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Pachucas: la subcultura mexicana que desafió las normas de género en los años 40

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Las pachucas eran las chicas malas de Los Ángeles. La opinión pública las tachó de putas, drogadictas y asesinas. Pero fueron pioneras sin saberlo

Elena Rue Morgue

16 Diciembre 2016 10:00

En 1942, la ciudad de Los Ángeles era una auténtica bomba de relojería. La tensión entre los militares a los que enviaban a descansar del frente y la transgresora subcultura mexicana de los pachucos no paraba de aumentar, y solo era cuestión de tiempo que aquello reventara de una forma u otra.

El momento llegó en la mañana del 2 de agosto de 1942, cuando en las proximidades de Sleepy Lagoon, una zona de reunión para los jóvenes chicanos en aquella época, apareció el cuerpo de José Díaz, un granjero de 22 años.

La policía de Los Ángeles utilizó el asesinato para iniciar un ataque contra la juventud mexicana, a la que consideraban que debían dar una lección. La onda expansiva también llegó, claro, hasta las mujeres.

De un día para otro, las jóvenes mexicanas pasaron de vivir en el anonimato a aparecer en los titulares de los diarios relacionadas con un terrible asesinato. De pronto, la palabra "pachuca" dejó de ser un término que la mayoría de yanquis jamás habían escuchado para convertirse en sinónimo de puta, drogadicta y asesina.



¿Quiénes fueron las pachucas?

Llevaban tupés de medio palmo, trajes de hombre y minifaldas 20 años antes de que Mary Quant nos diese permiso para enseñar las piernas. Se reunían en las esquinas de las calles y en los bailes. Bebían, fumaban y se metían en líos. Hablaban en un mix entre inglés, español e idiomas indígenas y retaban constantemente al concepto prefabricado de feminidad.

Las pachucas eran el equivalente femenino de los pachucos, o zuit suiters, una subcultura nacida entre la juventud mexicana inmigrante en los Estados Unidos.



Vestían con las mismas chaquetas que sus compañeros. Su maquillaje era contundente, con ojos y labios oscuros, y usaban faldas por encima de la rodilla cuando aquello suponía un auténtico escándalo. Les encantaban las medias de rejilla y los calcetines altos. Algunas incluso preferían llevar el zoot suit al completo y vestir igual que los hombres. Las plataformas les gustaban como los tupés, a más altas, mejor. Algunos decían que en su peinado escondían una cuchilla de afeitar para cuando las cosas se ponían feas.



Cuando hoy las miramos, vemos a mujeres fuertes que, probablemente, fueron feministas sin saberlo. Que se enfrentaron con su actitud y su estilo a una sociedad que no las quería allí. Vemos una subcultura que desafiaba las normas del género y de la moda.

Pero en la década de los 40, cuando las pachucas mexicanas se paseaban por las calles de Los Ángeles, la historia era bastante diferente. Estas jóvenes escandalizaban sin necesidad de abrir la boca. Y cuando la abrían, hacían que las señoras murmurasen mientras agarraban fuerte el bolso.



La demonización de las pachucas

Aunque los sospechosos del asesinato de José Díaz eran todos hombres, la mierda no tardó en salpicar también a las pachucas. La prensa americana empezó a estereotiparlas como "degeneradas hipersexuales" que se pasaban la vida en "orgías de marihuana".

Para 1943, periódicos como Los Angeles Evening Herald and Express estaban orquestando una campaña contra aquellas "promiscuas mujeres de barrio", que además bebían, fumaban y se peleaban como hombres. Poco tiempo después, publicaciones en castellano como La Opinión empezaron a denunciarlas equiparándolas con prostitutas.

Las pachucas se convirtieron en las chicas malas que los blancos no querían cruzarse después de las ocho de la tarde. Eran putas violentas que venían de fuera a pervertir a los hombres y sembrar el terror con sus bandas de delincuentes. Los americanos las odiaban y los padres mexicanos temían que sus hijas se transformaran en una de ellas.



Tras los tres meses que duró el juicio por el asesinato de Sleepy Lagoon, 18 chicos fueron injustamente condenados y encerrados en prisión.

Aunque ninguna de las diez chicas a las que le policía había echado el ojo fue considerada culpable, fueron igualmente enviadas al reformatorio Ventura School for Girls. El correccional era famoso por alojar a chicas con "largos historiales de delincuencia y promiscuidad sexual", y sus técnicas disciplinarias eran tan severas que muchas de las jóvenes que iban a ser internadas allí, llegaban a comer imperdibles la noche anterior para enfermar y evitar el ingreso.

Un año después del asesinato de Sleepy Lagoon, en el verano de 1943, aquella tensión racial acabó de estallar en los famosos zoot suit riots. Durante días soldados, marines y policías se enfrentaron a los jóvenes pachucos apalizándolos y arrancándoles sus preciados trajes.



Las mujeres y los niños mexicanos tampoco se libraron de las agresiones. Como era de esperar, la prensa no tuvo problema en señalar quiénes eran los malos de la película, y centró su atención en despellejar a bandas de pachucas como las Black Widows y las Slick Chicks.

La propia comunidad mexicana cada vez estaba más asustada de las pachucas. Los padres creían que estas jóvenes estaban destruyendo su cultura y sus tradiciones. Llegados a este punto, los diarios en español no se cortaban un pelo en afirmar que las pachucas eran putas y los pachucos eran sus chulos, y las comparaban con la Malinche, un personaje histórico que traicionó al pueblo mexicano.



Los editores de La Opinión decían que "como la Malinche, estas jóvenes mujeres han traicionado en público el comportamiento apropiado de las mujeres y han traído la vergüenza a la gente mexicana".

Llegó un punto en el que la histeria era tal que los propios padres llamaban a la policía para que arrestasen a sus hijas pachucas que casi siempre acababan siendo enviadas al ya nombrado reformatorio del terror.




La herencia de las pachucas

Pero, mientras eran perseguidas por la sociedad americana y la propia comunidad mexicana, las pachucas fueron capaces de emprender un cambio en la percepción del género y empoderar a las minorías étnicas.

"Las pachucas eran mujeres muy radicales" explicó a Vice Roseli Martinez, organizadora de eventos artísticos en Los Ángeles y colaboradora del movimiento pachuco contemporáneo en California. "Piénsalo: son los cuarenta, usas pantalones y sales con los chicos. Usas faldas cortas, vas a fiestas, te metes en peleas para conservar a tu hombre. Y aun así no dejas de lado las responsabilidades que tienes por el simple hecho de ser mujer".



Para entender la herencia de las pachucas hay que entender el contexto social en el que vivieron estas mujeres. La subcultura pachuca nació en medio de la Repatriación Mexicana que duró entre 1929 y 1944, durante la cual se devolvieron a su país de origen de forma ilegal a 1.2 millones de personas. Cuando los Zoot Riots estallaron en 1943, estas mujeres sufrieron violencia física y sexual.

Su estilo era más que una declaración de moda, fue un movimiento contra una sociedad racista que trataba a los mexicanos como ciudadanos de segunda.



Como explica la doctora en estudios chicanos Rosa-Linda Fregoso, el legado de las pachucas no ha pervivido en forma de feminismo académico, pero sí como un feminismo popular. Estas mujeres se adueñaron de la calle rebelándose contra la cultura sexista que esperaba que se y demostraron que no se trataba de un espacio solo para hombres, desafiaron los conceptos de "un comportamiento femenino adecuado".

Las pachucas se negaron a aceptar unos cánones de belleza y un patriotismo que las excluían. Crearon una identidad de mujer latina fuerte e independiente que, a partir de finales de los sesenta, evolucionó a la icónica chola, al mismo tiempo que daba pie al Movimiento Feminista Chicano.



Su historia ha pasado sin pena ni gloria durante años, pero, poco a poco, van surgiendo pequeños homenajes que empiezan a dar a las pachucas el lugar en la memoria colectiva que merecen.

 Quedaron retratadas en las películas Zoot Suit (1991) y Sin Remisión (1992) y en exposiciones como "Style as Resistance" en el Espacio 1839 de los Ángeles y "Abundant Harvest: Works on Paper/Works on Life", proyecto de José Montoya expuesto en UCLA.



En el ámbito académico, la profesora Catherine Ramírez estudió el papel de las pachucas y su impacto en la identidad chicana en el libro The Woman in the Zoot Suit: Gender, Nationalism, and the Cultural Politics of Memory, y en la calle, las jóvenes mexicanas se empoderan imitando el estilo de aquellas mujeres rebeldes se negaron a aceptar las reglas de un juego que no estaba escrito para ellas.




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