Reportajes

De rave en las catacumbas de París

Hablamos con Víctor Serna, Isidro López y Servando Rocha sobre el fenómeno de las raves en las catacumbas de la capital francesa

Victor Serna es el responsable del webdoc Catacombes, una serie de videos cuyo fin es acercar la cultura del subsuelo en la capital francesa al público general. El fenómeno, sin embargo, va más allá de la anécdota: en las raves parisinas se percibe la resistencia de la gente a la ciudad-marca.

Un tipo abre desde dentro la tapa de una alcantarilla para salir de ella. Antes han tenido que apartar una de las sillas de la terraza donde varios turistas y parisinos toman café y leen la prensa. Atónitos, contemplan cómo el hombre con casco pregunta dónde está. “Es la plaza Saint Germain”, le dice el camarero. “Gracias; buenas tardes”.

La escena pertenece al webdoc Catacombes, una serie de videos dirigidos por el valenciano Victor Serna cuyo propósito es acercar la cultura del subsuelo al público general. A lo largo de su contenido, repartido en clips cortos que dejan a la elección del espectador el orden de la reproducción, el fenómeno que el cineasta explora tiene que ver con la evasión de la ciudad-marca construida al gusto de las corporaciones y la construcción de espacios paralelos al poder vertical. Catacombes habla de cómo los punks de los ochenta comenzaron a bajar a las alcantarillas para organizar sus propias fiestas, sus raves. En sus orígenes, aquellas alcantarillas estaban llenas de cadávares, unos seis millones, desde el traslado de estos desde cementerios a rebosar en 1788.

—Bajar a las catacumbas está prohibido desde 1955, y en el momento en el que se prohibió la curiosidad creció. Siempre hubo gente pululando por el subsuelo, pero a principios de los 80 coincidió con la explosión del movimiento punk en París y las galerías subterráneas se convirtieron en su lugar de reunión. Todas las entradas estaban abiertas y aquello era un desmadre: no había manera de controlar las fiestas. En aquella época se organizaron raves muy bestias —explica Victor.

A partir de ese momento, los subterráneos de París comienzan a llenarse cada fin de semana de jóvenes que buscan un espacio de ocio alternativo en el que se celebren fiestas de carácter no jerárquico, lejos del circuito comercial de salas o discotecas. En definitiva, la cultura rave primigenia, pero en el subsuelo. Toda una metáfora que bautiza como cataphiles a quienes se adentran en las entrañas de la metrópoli buscando su lugar.

"Es muy difícil controlarlo; imposible detener a todo el mundo. Imagina el dispositivo policial para detener a 300 personas que se pasean a 30 metros bajo tierra de fiesta"

Con su potencia política, las raves desafían lo establecido porque crean un colectivo de confianza mutua. El sociólogo Isidro López, miembro del Observatorio Metropolitano de Madrid y del colectivo Ecos del Gueto, considera al respecto que “las fiestas comunitarias e igualitarias son una forma de expresión política mucho más antigua que el mensaje. Se han practicado durante siglos en comunidades en las que se conocía todo el mundo y en las que el problema político central no era la falta de información o de conciencia sino la calidad de los vínculos sociales, la cohesión” . Y como en cada desafío que se precie, el acto político de enfrentarse a la ley no es menor. El desafío para las fuerzas del orden es manifiesto.

—La policía no da abasto. Es muy difícil controlarlo; imposible detener a todo el mundo. Imagina el dispositivo policial para detener a 300 personas que se pasean a 30 metros bajo tierra de fiesta. Para la policía sería demasiado trabajo y demasiado arriesgado. Lo único que pueden hacer es cortar la luz de la farola donde se haya pinchado esa noche, pero en un rato se vuelve a empalmar y la fiesta sigue —dice Victor Serna.

¿Pero cómo es una experiencia en primera persona en una de estas fiestas? Victor nos cuenta la suya:

—A la última rave que fui tuve que guiar a un grupo de diez personas hasta el búnker en el que se organizaba. Tardamos casi dos horas en llegar al sitio. Lo que más impacta es que hasta 20 segundos antes de entrar al búnker no escuchas nada ni ves a nadie, solo empiezas a notar humo de cigarros y de bengalas. Las bengalas las encienden para que no veas nada y te desorientes. Los muros de piedra aíslan el sonido de tal manera que es imposible escuchar nada ni estando a 30 metros. Giras por una galería y notas la vibración de los bafles en el pecho. Al siguiente giro te encuentras a un montón de gente de rave que no piensa moverse de ahí hasta dentro de muchas horas. El ambiente está tan cargado que cuesta encender un mechero, por la falta de oxigeno. Lo más gracioso es que de más de la mitad no saben salir de allí, porque es la primera vez que alguien les baja. Durante toda la noche ves a gente preguntando si sabes dónde está la salida: solo pueden salir encontrando un guía.

Las andanzas de los cataphiles tienen que ver con la imposibilidad de reducir París a la reforma que la ciudad sufrió a mediados del siglo XIX. En ella, espoleado por las revueltas de 1848, Napoleón III encargó al barón Haussmann una reordenación urbana que haría imposible, por ejemplo, la instalación de barricadas ensanchando avenidas para que pudieran ser tomadas por el ejército. La Comuna de París fue en parte derrotada por esto, a pesar de que varios revolucionarios trataron de resistir a las tropas versallescas dentro de las catacumbas sin éxito: la luz se convertía en aliada del poder. Es el higienismo social revestido de progreso. El urbanismo como control social que tratarían de desafiar Walter Benjamin, los surrealistas y más tarde los situacionistas. Para Guy Debord, se trataba de desafiar la separación del ocio y del trabajo y de construir un juego apasionante, un continuo menosprecio de todas las diversiones en el que la psicogeografía jugaba un papel esencial. En este sentido, el escritor especialista en contracultura Servando Rocha nos da su punto de vista:

—Quienes vivimos en la ciudad tenemos que re-encantar la calle en la que vivimos hasta convertirla en la calle que sirve para explicar nuestro mundo. El objetivo último es convertir tu ciudad (cualquiera que sea) en la capital del mundo. De lo contrario, la ciudad te aplasta, pues las esquinas, los encuentros, los elementos que conectan el pasado con el presente desaparecen, y una ciudad así embrutece. El fenómeno de los cataphiles es parte de todo esto.

"El subsuelo es un buen epitafio para subculturas que fueron en su momento rupturistas y que, en el fondo, expresaban rechazos contra el ocio, la dominación o la autoridad"

Así, de esta luz decimonónica se llega a la explotación actual de la zona por parte del ayuntamiento parisino. A los 8 euros que cuestan las visitas guiadas dentro de los límites del cánon turístico se le suma la implantación de una policía de vigilancia especializada conocida como los “cataflics”. La burguesía de París ya se deleitó en 1897 con un concierto exclusivo en el que dentro de las catacumbas se interpretó a Chopin, Saint-Saëns o Beethoven. En realidad, las autoridades actuales no hacen sino rentabilizar lo que un día fue territorio de notables, visitado en primer lugar por el Conde de Artois en 1787 y seguido por Napoleón III o Bismarck; un lugar que otros prefieren para pasar en él tiempo de ocio, o para bailar rodeados de los restos de Marat, Danton, Rabelais o Robespierre, aunque sean acusados de vándalos.

—La única vez en que he protestado contra los vándalos fue hace unos años —dice Servando—. Quise visitar las catacumbas, pero me topé con un cartel, muy cutre y críptico, que decía lo siguiente: 'Cerrado por vandalismo'. La palabra 'vandalizar' o 'vandalizado' me parecen absolutamente maravillosas, pero no tengo ni idea si han sido aceptadas por la RAE. El subsuelo, por otro lado, es un buen epitafio para subculturas que fueron en su momento rupturistas y que, en el fondo, expresaban rechazos contra el ocio, la dominación o la autoridad. A finales de los ochenta, cuando explotó todo el fenómeno rave, puede que haya sido un territorio casi virgen y neutral, pero hoy ya no es así. La integración de los punks en las raves, o las lecturas que hace gente como el escritor musical Simon Reynolds de eso, se centran en sus potencialidades respecto a la comunidad. Pero tengo dudas acerca del valor de la comunidad en un mundo separado donde ignoramos quién es nuestro vecino, ni quizás nos interesa saberlo. El tiempo libre, la cultura o el ocio no son esferas separadas, y puede que el subsuelo sea el lugar donde todo empezó (las sociedades secretas, las conspiraciones o como metáforas para describir subculturas), pero hoy en día resulta muy complicado. Lo importante es que no se quede en entretenimiento, sino que tengo todo el peso de una experiencia, algo que rara vez sucede en los fenómenos culturales.

La dialéctica entre la creación y gestión alternativa por un lado, y las estrategias económicas de la ciudad-marca por otro, se convierte así en la especie de desembocadura a la que llegamos. Isidro alerta así de las dificultades de este envite:

—La relación con la ciudad-marca es compleja. A fin de cuentas, la perversidad de esta es apropiarse y simbolizar las actividades de sus habitantes para generar un flujo económico del que sus protagonistas no participan. Esto se ve muy bien en domesticación de la cultura rave en ciudades como Londres o Berlín, donde la inmensa mayoría de los que contribuyeron a crear una música, unos sellos y unos espacios sociales para la fiesta comunitaria no ven un céntimo de la mucha riqueza que genera la cultura de club en estas ciudades.

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