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Si un robot compra drogas, ¿de quién es el delito?

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En una galería de Suiza hay un robot comprando éxtasis en nombre del arte de vanguardia

Natxo Medina

10 Enero 2015 06:00

En una pequeña galería de arte de una pacífica ciudad suiza, descansa una colección heterogénea de objetos, como la que podría encontrarse en una habitación cualquiera. Un par de pantalones vaqueros, una gorra de beisbol, paquetes de tabaco, los libros de El Señor de los Anillos... Entre todos los objetos sólo dos rompen la normalidad: un pasaporte húngaro falsificado y una bolsita con diez pastillas de éxtasis amarillas.

¿No deberían las autoridades detener el artista o al menos requisar los objetos ilegales? Si quisieran hacerlo, tendrían un problema, ya que quien los compró no fue una persona. Fue un robot.

Random Darknet Shopper es un proyecto del colectivo de ciberartistas suizo-británico !Mediengruppe Bitnik. Su mecánica es sencilla: un bot está programado para invertir 100 dólares al día (en bitcoins) comprando aleatoriamente un item dentro de los mercados que pueblan esa región clandestina del ciberespacio llamada deep web (o Darknet, como la llaman ellos). Cada objeto que llega es expuesto en la galería, con indiferencia de lo que sea éste, o de su estatus legal.

Lo primero que vemos aquí es una exploración de las fronteras cada vez más fluidas entre mundo real y virtual. Pero, ¿qué más se esconde tras este experimento?, ¿qué nos dice de nuestra futura relación con las máquinas y de las nuevas formas de la legalidad humano-robot?, ¿Es hora de acordarse de Asimov y sus 3 leyes de la robótica?

Hablamos con Carmen Weisskopf, una de las integrantes del grupo para que nos explique un poco más sobre el proyecto y sus implicaciones. Sus palabras se convierten en el relato poético de un mundo en proceso de reseteo.

Nodos invisibles en un océano infinito 

Tras las filtraciones de Snowden, sentimos que las relaciones de poder se están desplazando. Ha quedado claro que la web superficial es una máquina gigante de vigilancia, y por ello más y más gente confía en redes anónimas como TOR para escapar a los ojos que vigilan. Confían en la encriptación y el software anónimo: son periodistas, disidentes, activistas, artistas, programadores...

Explorando la Darknet desde un punto de vista artístico esperamos estudiar estructuras alternativas y formas de comunicación más allá de la vigilancia: ¿Cómo serán las identidades que se formen en estas nuevas redes?, ¿cómo se producirá el intercambio y la comunicación?”

Saber de dónde vienen los items que se venden en la darknet, quién los produce, cuál es su condición legal conforme cambian de país o cómo se construye suficiente confianza para que las transacciones se realicen… son otros puntos claves del proyecto”.

He aquí la palabra fundamental: confianza. En el mundo físico la ley es un pacto fluido, que cambia entre regiones, entre países, entre personas, pero está definido en códigos más o menos estables. Dentro de la red, entre la máquina y cada uno de los nodos de la transacción se crean relaciones extrañamente anodinas, lejos de todo conflicto moral y nunca vistas. Relaciones que presuponen otro tipo de pactos, desarrollados en un limbo todavía por definir. ¿Qué pasa cuando estos dos mundos chocan?


Las relaciones de poder se están desplazando. Más y más gente confía en redes anónimas como TOR para escapar a los ojos que vigilan



Al comprar éxtasis, al traficar con pasaportes falsos, la máquina está infringiendo la ley. Pero a ella no le podemos pedir, de momento, responsabilidades. El bot no tiene conciencia de sus actos, ni nociones de bien o mal. Aunque sabían que tal cosa podía ocurrir, sus programadores no le dijeron que lo hiciera. Además, para comprar la droga se ha adentrado en un lugar donde las normas de la superficie se han vuelto laxas, donde existe otro tipo de relaciones que las que rigen el mercado común. Es ese mar turbio en el que se sumergen los artistas, para ver qué encuentran en el fondo.

“Hasta dónde podemos llegar es complicado de decir. Las leyes suizas garantizan cierta libertad a las artes. En la constitución se habla específicamente de la libertad artística. Esto requiere que los jueces tengan que ser cuidadosos a la hora de medir la relación entre los intereses del arte libre y una infracción de la ley, siempre que esta venga precedida de un marco conceptual.

Nosotros consideramos que la Darknet es un sujeto artístico válido porque está cambiando los fundamentos sobre los que funciona la sociedad misma. Precisamente lo que nosotros nos preguntamos es cómo mantener nociones de legal e ilegal con diferentes conceptos de lo que es legislable. ¿Cómo lidian las sociedades con el anonimato online cuando la identificación y la vigilancia en el mundo real se han convertido en la norma?”.

¿Derecho penal o derecho viral?

En el proceso de definición de un nuevo mundo interconectado, es importante estar dispuesto a aceptar realidades que incluso escapen a nuestra comprensión. Hace no mucho hablábamos de las lógicas de la máquina, de cómo estaban empezando a crear su propia idea de belleza, o su propia música. Era una aproximación más lírica al tema de la autonomía robótica.

Este caso sin embargo pone sobre la mesa un problema distinto, llevando la cuestión un poco más allá. Las leyes humanas se han creado a través de cientos de miles de años de negociaciones sociales e historia del derecho. Implican códigos éticos, y una experiencia compartida del mundo. Estos fundamentos no encajan con el funcionamiento de la mente robótica. Aún así, sus actos deberían ser regulados en caso de un eventual problema, de una brehca legal más importante que la de comprar unas pastillas.

Por ejemplo, ¿qué pasaría si uno de los numerosos bots que hoy rigen algoritmicamente las transacciones de bolsa del mercado rompiera la ley de algún país provocando de paso un gran colapso económico? ¿Quién sería responsable de este descalabro? En el caso de un sistema diseñado por el hombre, teóricamente el creador pagaría los platos rotos, como Bitnik lo haría con su máquina. Pero el conflicto sería tan grave que necesitaría la aplicación de una jurisprudencia nueva. Y es más, ¿qué pasaría si uno de estos programas cobrase conciencia de sí mismo?, ¿serían válidas las leyes humanas bajo el prisma de una inteligencia robótica?

Llegados a este punto, Carmen se desmarca sin dejar de mostrar su atrevimiento: “Es muy difícil contestar a esto. Como artistas nuestro rol es hacer preguntas. Preguntas para las que no siempre tenemos buenas respuestas". Las incógnitas quedan, pues, en el aire, "pero en cualquier caso, esta es nuestra apuesta, y el no saber qué va a ocurrir es la parte más estimulante de ella". 

En los rincones más oscuros de internet se dibujan nuevas normas que desafían nuestras ideas sobre lo legal



 



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