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"La sociedad que oprime la aventura, consigue solo oprimir a la sociedad"

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El Museo Wolf Vostell se encuentra en una paraje que evoca una serenidad marciana

Sergio C. Fanjul

14 Enero 2015 06:00

En el paraje de Los Barruecos se respira una serenidad marciana. El prado verde claro se ve salpicado por grandes rocas redondeadas, llamadas bolos graníticos, que han ido perfeccionando su superficie, ahora lisa, durante millones de años de erosión. Algunas sugieren formas caprichosas, como la Peña del Tiburón, la Mujer, el Dromedario o la Horca, como si nos encontrásemos en un museo de escultura al aire libre. El hombre, según se ha hallado en yacimientos arqueológicos, ha habitado aquí desde el Neolítico, hace unos 7.000 años, y se nota: se percibe cierto aire reverencial, casi místico, relacionado con la atávica convivencia del hombre con la naturaleza.

Más recientemente otro hombre, el artista alemán Wolf Vostell, pionero del happening y el décollage y miembro del grupo Fluxus, percibió la magia y se enamoró de este lugar (y también de la cacereña Mercedes Guardado) y en 1976 colocó en este monumento natural otro monumento: su obra VOAEX (Viajes de (h)ormigón por la alta Extremadura), un coche, el Opel Kapitan con el que había viajado desde Berlín y que aquí, en el municipio de Malpartida, a 14 kilómetros de Cáceres, dejó para la eternidad cubierto de hormigón. Aquel fue uno de los primeros contactos de la región con el arte contemporáneo y por aquella época fundó el artista en este paraje el Museo Vostell Malpartida (MVM). El gazpacho se convirtió en su plato favorito, según relata Guardado en Mi vida con Vostell (La Fábrica), unas memorias monumentales también en las que cuenta como una sencilla maestra de una provincia de la reprimida España de Franco se enamora del alemán y se ve envuelta en una de las vanguardias del arte mundial.

 


En la puerta de un añejo y sobrio lavadero de lanas del s. XVIII, aquí en Los Barruecos, nos encontramos una vaca pastando apaciblemente. Pero en su patio interior lo que asoma es un enorme caza ruso Mig clavado en el suelo con dos viejos Seat y tres pianos atravesados. Esta especie de tótem industrial es la obra de Vostell titulada ¿Por qué el proceso entre Jesucristo y Pilatos duró solo dos minutos? Sobre los coches las cigüeñas han aprovechado para colocar sus grandes nidos, en una especie de intervención de lo natural sobre la creación artística. Y es que este viejo edificio —sin ninguna modificación arquitectónica exterior (como suele ser habitual: placas de metal, letras luminosas) que lo identifique como un centro de arte contemporáneo— alberga el MVM.



Dentro nos encontramos la colección Wolf y Mercedes Vostell, cinco espacios ideados por el autor en los que se da un resumen de los propósitos y hallazgos del artista. Vostell, admirador de los clásicos (llegó a Extremadura en busca de Zurbarán), trabajaba, sin embargo, con los objetos propios de su tiempo. “Necesitaba exponer el mismo nivel de ruido de la vida cotidiana y llevarlo a la categoría de arte”, explica la directora gerente del museo Josefa Cortés. En sus obras hay coches, pianos, televisiones, la furia moderna. Los pianos, por cierto, eran muy del gusto de los artistas Fluxus y muy utilizados en sus obras, aunque fuera para destruirlos: "Además de un generador de música, también es un símbolo de estatus social", dice Cortés, "y una estatua a la que someten y llegan a destrozar". Aquí se ve un piano incrustado en el hueco del motor de un automóvil, de tal manera que el teclado es accesible al conductor y copiloto. En realidad este aparato demente, llamado Fluxus Buick Piano (1988), fue utilizado en una de las happening de Vostell, Desayuno con Leonardo da Vinci en Berlín y permitía a los participantes crear diferentes sonidos a los participantes.


Otro coche anda cerca, en esta caso un Cadillac Fleetwood que, mediante unos brazos mecánicos, agita insistentemente unos rastrillos sobre el suelo, rodeado de platos de cerámica. Parece un insecto del espacio exterior. Es Fiebre del automóvil (1973), formó parte del happening Berlín-Fieber y cumple a la perfección su objetivo de transmitir el desasosiego y la ansiedad propio de la era industrial. Curiosamente su creación coincide con el inicio de la crisis del petróleo, cuando nuestra relación con los automóviles se volvió más compleja o, al menos, más cara.


Las motocicletas Sanglas (utilizadas por el ejército y la policía franquistas) amontonadas contra un muro rural son El fin de Parsifal, una obra ideada por Dalí y llevada a cabo por Vostell. En una pared se puede leer el contrato escrito a máquina mediante el cual el genio de Figueres cede su idea, mientras que el alemán se compromete a llevarla a cabo. Ambos firman el papel. Saliendo por la puerta de atrás de la sala donde las obras de Vostell chirrían y alborotan, de pronto nos damos de bruces con la serenidad implacable de la naturaleza. Ahí hay un estanque (un barrueco) donde la superficie del agua permanece impoluta rodeada de silencio, bolos graníticos y verde eléctrico. 


la performance, el happening, el arte de acción y demás, llevan haciéndose desde los años 50 y, sin embargo, todavía les estamos dando vueltas y tratándolos de encajar



Sobre el movimiento Fluxus, al que Vostell pertenecía, trata otra de las colecciones, la donada por el coleccionista Gino Di Maggio, en la que se encuentran piezas de los principales miembros de este movimiento anti-artístico de los años sesenta y setenta, heredero de Dadá y de Duchamp, y seguidor de los experimentos sonoros de John Cage, que trataba de disolver el arte en lo cotidiano. El fundador de Fluxus, George Maciunas, de origen lituano, en su manifiesto de 1963 prometía liberar al mundo de la "enferma cultura burguesa, intelectual, profesional y comercial". Contra el arte establecido, hiperintelectualizado, elitista, selecto y lejano, contra el arte de la ceja alta, Fluxus propone el arte-diversión, que "debe ser simple, divertido, no pretencioso, preocupado por las insignificancias, que no requiera habilidades o ensayos interminables, que no valor ni institucional ni mercantil. El valor del arte-diversión debe reducirse haciéndolo ilimitado, producido en masa, obtenible por todos y eventualmente producido por todos".


Todo el mundo, pues, era un artista y el arte se fusionaba con la vida. "Con sus ready mades, Duchamp había establecido que un cepillo de dientes era un obra de arte", explica Cortés, "Vostell cogió ese cepillo y le dijo a Duchamp, en un encuentro entre ambos en una exposición en Hannover, que la verdadera obra de arte es el acto de cepillarse los dientes. Más que un movimiento artístico, Fluxus es un estado mental".


Estuvieron vinculados a Fluxus Joseph Beuys, Dick Higgins, Nam June Paik, George Brech, o Yoko Ono, que injustamente será más recordada por otros aspectos de su vida (ya saben, "la culpa de todo fue de Yoko Ono", que decían Def Con Dos), a pesar de la reciente retrospectiva que acercó su obra al Guggenheim y donde pudimos ver de cerca, entre otras cosas, su famoso tablero de ajedrez poblado solo por trebejos blancos o esa amenazante urna de cristal que invita al espectador a ver qué pasa (pues no pasa nada) y enfrentarse a no sé qué miedos).



España tuvo su conexión con Fluxus en el grupo Zaj, que en 2014 cumplió 50 años, fundado por Juan Hidalgo, Ramón Barce y Walter Marchetti, centrado en las músicas de acción, aunque también a la poesía visual, el mail art, la performance o el happening, al que también estuvieron vinculados otros artistas como Martín Chirino o Esther Ferrer.  ¿Qué es Zaj? "Zaj es como un bar. La gente entra, sale, se toma una copa y deja una propina", decían. Su primera acción consistió en un cortejo de tres estructuras de madera por Madrid siguiendo la ruta que había seguido el anarquista Buenaventura Durruti, otro de sus referentes (junto con Satie, Cage, Marinetti o Duchamp), hasta caer asesinado en circunstancias extrañas, siendo blanco de la bala de un francotirador, cerca de Ciudad Universitaria en noviembre de 1936. Se disolvieron en 1996, aunque años antes habían declarado que "Zaj no se disuelve ni con Bisolvón".


Precisamente en la colección Fluxus del MVM se ve el Pianoforte luminoso (1989) de Walter Marchetti, un piano cubierto de pequeñas bombillas. Y más pianos, el de Piano project, de Dick Higgins, que, tocando una tecla u otra, pone en marcha diferentes electrodomésticos como un aspirador o una lavadora. El Reino de Sicilia con la pequeña Italia (1990), es un mapa de Italia hecho con 33 televisores hecho por Nam June Paik (recuerda a los maravillosos robots gigantes hechos con teles que pudimos ver en la exposición de Paik en Madrid en 2007) y mientras que el Ping Pong (1973) absurdo de Maciunas, en el que las pequeñas raquetas sirven para portar vasos de plástico y otros objetos, y que forma parte de la,idea de los "deportes Fluxus". La obra de Gianni-Emilio Simonetti es una viñeta de cómic que presenta a unos policías, al modo del détournement situacionista el artista ha cambiado el contenido del bocadillo para que digan: "La sociedad que oprime la aventura, consigue con eso únicamente oprimir a la sociedad" (1968). "Fluxus fue el peldaño anterior al arte que se está haciendo ahora", apunta Cortés, "igual que Duchamp fue el escalón al que ellos se auparon".


En medio de estos campos dedicados a la agricultura y la ganadería, a producir jamón del bueno y torta del casar, encontramos este reducto del arte contemporáneo. "La iniciativa de Vostell al crear este museo fue un injerto, ahora falta la asimilación", dice Cortés, que desde este viejo lavadero de lanas se afana en acercar este arte a extremeños y visitantes, "estamos en plena periferia, en Madrid y Barcelona hay más espacios para la exhibición y el debate, pero aquí es más complicado. Por otro lado, la performance, el happening, el arte de acción y demás, llevan haciéndose desde los años 50 y, sin embargo, todavía les estamos dando vueltas y tratándolos de encajar".


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