Reportajes

De pronto, una chica se queda en tetas en señal de indignación

Todos reconocemos la escena. Pero, ¿cuáles son las implicaciones políticas del neohippismo?

La contracultura no descansa nunca. Frente al bucle sobre sus relaciones con la sociedad de consumo, Luis Diego Fernández arroja luz nueva a la vista del caso Jill Love. ¿Y si la contracultura fue desde el principio un concepto intracapitalista, que ocasionalmente podría producir efectos anticapitalista? A continuación tienes el episodio “Love Revolution en la Puerta del Sol”, perteneciente a su último libro “Los Nuevos Rebeldes”, que Debate publica ahora en Argentina y que a partir de la semana que viene encontrarás en ebook.

Love Revolution en la Puerta del Sol

“El peso del mundo es amor.” Allen Ginsberg, Canción

¿Qué fue la contracultura? En principio fue una palabra, un simple término, expresado por el ensayista Theodore Roszak en su libro El Nacimiento de la Contracultura (1968). Contracultura eran entonces ciertos valores éticos, políticos, eróticos y estéticos que iban contra la cultura tradicional y oficial. Emblemático de los movimientos beatnik de los años cincuenta, hippie de los años sesenta y más tarde punk en la década del ochenta, pero en rigor expandibles al siglo XIX (la bohemia artística) e incluso hasta los filósofos cínicos, como Diógenes, que vivían al margen de las valoraciones de la polis. Contracultura significaba, desde luego, una “cultura en oposición” y por ende, una propuesta de vida alternativa, una forma de pensar y vivir, un modo de existencia que rompía con los valores imperantes de mediados del siglo XX (familiarismo, militarismo, consumismo, nacionalismo, puritanismo, doble moral). En este sentido, resulta muy interesante lo que marca el crítico cultural Diedrich Diederichsen en su libro Personas en loop, en el artículo titulado “Fines del verano contracultural”:

“No fue la comercialización lo que mató a la contracultura. La contracultura fue desde el principio un concepto intracapitalista que a pesar de esto podía producir ocasionalmente efectos anticapitalistas. La contracultura recién colapsó cuando se derrumbaron las condiciones que le servían de marco: un medio de valores burgueses más o menos intacto sobre el que podía ejercerse presión desde afuera, al que podía reprochársele su doble moral y la represión del desarrollo individual. Pues quien predicaba la transgresión, el desarrollo individual y la autorrealización como vías de escape de la alienación no debía olvidar que, mientras viviera en lo falso, tales pasos debían ser siempre dados en contra de la moral de la comunidad”.

En alguna medida, lo que plantea el teórico alemán es que la contracultura (sus valores críticos y alternativos) tenían sentido dentro de sociedades más reaccionarias y conservadoras (como forma de crítica a ese estado de cosas), pero al abrirse perspectivas de mayor libertad individual y tolerancia, las formas de vida alternativas no tendrían por qué constituirse como movimientos consistentes. De igual modo, como señala, el capitalismo en sí mismo nunca fue objeto de repudio completo por parte de los discursos libertarios y de la nueva izquierda de los sesenta, sino, en todo caso, el fundamentalismo y la necesidad de una crítica intracapitalista. El rock fue un claro ejemplo de ello: crítico con la doble moral y los valores imperantes, pero a la vez generador de dinero y rockstars globables. El jean también operó en este sentido y hasta el propio escritor beat Jack Kerouac, ícono de rebeldía, fue imagen de marcas de pantalones. He aquí la contradicción sobre la que pivoteó la contracultura desde sus inicios. Quizá lo más claro, desde los comienzos, fue el reclamo por una gestión autónoma e independiente del capital (no su destrucción), y una mirada que pusiera el discurso del placer y el amor en el centro. En este sentido, toda contracultura tuvo los mismos ejes vitales: drogas (alcohol, tabaco, marihuana, hongos, químicos), música (jazz, rock o electrónica), negación del trabajo dependiente (elogio de la autogestión, el ocio y el hedonismo), sexualidad (amor libre) y espiritualidad (cierto orientalismo o monaquismo, zen o budismo). Sobre estos ejes es que la contracultura edificó su autarquía libertaria.

En los últimos años resulta claro que el discurso del amor aparece en escena. Y también de forma literal en ciertas manifestaciones, como fue en el llamado 25S, en Madrid. Movilización masiva en la que en un momento, por la tarde, de golpe, una chica se quedó en tetas frente a las masas indignadas en la protesta ciudadana. El nombre artístico de la musa era Jill Love (o Love Jordina, como figura en Facebook). De veintisiete años, el activismo nudista de la modelo y actriz catalana, también opera como una suerte de plataforma para su conocimiento público mundial, a tal punto que su figura llegó a tapa de la revista Interviú en el número de octubre de 2012.

En fragmentos de la entrevista podemos leer sus opiniones que amplían esta idea: “Muchos ciudadanos han comprendido que el mío fue un acto de amor y paz. Otros creen que fue una forma fácil de llamar la atención. Los hippies cambiaron el mundo en los sesenta. Los pechos desnudos y las flores son las armas más poderosas”. En un diálogo más extenso, nos cuenta su recorrido:

“Nací el 4 de marzo de 1980 en Tarragona, Cataluña. Mi familia me dio una muy buena infancia. Mi madre era y es mi diosa y protectora. En el colegio siempre me sentí distinta e incomprendida, pasaba mucho tiempo sola, en mi mundo de fantasía. Teníamos un patio muy grande lleno de árboles y naturaleza. Me perdía recogiendo espárragos, flores, animales muertos, gatos y pájaros. Encontraba belleza donde otros no la apreciaban. Los compañeros querían que fuera como ellos y yo me rebelaba, pagando el precio de la discriminación. Todo lo que aprendí en la escuela era falso, era una programación de la vida. Soy autodidacta. Dejé los estudios a los dieciséis años para aprender por mí misma y liberarme de antiguos dogmas educacionales, sociales y culturales. Me emancipé y me mudé a Barcelona. Allí me conecté con un grupo de animadores nocturnos y empecé a trabajar en la noche. Experimenté con drogas y empecé a expandir mi mente y mis ideas. A los dieciocho años, huyendo de la vida loca de la noche, las drogas y los problemas, me fui a Madrid. No tenía dinero ni para comer. Allí solo tenía un contacto, que era un gitano. Luego seguí trabajando de agitadora nocturna. Poco a poco me hice conocida. Empecé a trabajar de modelo, cantante, actriz, en todo lo que podía. Trabajé en locales tan míticos como el Sundance, Alien, Coppelia, Joy Eslava, GOA, Space. Mi favorito era el Goldfield regenteado por la actriz española Paz Vega. Personalidades tan conocidas como Pedro Almodóvar, Javier Bardem, Rossy de Palma, y muchos otros actores y gente del espectáculo solían venir cada fin de semana. Era algo así como el Studio 54 de New York en Madrid. En 2006 me fui un mes a San Francisco con mi mejor amigo Nani. Una noche salimos y pedí al universo encontrar mi alma gemela. Al poco rato conocí a un americano rubio de ojos azules en un club. Era un encuentro predestinado. Mi nuevo novio y yo nos mudamos a Los Ángeles después de estar a caballo entre Madrid y Estados Unidos. Rentamos un apartamento a unos pocos metros del cartel de Hollywood. Todo el amor y la pasión del principio empezaron a marchitarse por celos y posesividad por parte de él. Trabajé en lo que podía, de actriz en culebrones latinos en Telemundo y Canal 52 y de miembro de audiencia en programas de TV donde me pagaban por aplaudir, vestirme bien y estar guapa. Trabajé de modelo para pagarme las clases de interpretación. La técnica del profesor me marcó la vida. Su técnica era más allá del método de Stanislavski. Se trataba de ser más que de pretender”.

La búsqueda de Jill Love en gran medida es sincrónica con ciertas manifestaciones y experiencias comunitarias que cada vez ganan más adeptos, tal es el caso de Burning Man, un festival que se realiza en el Estado de Nevada y que tuvo su origen en la ciudad de San Francisco en 1986. Surgido de ciertos resabios hippies, los organizadores lo definen como un experimento comunitario y de autosuficiencia radical. Con claras hilaciones deudoras de la cosmovisión contracultural, el festival postula el nudismo, la libre expresión artística, la música electrónica, la experimentación con drogas y la danza como las actividades centrales en una ciudad artificial que se ensambla en pleno desierto y luego se desarma completamente al cabo de una semana sin dejar rastro. Durante ese tiempo está prohibido el contacto con dinero y todo se debe realizar por trueque o simple regalo de modo voluntario. Suerte de utopía socialista libertaria y con referencias a las comunidades hedonistas que proponía el filósofo Charles Fourier en el siglo XXI, el evento puede ser calificado como un experimento social que suele producir alteraciones y cambios no menores en la visión de mundo de quienes participan de él. Tal fue el caso de Jill:

“En agosto de 2008 me embarqué en un viaje que me marcaría la vida para siempre. Fui a Burning Man, un festival creativo y artístico de una semana de duración en el desierto del norte de Nevada. Ese sitio era todo lo que siempre había deseado en la vida, la imaginación era ilimitada. Cincuenta mil personas eran libres, creativas y desprendían amor por todos los poros del cuerpo. Era un lugar mágico donde se manifestaba todo lo que se visualizaba. Tuve una sobredosis de setas alucinógenas y fue un despertar de la conciencia y el alma. En ese momento entendí quién era yo y mi lugar en esta vida. Era el país de las maravillas y yo era Alicia, el conejo y la madriguera al mismo tiempo. Siempre pensé que a sitios como este solo vas cuando mueres, pero en vida es posible también”.

La identidad también es vista como una variable central, Jill Love es también Love Jordina, en función de las actividades que se realicen:

“El tener dos nombres me ayuda bastante a diferenciar mi imagen pública de la privada. Me aporta privacidad, calma y balance. Jill Love es actriz, performer y modelo. Love Jordina es la directora, productora y guionista. Las dos somos activistas. Jill sale a las calles e intenta ser creativa en sus protestas. Love Jordina usa internet como una herramienta muy poderosa para despertar conciencias. Firma y comparte todas las causas en las que cree. Crea páginas en Facebook para exponer las injusticias en el mundo, como la matanza de delfines en las islas Feroe de Dinamarca, o Monsanto; y para hacer tomar conciencia acerca de los Chemtrails. En mi opinión, el ser humano es mucho más múltiple y complejo que el nombre de tu certificado de nacimiento. Somos como muchas personas compartiendo un mismo cuerpo aunque el alma sea única e intransferible. No tengo personalidad múltiple, simplemente es mi opción poder ser varias personas en una sola vida. Para una artista y actriz, es algo muy estimulante y de alto valor creativo. Te cansas de un personaje y te pasas al otro”.

Pareciera que la transformación de identidades, la vida nómada y cierta pulsión del camino marcan estas experiencias de modo radical:

“Después de esa revelación quise hacer algo más profundo en mi vida. Siempre me fascinó la idea de cuidar de gente mayor ya que mis abuelos murieron cuando era muy joven. Me saqué un certificado de auxiliar de enfermería y me mudé en 2009 a Santa Fe (New Mexico) para trabajar en un hospicio y en una residencia de la tercera edad. Allí me compré una casa rodante y viví en ella por dos años viajando por toda la costa Oeste. Con mi amigo Robert Mack, con el que colaboré en muchos proyectos artísticos, nos fuimos de roadtrip y grabamos mi primera película norteamericana, Day’s Dream, que tiene el nombre de mi productora. En 2010 me mudé a San Francisco por amor. Conocí a mi verdadera alma gemela en Burning Man. Estaba convencida de que era él. Una vez allí me comunicó que no había sitio para mí en su vida. Me deprimí tanto que empecé a escribir lo que sería el guion de mi primera película: Waves a tale of love and obsession acerca de una chica que se suicida por amor, tirándose por el puente del Golden Gate. La rodé con poco más de tres mil dólares. En enero del 2011 volví a New Mexico en mi casa rodante para empezar mi siguiente película: Saving Isis. El 16 de abril de 2012 mi madre falleció de cáncer. Tuve que volver a España para asistir a su funeral. Mi greencard había caducado y mi abogada me recomendó no irme de Estados Unidos. Sin embargo, no le hice caso. Pasé un tiempo maravilloso con mi padre. Volvimos a aprender a conocernos. Grabé varias escenas de mi película en Madrid y Tarragona. Conocí a Pilar Bardem y aceptó participar en mi proyecto con su voz. Quise volver a Estados Unidos el 23 de agosto de 2012. No me dejaron. Pensé que estaba todo perdido y nunca más volvería. El 25S me fui sola a la manifestación en contra de los recortes por parte del Gobierno español. Tuve una revelación y seguí mis instintos. Ese momento cambió para siempre mi vida. Mi nueva abogada me confirmó que mi solicitud para volver a América había sido aprobada. Ahora resido entre San Francisco y Santa Fe, a la espera de estrenar Saving Isis y escribiendo la que será mi tercera película, Running Girl”.

El regreso es, siempre, una vez más, producto del conocimiento que se gana por la experiencia concreta, por el deseo hecho acción, por la pulsión aparecida una y otra vez: “Creo firmemente que somos el producto de nuestras experiencias, sean buenas o malas”, dice.

Jill ha expresado en sus diversas prácticas políticas, un activismo nudista que tiene larga data en la historia de la protesta, en particular en las raíces libertarias del naturismo y la crítica a la doble moral, la hipocresía burguesa y demás valores normativos. Así lo expresa:

“El activismo nudista del 25S fue a raíz de un impulso de mi instinto. Quería hacer algo que aportara paz, amor y armonía en un momento de violencia, ira, miedo y caos como el que estaba sucediendo en la manifestación delante del Congreso de Madrid. El concepto de Love Revolution vino luego, cuando mi siguiente acto del 29S fue más ‘artivismo’ y quería compartir mi mensaje de amor, paz y libertad al mundo. La libertad es vivir como quieras y dejar a los demás vivir como quieran, siempre señalando firmes códigos éticos de convivencia y respeto”.

La mirada política de Jill es muy dura con los organismos financieros, con la especulación, el simbolismo del dinero y con la opresión hacia el trabajador; en algún aspecto, el sentido de su revuelta encarna con mayor vivacidad y fidelidad el espíritu libertario de la “nueva izquierda” de los años sesenta, donde la economía era el punto de impacto de las críticas más ásperas y proponía algo ingenuamente “la imaginación al poder”. Hay en su discurso una emocionalidad y espiritualidad muy clara, una necesidad de “estetizar” la existencia a partir del amor y lo comunitario. Ella ve la crisis actual, en la cual está sumida España en particular y Europa en general, como consecuencia de una lógica de acción clara, a saber:

“Es parte del plan del Nuevo Orden Mundial para quitarnos las libertades y dignidad humana y favorecer como siempre a unos cuantos a través del sufrimiento del pueblo trabajador. Siempre ha pasado y siempre pasará si no se hace algo al respecto. Estoy totalmente de acuerdo y con total respeto a los ciudadanos que quieren hacer oír sus mensajes, quejas y desacuerdos con el Gobierno y las leyes que dictan. Hay que hacer ruido. Hay que ser creativo en las manifestaciones y en las formas de protesta. Los hippies en los sesenta cambiaron el mundo. Ahora hay una Nueva Revolución dispuesta a hacerlo otra vez. El amor es libre y así lo vivo yo. Si quieres a alguien de verdad, el miedo y la inseguridad desaparecerán, y si tiene que volver a ti, volverá si el destino así lo quiere”.

El discurso amoroso y de la afectación libertaria también se manifiesta en el modo de vida nómada, el desapego y el culto a la amistad como un valor elemental, como la piedra angular desde la cual se organiza el mundo y se concibe la realidad. Ese tribalismo de la amistad reemplaza a la visión clásica de la familia como núcleo basal de una sociedad injusta y cuyos valores son meramente materiales:

“Mi tribu es mi familia, mi círculo de amigos es lo más importante en mi vida, aunque la sangre es siempre más espesa que el agua. La familia es lo primero, aunque no haya comunicación, siempre habrá el respeto y el cariño de compartir la misma sangre y genes, y sentirte unido a ellos mediante la mirada en los ojos, que son el reflejo del alma”.

En sintonía con algunas de las ideas del activismo nudista, el nomadismo o las vidas comunitarias efímeras es que el discurso del amor y la Love Revolution parece volver a tomar entidad en las claves del neohippismo contemporáneo. Allí también podemos enmarcar a Occupy Love, una película documental del realizador Velcrow Ripper. En este film el director se propone aunar todas las manifestaciones de principios de siglo XXI desde la primavera árabe hasta Occupy Wall Street engarzadas desde la lógica del amor. La fuerza o el poder del amor, señala el autor, en varios cortos de la película y clips, es capital para ello. Si bien puede parecer naif o ingenuo, lo más fuerte de este fenómeno y una de las claves del retorno de ciertos discursos y prácticas de los años sesenta es lo que impulsaba a la generación beat de Jack Kerouac o Allen Ginsberg, que abrió las puertas de la percepción y criticó la forma de vida standard y los valores conservadores del norteamericano medio de la posguerra. Toda esa cosmovisión daba cuenta de cierto imperativo: la necesidad de creer, esa fisiología estética, el deseo sexual como motor, la ausencia de cinismo y de odio, el cambio radical de conciencia y la afectividad libre.

Así como otros discursos libertarios (por derecha, podríamos decir) apoyan los movimientos de protesta por motivos como gasto público excesivo, estados engordados, regulación, beneficio legal hacia las corporaciones y monopolios; en este caso la crítica (por izquierda) que es visible en fenómenos como Burning Man, películas como Occupy Love, o en testimonios como el de Jill Love y su activismo nudista y amoroso, proviene de la necesidad de replantear lo comunitario y la crítica a los valores del consumismo y la especulación financiera. En gran medida, en ambas perspectivas libertarias (por derecha y por izquierda) lo que se observa es una necesidad de repensar la idea de comunidad y los vínculos luego de ciertas estructuras que parecen estar en crisis terminal o en vías de reformulación, sea la democracia representativa tradicional (bipartidista) o los populismos de izquierda o derecha.

Respuestas y discursos libertarios abren esta espiral de reflexión sobre la interrogación de formas de organización, desde la familia hasta la pareja misma, desde las jerarquías políticas hasta la vida falsa e hipócrita de la cotidianidad. En el caso de eventos hedonistas y comunitarios como Burning Man o expresiones comunitarias más pequeñas y cerradas, es posible pensar lo que planteaba Roland Barthes en su texto Sade, Fourier, Loyola (1971), en relación al socialismo utópico de Charles Fourier:

“El placer es el principio perenne de la organización social: o bien, negativamente, induce a condenar a cualquier sociedad, incluso progresista, que lo olvide, o bien, positivamente, los placeres se declaran cuestión de Estado; el placer es pues un cálculo, operación que es para Fourier la forma más elevada de organización y de control social; cuya práctica es transformar el trabajo en placer.

Esa estructuración hedonista de la sociedad es algo palmario en muchos socialistas utópicos, así como en algunos anarquistas individualistas (Emile Armand), hedonistas libertarios de izquierda (Herbert Marcuse, Michel Onfray) y liberales utilitaristas progresistas (John Stuart Mill). El concebir a la sociedad sin la represión adicional del productivismo mecanicista y familiarista, tal como señalaba Marcuse, e ir a la busca de la camaradería amorosa, como daba cuenta Armand, son nociones que parecen ponerse en evidencia en discursos como el Jill Love, y en acciones políticas que incluyen el activismo nudista o la construcción de comunidades autosufiencientes (sin dinero ni comercio).

Si el espesor de poéticas como las de Allen Ginsberg hoy tiene vigencia, ello se debe a estas variantes que podemos llamar neohippismo. El “neo” viene a cuento de que las características del hippismo, tal como fue conocido en la década del sesenta, se actualizan: ya no será música folk sino electrónica, ya no será marihuana, peyote y benzedrina, sino drogas sintéticas y hongos, ya no será tanto la crítica al capitalismo en sí, sino la creación de espacios capitalistas autónomos, donde puede aparece la variante del trueque y la autogestión. El amor libre (hoy llamado poliamor) o el nudismo (a veces con lazos directos hacia el narcisismo y el exhibicionismo) se mantienen como prácticas habituales, así como cierto impulso místico.

El neohippismo de estos tiempos sigue manteniendo firmemente la voluntad de creer por fuera de estructuras establecidas en el plano político, al margen de las construcciones de gran escala y a favor de lo pequeño y el vínculo amistoso. La denuncia de la mercantilización completa de la existencia y el hacer de la vida una estética sin fin es algo que aún hoy se percibe como síntoma de estos tiempos que parecen cantar un retorno.

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