Reportajes

Ella es quien consigue que los violadores “invisibles” terminen en la cárcel

La sumisión química es menospreciada en los juzgados. Pero gracias al trabajo de abogadas como Ester García, las violaciones invisibles están recibiendo su merecido castigo

Imágenes interiores de Petra Collins

—Normalmente dicen: "Me ha pasado algo malo, pero no sé qué es".

—¿De cuántas víctimas hablamos?

—Vienen muchas, dos o tres cada semana. 

A decir por su mirada fija, y por la forma en que entrelaza los dedos sobre la mesa, la abogada Ester García sabe que lo que está diciendo es grave.

Miembro de la asociación Dones Juristes, esta letrada especializada en violencia machista lleva dieciocho años batallando en los juzgados y formando a los cuerpos policiales. Lo último que transmite es fragilidad. Pero ahora García ve cómo los casos más difíciles de su carrera se le amontonan en la mesa.

Todos siguen un patrón: ocurren de noche, en zonas de ocio y discotecas. La víctimas son mujeres jóvenes. Han sufrido un abuso sexual pero no recuerdan nada: ni rostros, ni lugares, ni escenas.

Fueron drogadas con precisión para que no opusieran resistencia. La mayoría carecen de lesiones y recuerdos. De modo que García se enfrenta a delitos sin pruebas, de los que sus propias víctimas dudan.

La abogada, sin embargo, no vacila: “Los casos de sumisión química van en aumento, un aumento clarísimo. Con esta frecuencia sólo pasa en Barcelona ciudad”.  

Pruebas como fósiles

“Puedes ir bebida, pero si despiertas y te están penetrando sin que reacciones, no hablamos solamente de alcohol. Es fácil darse cuenta de que la han drogado. Más aún cuando los análisis muestran que no han bebido”.

Cuando una clienta le cuenta por primera vez los hechos, Ester García es capaz de detectar si está ante un nuevo caso. A su puerta llaman entre dos y tres víctimas cada semana. Son extranjeras y locales. Todas llegan después de abandonar el Hospital Clínic de Barcelona, con el que la abogada tiene convenio desde hace más de un año.

“Les damos asesoramiento jurídico gratuito. Luego ellas deciden si desean que les llevemos el caso. Muchas no quieren, o no están preparadas. En ese punto aún no saben lo que les ha ocurrido”.

Si la víctima quiere seguir adelante, lo que ocurre en un 60% de veces, García empieza a investigar “a lo Perry Mason”. En casos de sumisión química, las pruebas tienen que desenterrarse como fósiles en el subsuelo.

Son vitales los testigos de referencia: los amigos con los que la chica salía esa noche: “Nadie presencia nunca una violación, pero ellos saben cuándo el comportamiento de su amiga es extraño. Saben cómo actúa cuando va con el punto y cuándo su actitud es diferente”.

Pesadillas y paseos en coche policial

Laura (nombre ficticio), una de sus clientas, dijo a García: “Yo recuerdo que me venían varios detrás diciendo piropos. Iba buscando una estación de metro. No recuerdo ni la estación ni las calles, pero sí el piso. Sólo sé que desde la cama veía las vías del tren”.

Hay veces que la víctima “tiene flashes”. En ese caso, Ester acompaña a su clienta dar una vuelta en un coche de los Mossos d’Esquadra. La chica mira por la ventanilla esperando una sensación, una leve descarga en las pupilas. A menudo los recuerdos aparecen sin orden y sin que la víctima pueda justificarlos.

“El reconocimiento fotográfico les cuesta. Son imágenes antiguas que tiene la policía, de la calle, en blanco y negro o de cuando ficharon al agresor”. También hay excepciones. Con sólo mirar una fotografía policial, una clienta recordó a perfectamente al tipo. Lo vio encima de ella, acariciándole un pecho: “Sé que es él, pero no sé por qué, dijo”.

Donde nunca dudan las víctimas es en las rondas de reconocimiento, al otro lado del cristal: “Cómo se ponen cuando los ven… Los señalan de inmediato, y siempre por lo mismo: la mirada”.

García siempre pide a sus clientas que duerman con una libreta en la mesita de noche: “Cuando tienen pesadillas no deben esperar a la mañana siguiente, tienen que escribir lo que han visto al momento”.

Un agresor con todos los rostros

“Les haces recordar cosas que su mente y su cuerpo les obligan a olvidar, hacen un esfuerzo tremendo. El procedimiento dura dos años y medio como mínimo, y deben buscar un abogado especializado. No existe turno de oficio especializado en violencia sexual”.

A pesar de la extrema dificultad, Ester García consigue un alto porcentaje de condenas, “entre un 65 y un 70%”. Su último éxito ha consistido en nueve años de prisión para el agresor. Los robos, por extraño que parezca, son de gran ayuda: “Hemos localizado a muchos agresores años después, gracias a que han utilizado una tarjeta de crédito o un teléfono móvil que robaron a la víctima”.

No existe un perfil de agresor. Son varones tanto locales como extranjeros, de niveles económicos muy dispares. Es habitual, sin embargo, que actúen de dos en dos. “Los hay que son profesionales. Alquilan habitaciones de hoteles de lujo antes de ir a la discoteca y le dicen al portero: ‘Sube luego, que traeremos a una puta’. Lo tienen totalmente planeado”.

Aunque las clientas de Ester García no conocen esta coincidencia, muchas salían de fiesta por la misma zona cuando perdieron la memoria. “Se repiten los locales de la zona alta de Barcelona, por Diagonal y Balmes. Y la Vila Olímpica”. Las agresión suele producirse en la vía pública, en la playa o descampados, pero también en hoteles o incluso en el domicilio del agresor.

—Imagino que es posible encontrar el ADN del agresor en el cuerpo de la víctima —le digo.

—Sí, eso se tramita judicialmente. Pero la mayoría de veces los acusados no niegan la relación sexual.

—¿No?

—No, nunca. Lo que hacen es decir que la relación ha sido consentida.

Y probar lo contrario es tremendamente complejo. También es difícil para la víctima dejar de dudar sobre sí misma. Con el paso del tiempo se dan cuenta de que siempre tuvieron la sospecha.

Juicios que agreden

—¿Cómo reaccionan tus clientas cuando les confirmas que han sido víctimas de sumisión química?

—Les sorprende, porque al principio lo atribuyen a haber bebido más de la cuenta. Hay un sentimiento de culpabilidad: "Algo hice mal, no sé como me puse a hablar con él…". A veces sienten vergüenza.

—¿En qué sentido?

—Recuerdo una chica que no tuvo el valor de reconocer en comisaría que se había despertado desnuda. Le dio mucho apuro y dijo que llevaba la ropa puesta. El dato es irrelevante, pero mintió. En los juzgados se la iban a comer.

Si hablamos de sumisión química, hablamos de dos grandes batallas: una está en la mente de la víctima y la otra está en los juzgados. Estos representarían la mente social, colectiva.

Cuando una chica termina en urgencias y los médicos sospechan que fue drogada, la policía insiste en que denuncie los hechos. “Por buena fe, por protocolo, son forzadas a denunciar sin asistencia letrada. Y sin abogado todos los casos se archivan automáticamente”. Por eso Ester García se ve obligada a pedir al juez que los reabra. Decenas de ellos. Aunque cada vez encuentra menos resistencia, sigue enfrentándose a enormes prejuicios.

“Antes era a punta de navaja, o con el uso de la fuerza. Ahora ven que hay un nuevo sistema de agresión: por un lado hay más víctimas, esta estrategia se está utilizando más, pero también se denuncia más. En los juzgados empiezan a detectar que algo está pasando”.

En general, el sistema judicial apenas conoce el fenómeno de la sumisión química: “En muchos juzgados ni saben que existe ni lo quieren saber. Pasan olímpicamente. Para ellos es algo increíble, una exageración, como la violencia machista hace unos años. Se dedican a cuestionar a las víctimas y hacen unas preguntas totalmente despreciables, humillantes”.   

—¿Por ejemplo?

—En un caso la chica había sido penetrada por varias vías, y el juez la machacó con la instrucción.

—¿Qué le dijo?

—“¿Esta usted segura de que no está mintiendo? Lo que está contando parece una película de miedo”. Es la chica que había caído cuando la seguían por la calle mientras iba en busca de una parada de metro. “¿Cómo es que no llamó a la policía en ese momento?”, le preguntaron. Qué se iba a imaginar ella…

—Que te intimiden por la calle de madrugada es algo bastante común…

—Si la chica hubiera llamado a los Mossos para decir que unos hombres la estaban piropeando, ni se hubieran presentado. Además era una cría, tenía 18 años.

—Los abogados de la defensa, ¿son muy duros? Imagino que debe de ser relativamente fácil desmontar a la denunciante...

—Mucho. Son sobre todo mujeres, abogadas privadas muy agresivas. Saben dónde tocar.

—¿Qué quiere decir?

—Buscan en la vida privada de mi clienta. Si tuvo problemas de bullying, o un intento de suicidio, o sufrió abusos, lo van a sacar para debilitarla. A veces no puedo evitarlo y le digo a una compañera: “Te has pasado tía, que no le pase a tu hija”.

—Se me hace difícil imaginar cómo consigue ganar casos.

—Las preparamos a nivel jurídico, pero sobre todo a nivel emocional. Tienen que estar muy fuertes. Se enfrentan a procedimientos complejos. No tienen uno, sino tres magistrados delante. Las pruebas forenses tienen que hacérselas dos veces. Recuerdo una de mis clientas: cuando llegó el juicio habían pasado dos años y medio y estaba embarazada de su pareja. De hecho tenía pareja cuando fue agredida. Me dijo: "¿Cómo voy vestida? ¿Disimulo la barriga, Ester?". Fíjate en su planteamiento. Ya sabía que la iban a cuestionar por eso. Cuando una clienta valora más mi trabajo que el de la psicóloga, yo le digo que es al revés. Un juzgado nunca va a compensar lo que ha vivido. Hay un plus de violencia.

La nadadora se hundió

"Estamos ante una realidad totalmente desconocida. En mi entorno me llaman paranoica, pero no imaginan lo que veo en mi despacho. Sin generar alarma, hay que decir que esto se repite y va en aumento".

Ester García llama a las instituciones de Barcelona, al Ayuntamiento, a que emprendan campañas de prevención que incluyan a los institutos de secundaria. Y pide que el análisis de cabello se introduzca como prueba hospitalaria en caso de sospecha de sumisión química.

Se trata de un sistema costoso, de seis meses de duración, pero es la única forma de cazar las sustancias que utilizaron los agresores. Alguna clienta con recursos la ha costeado de su bolsillo, pues las analíticas habituales resultan inútiles. "Hay que hacer esa prueba inmediatamente, hay que intervenir al momento, algo hay que hacer. Porque obviamente, estas chicas han sido drogadas".

Ester recuerda el primer caso de sumisión química que tuvo. Fue hace diez años. Ni siquiera existía este delito como concepto.

"Era una nadadora, muy seria, se lió con un chico una noche y ella no lo recordaba bien. Sabía que se había liado, pero no recordaba por qué lo había hecho. Tenía pareja, con la que rompió a consecuencia de la infidelidad. No denunció. Había pasado y ya está. Dos semanas después se volvió a encontrar con ese chico. Mantuvo relaciones sexuales consentidas. Cuando terminó, él le confesó que gracias a una droga la había podido conocer. Ella denunció, lo archivaron automáticamente, pero conseguí reabrirlo. Recuerdo perfectamente lo que vi cuando llegamos al juzgado. Todos se estaban pitorreando. Como había consentido la segunda vez… decían que era una denuncia falsa. Yo veía su sufrimiento en el despacho, cómo le estaba afectando a la salud. Al final volvieron a archivarlo por falta de pruebas y ella no quiso recurrir. Ganar era dificilísimo y se decantó por la lucha psicológica. No me quito de la cabeza cómo la miraban los funcionarios. Se estaban riendo, se pasaban la denuncia como si fuera un chiste".

Esta entrevista forma parte de  #NoFueUnSueño, una investigación sobre el aumento de casos de sumisión química en Barcelona formada por cuatro capítulos. Aquí puedes leer la primera entrega, sobre las características y cifras del fenómeno, y aquí la tercera, una entrevista con la psicóloga Anna Torres.

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