendo un abuso y que sepan cómo actuar es lo principal”, dice García Marqués. “Los niños que superan el abuso de pequeños tienen muy pocas posibilidades de desarrollar una tendencia pedófila u otras parafilias de riesgo hacia los niños”, continúa la psicóloga.

El segundo paso es tratar al pederasta. El abusador de menores siempre se puede rehabilitar, a excepción de casos extremos como los de psicopatía, o de otros que tengan la tendencia muy arraigada. “Una persona que ha cometido 30 abusos es difícil de rehabilitar, pero una que lo ha hecho una vez, es perfectamente posible”, dice García Marqués.



La terapia psicológica consiste en hacer consciente al pederasta del dolor que provoca a los demás. Un dolor que en el momento del abuso es muy difícil de percibir, pero que puede marcar a las víctimas de por vida con problemas graves de autoestima, culpabilidad, hermetismo o inestabilidad emocional. También hay que hacerle ver el dolor que le han infringido a él mismo (sobre todo si ha sufrido también abusos) y que perpetuando los abusos no conseguirán acallarlo. “Tienen que humillarse y reconocerse débiles. Y luego, reconocer que lo que hacen está mal”, añade la psicóloga.

La terapia parece fácil. Pero no todos los pederastas reconocen que tienen un problema. García Marqués dice que “muchos vienen obligados por familiares y solo le quitan importancia a lo que han hecho”.

En estos casos, antes que llegar a la terapia, las medidas pasan por marcar de cerca a los potenciales abusadores y negarles esa posibilidad desde los primeros síntomas.

“El abuelo comenzó tocando a las amigas de su mujer. Pero ella hizo la vista gorda. Luego comenzó a tocar a las novias de los hijos y terminó metiendo mano a las nietas. Si la mujer no hubiese mirado hacia otro lado cuando esa persona comenzó a tener comportamientos abusivos, esa persona posiblemente no hubiese sido un abusador y luego un abusador de menores”, asegura García Marqués.




Castración química

Cuando las terapias psicológicas o los tratamientos sobre las conductas de los pederastas fracasan, todavía quedan alternativas. La mayoría pasan por el uso de fármacos que actúan sobre el deseo sexual. Los más conocidos son los recaptadores de serotonina, o los que reducen la testosterona en los abusadores. Esta es la hormona responsable del impulso sexual, y la que lleva a cometer un abuso.

Pero la mayoría de estos tratamientos se aplican sobre personas que ya han cometido el abuso. Y se usan como un remedio para su rehabilitación. En algunos casos ya es demasiado tarde.

El psiquiatra investigador sueco Christoff Rahm, del Instituto Karolinska de Estocolmo (institución que organiza los Premios Nobel) está desarrollando un ambicioso e innovador proyecto para tratar farmacológicamente a los pedófilos, antes de que se conviertan en pederastas. (Aquí puedes apoyarlo)

Según él, hay casos en los que no hay una explicación de causas sociales a la pedofilia. El impulso sexual hacia los niños permanece como un misterio que no se puede resolver con terapia. Y esa población pedófila, sin opciones para vivir su sexualidad si no es cometiendo delitos, es una población que está en riesgo de cometerlos. 

Rahm ha tratado con numerosos pedófilos que reconocen su condición y que no quieren cometer abusos. Ven con buenos ojos el tratamiento farmacológico que está desarrollando Rahm y varios de ellos han participado en su experimento.

“A diferencia de otros tratamientos químicos que se usan para impedir el abuso sexual a menores, mi experimento se basa en la prevención. Y las primeras pruebas que hemos obtenido han demostrado una efectividad del 97% sobre las funciones cerebrales que regulan el impulso sexual”, dice Rahm.

“En todo caso, en la lucha contra los abusos a menores, hay que actuar antes de que el daño se haga”, concluye el investigador sueco.

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