Reportajes

En las redes del “Diario De Invierno” de Paul Auster

Asistimos a la presentación de la última obra del escritor de Brooklyn, unas memorias descarnadas en las que abre su alma en canal.

Paul Auster ha estado en Barcelona presentando su reciente “Diario De Invierno”, un nuevo libro que acaban de publicar Anagrama (en castellano) y Edicions 62 (en catalán) mucho antes de que llegue a la imprenta su edición original en inglés –prevista para el 21 de agosto vía Henry Holt & Co–, y aprovechamos la oportunidad para ver qué más tenía que contar –en rueda de prensa multitudinaria, en el espacio del CCCB– un hombre que se ha abierto de cuerpo y alma en esta breve pero intensa autobiografía.

Pocos minutos antes de que diese comienzo el encuentro, Auster posaba en plan estrella del rock (no tanto por la actitud, sino por la expectación) para los fotógrafos en la plaza del CCCB con unas Ray-Ban de aviador que no se sacó en ningún momento. “Es por motivos religiosos y por la resaca que lleva”, explicó jocosamente su editor Jorge Herralde, mandamás de Anagrama. Fantaseamos con curiosear acerca de qué bares había cerrado el lunes por la noche, pero preferimos contenernos ante tan solemne acto. La primera intervención corrió a cargo de una señora octogenaria en silla de ruedas que le decía que éste era su libro favorito. Así comprobamos cómo Auster, agradecido con el comentario, resulta ser más humilde de lo que podíamos esperar y, al escuchar su voz, nos dimos cuenta de que tiene la misma maravillosa habilidad para transmitir emociones tanto con ella como con su pluma. A la mujer octogenaria, en cambio, sólo parecían interesarle sus novelas, y se marchó.

“Diario De Invierno” no es lo mejor que ha escrito Auster. Probablemente, lo mejor de su obra se cerró hace ya más de una década, pero qué más da. La obra que presenta ahora es chocante por lo directa que resulta, por cómo se presenta desnudo ante el mundo, por las confesiones con las que se atreve (¿quién demonios tendría narices de describir cómo es su prepucio en las páginas de un libro?). Se trata de un trabajo sincero y directo, que combina inteligentes pasajes como la recolección de todos los lugares donde ha vivido desde que nació hace 65 años hasta su actual residencia en Park Slope, con momentos aparentemente más banales como la estúpida discusión que tuvo con un taxista parisino mientras paseaba ante ellos una esbelta mujer africana de sensuales andares. Hay quien pueda pensar que el balance que hace es pesimista, hasta catastrofista si se quiere. Pero nada más lejos de la realidad. “Es una historia interna sobre la lucha, la felicidad y el dolor. Escribir este libro me ha hecho darme cuenta de que, a fin de cuentas, tanto lo bueno como lo malo vienen por igual, son fuerzas equilibradas”, matiza.

Pero volvamos al principio, ¿cómo se gestó esta novela? “Me vino, estuve pensando en ello por un tiempo, pero no conscientemente. Puedo decir el día en que la empecé: el 3 de enero de 2011. Me acuerdo de ese día. Nevaba. El último invierno en Nueva York fue durísimo. Muy, muy frío. Recuerdo escribir los primeros bloques de prosa sin saber muy bien qué es lo que hacía. Según avanzaba, tomó forma, pero no fue hasta que me sumergí en el proceso cuando comprobé lo que quería hacer. Desde el principio me lo tomé como una composición musical, como una fuga. Saltó de atrás en adelante en el tiempo, no hay una estructura continuada, es como una sonata de piano o un cuarteto de cuerda”, reflexiona el autor.

Un ejemplo de por qué nos pareció humilde este autor (o quizá, aunque eso sería difícil de averiguar a partir de una sola rueda de prensa, humilde en el sentido en el que muchos dicen que lo es Pep Guardiola, ya saben, el de la falsa modestia), son estas siguientes palabras: “Creo que es importante enfatizar que no tengo ningún interés por mí mismo. No creo que mi historia sea más interesante comparada con las vidas de los demás”. Con todo, se tomó este trabajo como algo serio, incluso se permitió compararlo a un caso de estudio. “Me sentí como una rata de laboratorio, observando y aprendiendo sobre mi comportamiento. Me utilicé como un ejemplo de humanidad porque creo que mis experiencias son similares a las que puedan tener otras personas. Espero que la gente se pueda encontrar en estas páginas y, de mi mano, descubrir algunos de los misterios de lo que significa estar vivo”. Palabras mayores para unas memorias de apenas 250 páginas.

Para ello se hizo imprescindible una segunda persona que, según él cuenta –y se puede comprobar echando un repaso a las páginas–, se aleja de la vanidad, de un sentido triunfalista y mantiene, siempre, los pies en el suelo. “Tuve que separarme de mí mismo para hacer esto. Al usar la segunda persona entré en un diálogo conmigo mismo, tomé distancia. No hubiese sido interesante si estuviese escrito en primera persona”, asevera. También desveló que jamás ha sido capaz de tener un diario en el que ir explicando las cosas que le sucedían día a día, pues era algo que le confundía porque no sabía bien a quién se dirigía. Quizá por eso su obra se ha centrado más en el género de la novela, donde se encuentra buena parte de su mejor material. Explicó que éstas son como un regalo a otra persona que pueden recibirlo jovialmente o rechazarlo. “Cada artista ofrece su obra a un espectador o un lector. Los libros que consiguen establecer una conexión humana entre lector y escritor son los que son realmente buenos. A veces lo consigo y otras no. Esto es lo realmente interesante del tema. No hay una fórmula”, sostiene.

Paul Auster, como mago de las palabras que es, sabe sacar provecho a cualquier pregunta que le hagan, por intrascendente que pueda parecer. Que un periodista mexicano pregunte cuándo va a visitar el país puede resultar tedioso, incluso intrascendente, para los medios locales, pero el escritor saca todo su encanto y esquivó con elegancia la sugerencia. “Las cuatro veces que he ido a México me he puesto terriblemente enfermo. Es como si tuviese una relación maldita con el país, pese a que me gusta. No creo que pueda volver, porque si aceptase una invitación para ir a México sería como si aceptase una invitación para ir al hospital, ¡y no quiero ir al hospital por muy bonito que sea!” También de ahí viene otra pregunta extraña: “¿Podrías darnos el teléfono de tu hija Sophie?” A lo que contesta con una media sonrisa en la boca: “Bueno, antes tendría que ser ella quien aceptase darlo”.

Se moja mucho el escritor en temas políticos y sociales como la reciente polémica que hubo en Turquía por no querer visitar el país, los movimientos Occupy y 15-M y la censura en general. Sobre el primer episodio explica cómo le pidieron hacer una entrevista para un diario turco en enero. Aceptó para explicar por qué había rechazado invitaciones en los últimos años, pues cree que el país no permite la libertad de expresión y encarcela a periodistas y escritores. “No quería ir a un país así. Es una declaración bastante simple”. Pero lo que más le chocó es que el primer ministro, Erdogan, se molestase en contestarle acusándole de haber ido a Israel. “Bien, Israel es un lugar muy complicado y estoy en desacuerdo con muchas de las políticas del gobierno, pero ahí no vas a la cárcel por expresar tu opinión”, respondió el escritor, que citó la libertad de expresión como uno de los derechos sagrados del hombre. La cosa se acaloró y Erdogan le invitó a ir a Turquía con el líder de la oposición y luego hacer un picnic con vistas a Gaza, algo que a Auster no le gustó ni un pelo. “Un miembro de su gobierno me acusó en el parlamento de formar parte de una conspiración internacional para difamar y derrocar al gobierno. Vamos, que estoy en la cuerda de Sarkozy, Merkel, Netanyahu, Simon Peres y algunos terroristas kurdos”, ironizó.

Por lo que se refiere a los movimientos sociales, Paul Auster cree que estamos ante un momento extraordinariamente interesante. Ha seguido de cerca el movimiento Occupy y cree que no ha terminado. “Cuando el clima se haga más agradable, volverán a salir montones de gente a las calles, no sólo en Nueva York, sino en otras ciudades de Estados Unidos. Tenemos que escuchar siempre a la gente joven, que nos han dicho que hemos fallado, que la sociedad ha fracasado, que no ayudamos a la gente, sino más bien la dañamos. El sistema está roto. Tenemos que sentarnos y pensar cuidadosamente cómo trabajar a partir de ahora. Da miedo, pero creo que es fundamental plantearse nuevas preguntas para salir adelante”, comenta.

La rueda de prensa terminó centrándose en torno a la censura y comentó que en Estados Unidos, afortunadamente, jamás la ha sufrido porque “no es un país donde metan a los escritores a la cárcel”. Pero tras pensar un rato sí recordó un momento en el que fue censurado. Rememoró cómo, durante un tiempo, sus novelas se publicaban en Irán pirateadas. Finalmente, consiguió un editor legítimo, y todo fue bien hasta la edición de “Sunset Park”. La novela contiene un pasaje que hace mención a la polémica de Salman Rushdie en el país islámico y las fatwas, temas tabú en Irán. “Tuve que transigir en ese momento. No quería censurarme a mí mismo y antes que omitir ese fragmento, preferí que no se publicase. Sin embargo, mi editor me dijo que se podían utilizar palabras clave que todo el mundo ahí entendería, pero que el sistema censor pasaría por alto. Así que me censuré a mí mismo, sólo para conseguir que mi obra saliese y no la pirateasen. Complicado, ¿verdad?”, interpeló a los asistentes.

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